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Opinión | La atalaya

Arqueólogo

Califas (XXXIII)

La historiografía española -no sólo- posee desde hace más de dos siglos una acusada tendencia nacionalista

Cuando el fraile Juan y su escaso séquito quedaron debidamente alojados y atendidas sus necesidades mínimas, pasaron a ser informados del protocolo seguido en la corte cordobesa, para ser recibidos y presentarse ante el califa. Los pasos a seguir estaban muy medidos y conllevaban, amén de los gestos públicos, una potente carga simbólica. La corte comenzó a escenificar un proceso cuyo fin último era demostrar su superioridad como poder político y, por encima de todo, como cabeza de la comunidad de los musulmanes.

No se olvide que, según la concepción religiosa del islam, sus creyentes -en especial los súbditos de la monarquía omeya- eran superiores a cualquier otro. Y, por supuesto, a los llamados “Ahl al-Kitab” (= Gentes del Libro), judíos y cristianos, y a aquellos musulmanes consentidores de la autoridad de cualquier príncipe ilegítimo. Como puede deducirse -no hace falta ser doctor en Historia- esos actos prescritos por el protocolo poseían un contenido mucho más allá de su plasmación física. Córdoba no hizo nada original y esto no es una cuestión baladí.

La historiografía española -no sólo- posee desde hace más de dos siglos una acusada tendencia nacionalista. Tiende a creer, y a difundir, la idea de la originalidad de todo cuanto se llevaba a cabo en la capital de Al-Ándalus, desde lo ideológico a lo arquitectónico. Antes de hablar de invención hemos de estudiar los modos de monarquías más antiguas y, entre ellos, los del Imperio Romano de Oriente. Córdoba copiaba, adaptándolos al pensamiento propio, una parte importante de los usos cortesanos de Constantinopla.

Total, a Juan se le informó de como y cuando podría ser recibido por Abd al-Rahman III, al que suponemos perfectamente informado de la llegada del legado de Otón I. Si él, como autoridad suprema, no hubiera aceptado tratar con el Rey de los Romanos, nunca se hubiera permitido a sus enviados cruzar la frontera y, mucho menos, presentarse en su capital. Los problemas comenzaron entonces, cuando el judío Hasday b. Shaprut, secretario del califa, les comunicó el momento, según el uso, de entregar los obsequios enviados por su monarca. De ser insuficientes o indignos no habría audiencia. Juan se negó en redondo.

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