Opinión | La escotilla
Idiomas
Si queremos entender la realidad de España, la realidad de su historia y de su presente, el conocimiento del árabe y del hebreo son imprescindibles, además de todas las lenguas peninsulares y del latín
Resulta incomprensible la anulación por parte de la Junta de Extremadura del programa de enseñanza de la lengua árabe en esta Comunidad Autónoma; un programa pequeño, limitado en el espacio y que encima no costaba dinero a las arcas autonómicas. Y no solo porque los araboparlantes tengan derecho a mejorar el conocimiento de su propia lengua, pues si queremos entender la realidad de España, la realidad de su historia y de su presente, el conocimiento del árabe y del hebreo son imprescindibles, además de todas las lenguas peninsulares y del latín.
Comprender España (y Extremadura), su historia, su(s) idioma(s), su cultura, conociendo solo el castellano es imposible, dicha comprensión nacería coja, pobre, gris e inexacta. Sentirse amenazados por una muy restringida enseñanza de un idioma extranjero evidencia una patológica inseguridad en sí mismos y en los valores de la cultura que se considera propia. Mejor dicho, denota una profunda incomprensión de la cultura propia.
Me sorprende y mucho, que gente que por edad no ha tenido la oportunidad de cursar FEN (acrónimo de Formación de Espíritu Nacional, asignatura de formación política en los valores de Falange Española y de las JONS, del franquismo en suma; asignatura que ni los profesores que la impartían se tomaban en serio) esté demostrando que en esta materia obtendrían Matrícula de Honor, pues la imagen de España que en tal asignatura se transmitía era parcial, incompleta, pobre y más llena de adjetivos que de sustancia real. Y monolingüe, con el castellano como idioma único, preferentemente hablado a la vallisoletana.
Dicha anulación solo cabe entenderla, lo que es mucho decir, desde un nacionalismo poco elaborado intelectualmente que convirtió el monolingüismo en bandera y arma de aquellas partes de las derechas que en su día apoyaron el franquismo, retomada por aquellos que hoy en día lo pretenden revitalizar. Monolingüismo que jamás se consiguió implantar, bien al contrario como podemos ver a poco que nos fijemos: ni el catalán ni el euskera ni el gallego ni el castúo ni la fala, ni otras formas lingüísticas de la Península desaparecieron a pesar de su marginación oficial cuando no persecución.
Históricamente, Extremadura jamás ha sido monolingüe. Imposible en un territorio fronterizo, rayano. Ahí quedan todavía el portugués oliventino, las ya mencionadas a fala y el castúo. En periodos anteriores, todavía menos: hasta su expulsión, los judíos extremeños mantenían el uso del hebreo al menos en el ámbito religioso, y los moriscos dispersos por el territorio, no solo en Hornachos, hablaban árabe. A los que tendríamos que añadir los clérigos y personas cultas que conocían y utilizaban profusamente el latín.
Eso sin contar con la continuada presencia portuguesa en buena parte de la región, una presencia persistente desde tiempos remotos. Un ejemplo de Badajoz: en enero de 1273. María Gonçalves, viuda de Domingo Pestana, sus hijos y nueras vendieron a don Simão Soares maestre de la portuguesa Orden de Avis (1270-1280) los bienes que poseían en el término de Juromeña (Portugal). Esta venta se hizo en Badajoz y dio fe de ella el notario público de Badajoz de nombre Juan Esteban, redactando el documento en portugués el escribiente Pablo Yanes, escritura que se conserva aún en el archivo lisboeta de la Torre del Tombo. En ese mismo mes y año Juan Pérez Ruiz y su mujer doña Marina compraron unas casas y viñas en Badajoz, y la escritura de compraventa, en castellano, la redactó el mismo escribiente para el mismo notario público de la ciudad; documento que se conserva en el archivo catedralicio badajocense. Hay castellanismos en el documento portugués, portuguesismos en el castellano, señal de que el escribiente hablaba ambos idiomas. Lo importante es señalar que una institución oficial como es una notaría lo mismo trabajaba en una lengua para un país que en otra para la limítrofe y los documentos eran legales en cada lado de la frontera.
Pretender imponer, nuevamente, el monolingüismo, orillar la existencia y el conocimiento de otros idiomas, por muy ajenos e incomprensibles que puedan parecernos, son vías muertas; políticas destinadas al fracaso. A pesar de lo que demasiada gente crea, la lengua no es el rasgo identitario primordial ni personal ni colectivo ni cultural. Los humanos hemos sido y seguimos siendo básicamente plurilingües, y cuantos más idiomas conozcamos mejor, en cuanto amplía nuestros horizontes mentales y culturales. Limitarnos en este campo es empobrecernos, reducirnos, apaletarnos. A fin de cuentas, humanos somos y nada humano (por mucho que pretendamos lo contrario) nos es ajeno.
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