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Opinión | En la frontera

Abogada

Calorcito

Se vuelca sobre la cama el cajón de los collares y se desenredan los de cuentas turquesas, los de coral

Dice la previsión del tiempo que esta semana llega el calor. Entonces nos acomete unas ganas desbocadas de cambio. La urgencia de mudar hasta la piel. Guardar las chaquetas de ante y los jerséis de lana. Planchar las camisas de lino. Estrenar unas nuevas sandalias Birkenstock. Y una barra de labios color melocotón. Arrugar hojas de periódico dentro de los bolsos negros, y ventilar los de paja, el capazo que lleva bordado "las bicicletas son para el verano“, que un año después sigue llevando aires de mar como Alfonsina. Los bolsitos de flecos, con el meneo reprimido durante tantos meses, y las carteras de mano blancas, y rojas y azules y amarillas…, con unas ganas locas de salir a cenar o a tomar una horchata.

Y los fulares que son de noche que refresca y de escalofrío en el avión y de turbante para que no te estorbe el pelo. Se pide cita para la pedicura. Se vuelca sobre la cama el cajón de los collares y se desenredan los de cuentas turquesas, los de coral. Las pulseras, muchas pulseras que tintineen cuando llegue la feria y una se arranque a bailar sevillanas. También es época de sombreros. Desde que las pecas tienen peligro de convertirse en manchas peligrosas, los sombreros, que antes solo salían a pasear en los viajes en el extranjero, han perdido la vergüenza.

Los perfumes también vuelven al neceser de invierno, para dejarle el hueco del cuello, a la colonia de azahar. El olor del verano lo va perfumando todo. Y en el coche mientras te detienes en el semáforo, vas mentalmente saboreando la sandía que vendrá después de la siesta con las persianas entornadas, el cucurucho de helado en el paseo marítimo, y haciendo la lista de los libros que los próximos meses te llevarán de la mano, lejos del invierno, lejos, lejos donde habite el olvido.

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