Opinión | En confianza
Mis carpetas carpetovetónicas
Quiero pensar, seguramente porque elijo pensarlo, que la vida los hará cambiar de perspectiva. Que en algún punto del camino se detendrán, mirarán atrás y se darán cuenta de que una cosa es provocar y otra cosa es la realidad de las cosas
El otro día organizando papeles me topé con mis carpetas del instituto. Una reliquia para mí. Tienen 30 años de existencia y me gusta conservarlas. Han sobrevivido bastante bien al paso del tiempo y de vez en cuando les echo un ojo. Para comprobar lo tonto que estaba, pero también para reconocer al que empezaba a aparecer.
Las carpetas de antes se podrían considerar nuestra red social allá por mediados de los 90. Eran, más que un clasificador de documentos, una herramienta de expresión, una manera de decirle al mundo quién eras. Allí te proyectabas: quién creías ser, quién querías ser, qué te gustaba y contra qué estabas. También era una forma de comunicación, pues era habitual pasar en clase tu carpeta para que tus amistades, compañeros, o la persona que te hacía tilín, te escribiera algún mensaje. Como dice Jorge Drexler en 'Telefonía': Benditos los rollos de papiro. Benditas servilletas de los bares, que han guardado idénticos suspiros, desde el cantar de los cantares.
Pues, eso, a mi generación le tocó suspirar en las carpetas del instituto. Echar un vistazo a aquello me parece que tiene algo parecido a ponerse el casco de espeleólogo y colarse en una cueva en Atapuerca: poemas, dichos populares, consignas políticas, dibujos, letras de canciones, insultos, exabruptos. Antropología pura de un mundo que no desapareció; simplemente mutó.
Me gusta especialmente comprobar cómo la mayoría de mis amistades y mi entorno, estaban tremendamente politizados, aunque fuera de una manera casi infantil. Muchas A de anarquía, muchas hoces y martillos, muchas referencias al Che y contra el imperialismo y la incipiente globalización. Y una esvástica que me negué a tachar porque con 16 años creía que eso era tolerancia.
Y algo transpiraba todo aquello en aquel Bárbara de Braganza noventero. Primero, que un mundo viejo estaba muriendo. Segundo, que un mundo nuevo nacía. Lo que no nos imaginábamos era que en aquel intervalo entre lo viejo y lo nuevo. Entre la noche y el primer rayo de luz, iban a surgir tantos monstruos. Ni que el intervalo se nos fuera a hacer tan largo. Ni que alguno de nosotros acabara convirtiéndose en ellos.
Ahora está de moda demonizar a los jóvenes. Lo escucho muy a menudo. Que si son todos fachas, que si cantan el cara al sol sin avergonzarse. No dudo que eso sea cierto. Pero no sé hasta qué punto eso es ideología, pose o simple reacción a un tiempo especialmente bronco. Una consecuencia inevitable que refleja la convulsión actual, azuzada por mucho odio y una situación política que es destructiva.
Está claro que entre bailar reguetón y cantar el Cara al Sol hay una gran diferencia. Pero ni los que antes dibujaban hoces y martillos y escribían frases del Che, son hoy unos revolucionarios ni los que hoy levantan la zarpa como si llamaran a un taxi van a ser los nuevos primos de rivera. Quiero pensar, seguramente porque elijo pensarlo, que la vida los hará cambiar de perspectiva. Que en algún punto del camino se detendrán, mirarán atrás y se darán cuenta de que una cosa es provocar y otra cosa es la realidad de las cosas.
No sé en qué programa de radio escuché hace tiempo la teoría de que mientras la memoria es de izquierdas, la nostalgia es de derechas. Y tampoco recuerdo muy bien a qué se debía esa teoría. Aunque si me paro un momento a pensarlo puedo entender que la memoria es la capacidad de ver los hechos pasados para tener claro de dónde vienes y poder decidir a dónde vas; y la nostalgia tiene ese tufillo a naftalina. Huele bien, si, pero es un olor muy penetrante, casi omnipresente. Te evita apreciar aromas, te aferra a un tiempo y a unas sensaciones que no son muy beneficiosas y te hace olvidar quién eres y hacia dónde vas caminando. Mientras que la memoria actúa de brújula, la nostalgia actúa de ancla.
Así que ahí navego cuando reviso papeles viejos que me acompañan desde hace casi cuarenta años. Entre la memoria y la nostalgia. Entre la brújula y el ancla. Y pienso que quizá la adolescencia siempre ha sido un territorio exagerado. Un lugar donde uno prueba identidades como quien se cambia de camiseta.
Lo importante no es tanto lo que dibujábamos en las carpetas. Lo importante es qué hicimos después con aquello. Que la adolescencia tiene más que ver con buscarse que con encontrarse. Y que lo importante nunca fue lo que llevábamos pegado en la carpeta. Lo importante era quién acabaría llevando aquello dentro.
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