Opinión | EL EMBARCADERO
Cuando la locura y sus espacios son los protagonistas
Blas Curado, junto a su mujer, Mary Chel, se impuso esta titánica tarea de dar la vuelta al mundo varias veces para dar a conocer esas casas de dementes, psiquiátricos…, como los queramos llamar
Al referirnos al término ‘locura’ incluimos ahí, en esa especie de cajón desastre, a las dolencias, excentricidades, genialidades, heroicidades, pasiones y disparates de una mente pensante aunque, seamos conscientes, solemos pensar rápidamente en las diversas patologías mentales diagnosticadas o no a un individuo. Incluso en tiempos como los actuales donde, por suerte, cada vez hay una mayor concienciación de la importancia de la salud mental, pese a que eso no se corresponde con, por ejemplo, una mayor dotación de profesionales de la psicología en la sanidad pública, la locura sigue relacionándose en ocasiones con el peligro o la violencia, como algo negativo.
Sin embargo, en la llamada sociedad de los cuerdos puede haber muchas más maldades que en la de los supuestos locos, que se puede traducir en forma de engaños, traiciones, abusos, timos, agresiones, amenazas, estafas, envidias, heridas… Un prejuicio extendido es aquel que cree que la población que sufre alguna enfermedad mental acostumbra a ser más violenta. Nada más lejos de la realidad. Según la OMS, sobre el 95 por ciento de los actos violentos graves son cometidos por personas sin diagnósticos psiquiátricos. Debemos despojarnos de tantos estereotipos y verlos como seres humanos antes que enfermos mentales, con sus anhelos, sentimientos, deseos, necesidades, situaciones personales…
La discriminación por locura ha estado muy presente en la historia. El caso de Juana I de Castilla, la mal apodada «Juana la loca», resulta paradigmático de cómo ni siquiera el poder que ella tuvo, que le correspondía por herencia, pudo frenar a su padre Fernando y a su hijo Carlos para confinarla durante más de cuarenta años en un palacio de Tordesillas, muy parecido a un manicomio. Si eso hicieron con una monarca, qué no les pasaría a otras personas más pobres y vulnerables. Los locos ilustres ya fueron estudiados por el polémico psiquiatra Antonio Vallejo-Nájera, «el Mengele español», y su hijo Juan Antonio Vallejo-Nágera, que llevó a cabo una reedición de su obra ‘Locos egregios’, en la que ofrecía un análisis de algunos personajes históricos (Mozart, Caravaggio, Goya, Van Gogh) con bastante de genios y algo de locos, junto con otros (Hitler, Hess) mucho más peligrosos. Años después, la hija de Juan Antonio, Alejandra Vallejo-Nágera, siguió su estela y publicó ‘Locos de la historia’, un libro en el que diseccionaba la condición humana de seis personalidades que un día gobernaron su nación con una mente trastornada: Rasputín, la zarina Alejandra, la condesa Báthory, Valeria Mesalina, la emperatriz Carlota de México, Pedro el Grande y la reina española, esposa de Luis I, Luisa Isabel de Orleáns.
Rescato este libro, que leí allá por 2006 y que conservo en mi biblioteca, tras asistir, el pasado martes, a la presentación de otro libro que tiene a la locura también en el punto de mira, aunque desde un ángulo distinto y muy sugerente.
La locura va más allá de las enfermedades mentales y reacciones del comportamiento; es un término que usamos de manera coloquial: amar con locura, hacer una locura, estar loco por algo o alguien… son expresiones cotidianas que nos revelan el protagonismo que ha tenido y que sigue teniendo este concepto, y cuyo culmen se podría situar en el personaje literario más universal, creado por Miguel de Cervantes: su genial don Quijote. Por tanto, un gran número de libros ponen el foco en este hecho, pero pocos en esos espacios que albergaron a ‘locos’: los manicomios. Es el objeto del libro ‘La vuelta al mundo en 80 manicomios’ del psiquiatra emeritense Blas Curado, que se presentó el pasado 19 de mayo en la Económica, en Badajoz.
Reconozco que cuando vi el cartel anunciador de este acto, me cautivó al instante la propuesta: emular a Julio Verne y ‘La vuelta al mundo en 80 días’, un texto fascinante, para recorrer manicomios de todo el mundo, lugares en los que el castigo o el pretexto de borrar a alguien de la sociedad de los cuerdos formaba parte de una de las infamias más injustas.
Según explicó el autor en el evento, concibió la idea de este proyecto en una visita a Argentina en 2008. Tras su jubilación, Blas Curado fue madurando la idea, leyendo, investigando… y, junto a su mujer, Mary Chel, su gran apoyo, se impuso esta titánica tarea de dar la vuelta al mundo varias veces para dar a conocer esas casas de dementes, psiquiátricos…, como los queramos llamar. Al haber nacido en la capital autonómica, comienza el periplo en lo que se conocía como la casa de los locos de Mérida, cuya creación se sitúa en el año 1843, donde también estaban los loqueros (los que cuidaban de los locos), dignos de elogio o de desprecio. Y de Mérida a la Casa Salud de Plasencia, antaño colegio de los jesuitas y hoy transformado en la sede de la UNED y la Escuela Oficial de Idiomas de la ciudad. El doctor Curado y su esposa visitaron manicomios de toda España y de países como Portugal, Francia, Reino Unido, Italia, Polonia, Austria, Egipto, Marruecos, Turquía, India, Corea del Sur, Japón, Estados Unidos, México, Cuba o Argentina.
Llevo pocas páginas leídas mas es una publicación extraordinaria que está envuelta en muchas referencias y curiosidades históricas y literarias, lo cual la hace más apetecible. Descubrir la realidad del mundo de la locura a través de estas casas de orates, hospitales de lunáticos, de enajenados, frenopáticos…, y tantas otras denominaciones, de la mano del doctor Curado, es una aventura que interesa no solo a especialistas en psiquiatría, sino también a los amantes de la historia, de la literatura y de los viajes auténticos, así como a quienes quieran seguir la huella de la arquitectura clínica, de edificios que guardan los intrincados resortes del entendimiento humano. Una lectura más que recomendable.
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