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Opinión | La atalaya

Arqueólogo

Califas (XXXIV)

No se podía desautorizar a Juan de Gorze ni obligarle a nada. Se le respetó la inmunidad diplomática

Los caminos de la diplomacia han discurrido siempre del mismo modo. En el caso que nos ocupa, y afecta a Abd al-Rahman III, se trataba, simplemente, de responder a una petición del Rey de los Romanos, todavía sin proclamar emperador, Otón I. El portador de la misiva, el benedictino Juan, quien había realizado un fatigoso viaje desde Metz -donde se localiza el monasterio de Gorze- a Córdoba, dio pronto muestras de desacuerdo con el humillante protocolo a que pretendía someterlo la cancillería califal. Hacerle entregar los presentes antes de confirmarle la audiencia era un modo de mostrarle su inferioridad -la de su soberano- y aquel fraile, que gozaba en su país de fama de estricto y fue un reformador del monacato en el noreste de la actual Francia, se negó en redondo a plegarse a las exigencias de sus anfitriones. Manifestó al secretario del soberano omeya su intención de retener los presentes hasta no ser recibido por el califa. Y, claro, el alcázar rechazó la contrapropuesta. Antes le envió al obispo de la capital, llamado también Juan, para intentar convencerlo. Nunca lo hubieran hecho. El resultado fue el mismo, pero nuestro embajador aprovechó para poner a su correligionario como chupa de dómine. Le reprochó vivir entre infieles; acatar la autoridad de un pagano; no rebelarse contra su «opresión» y adoptar prácticas musulmanas, como, por ejemplo, la circuncisión. De ahí sabemos que el grado de orientalización de la sociedad cristiana andalusí era alto, también en esos usos.

Por la residencia del legado sajón pasó todo aquel que tenía posibilidad de convencerlo. Ni modo. Y eso creaba un conflicto adicional, por encima del que se trataba de solucionar. Pero, de ninguna manera podía concluirse este nuevo mediante el uso de la fuerza. Fue un proceso laborioso. No se podía desautorizar a Juan de Gorze ni obligarle a nada. Se le respetó la inmunidad diplomática. Y Córdoba quería concluir con un litigio político inconveniente, dándole una conclusión favorable a sus intereses estratégicos. El empecinamiento del negociador no era caprichoso, pero sólo contribuía a poner palos en las ruedas. Los consejeros de Abd al-Rahman fueron muy finos en sus análisis y en la respuesta al caso.

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