Opinión | La escotilla
Guerras de religión
Entre las muchas cosas que nos enseña la historia está la inanidad de las guerras de religión; no son más que una pantalla para ocultar una contienda por el poder
Es perfectamente comprensible la preocupación de León XIV de que las guerras que atraviesan el planeta y los diferentes conflictos sociales internos en varios países no sean consideradas "guerras de religión", a la vez que propugna que ningún partido político instrumentalice en su beneficio las creencias religiosas de la población. Ciertamente, hay muchos actores políticos, generalmente situados muy a la derecha, que venden estos conflictos como guerras religiosas, sean sus promotores cristianos, judíos o musulmanes; que instrumentalizan obscenamente la religión como tapadera de sus intereses estrictamente políticos y mundanos. Es curiosa esta transversal coincidencia. En esto, el Papa de Roma tiene mucha razón, Nobleza obliga a dársela.
Hay razones de toda índole para que haya adoptado esta postura, pero me permito suponer que en parte le ha influido la persistente campaña de la derecha religiosa estadounidense por que se defina que los Estados Unidos fueron instituidos como "nación cristiana", lo que no está de ninguna manera contemplado en los documentos fundacionales de dicha república. Esta campaña tiene su reflejo en España con la revitalización del mito de que este país se forjó como nación en la lucha contra el Islam, lo que es más que discutible se plantee como se plantee, y los ánimos de Vox de reclamar una nueva "reconquista" de tintes cruzadistas.
Hay que admitir que ver más allá de la religión en los conflictos que nos rodean es complicado. También que quienes participan en ellos lo complican interesadamente. El que la mayor parte de los enemigos de Israel sean musulmanes a la par que el sionismo reclame el monopolio del judaísmo ha permitido a unos y otros vender la idea de que en la base de sus guerras está la religión, compaginada con una dimensión aún más siniestra de etnicidad.
Los diferentes yihadismos, de muy variada índole (ISIS, al-Qaeda, otros, que gustosamente se matan entre sí) se justifican apelando a su particular versión del Islam; sin que podamos dejar de mencionar el rigorismo salafista que le imposibilita para aceptar cualquier otra realidad que no sea la suya. En la India el hinduismo política de Modi y su partido han apartado a su país de la tolerancia y comprensión de Ghandi. La guerra de la Rusia putinesca con Occidente (¡nada menos!) lo justifica con argumentos sacados del Cristianismo ortodoxo, argumentos más tradicionalistas que tradicionales, sobre la degradación social inducida por la pluralidad y la aceptación occidental de personas de distinto género y orientación sexual. Añádanse a estos los diferentes y variados fundamentalismos cristianos y el potaje de conflictos no puede más que atragantársenos.
Nadie puede negar la influencia que la religión tiene en la sociedad, incluso en la estructura política de los diferentes pueblos y naciones. Pero siglos hace ya de que unos y otros aceptaran que la dimensión religiosa y la realidad política eran cosas diferentes.
Traigo a colación un texto escrito por Federico II de Prusia, más conocido como el Grande, que se publicó en 1740 en su obra el Anti-Maquiavelo: "Las [guerras] religiosas, si son intestinas , se deben generalmente a la imprudencia del soberano. Cuando este favorece a una secta mas que a otra, cuando reprime o ensancha demasiado al ejercicio público de ciertas religiones, o cuando se mezcla él mismo en cuestiones de partido, no debe extrañar que el fanatismo encienda la tea de la discordia. El medio mas seguro de verse libre de las tempestades que el espíritu dogmático de los teólogos suscita con tanta tenacidad entre los hombres, es mantener la preponderancia del gobierno civil en su mayor vigor, dejando a cada cual la libertad de su conciencia. El príncipe debe siempre ser rey y nunca monje".
En cuanto a las guerras religiosas que se mueven en el exterior, debo decir que son el colmo del absurdo y de la injusticia. Salir de Aix la Chapelle para ir a convertir a los sajones con la espada como hizo Carlo Magno, o equipar una flota para obligar al sultán a que se haga cristiano, son empresas que no es posible calificar. La manía de las Cruzadas pasó ya, y ¡quiera el cielo que nunca vuelva!"
Poco falta para que se cumplan tres siglos desde que se publicara y apena constatar que este texto siga teniendo sentido y vigencia. Porque entre las muchas cosas que nos enseña la historia está la inanidad de las guerras de religión; no son más que una pantalla para ocultar una contienda por el poder. Esto, mejor que nadie lo expresó Enrique IV de Francia cuando en 1593, al abjurar del protestantismo y convertirse al catolicismo con el fin de poder ocupar el trono, dijo aquello de que "París bien vale una misa". Acertó.
Es preocupante que el Papa de Roma tenga que decirlo a estas alturas, nos debería preocupar, y mucho, a todos.
