Opinión | La atalaya
Califas (XXXV)
Era un pulso entre dos poderes emergentes. El recién creado califato omeya de Al-Ándalus y el perseguido, y ya anunciado, imperio romano germánico
A juzgar por la actitud adoptada por Abd al-Rahman III y sus ministros, no sólo eran conscientes de la importancia del asunto, también comprendían el comportamiento del embajador sajón. Era un hombre de principios, consciente de que cualquier ademán humillante adoptado para no contrariar al califa era un paso atrás en la negociación por llegar. De ahí el valor de los gestos y de la simbología con que se traducía el lenguaje diplomático. Era un pulso entre dos poderes emergentes. El recién creado califato omeya de Al-Ándalus y el perseguido, y ya anunciado, imperio romano germánico.
Pero en Córdoba, perfectamente informados de la política de los principados cercanos -léase con una óptica amplia-, eran, a la vez, conscientes de la dificultad añadida de tratar al poderoso Otón I al mismo nivel que al emperador romano de Oriente, con el cual mantenían excelentes relaciones, por interés económico y, sobre todo, por tener enemigos comunes. Los enemigos de mis enemigos son mis amigos.
A la sazón, los bizantinos estaban escandalizados ante la jugada intentada por los germanos. En su concepción del Estado, a la romana, no podía haber un segundo emperador igual al de Constantinopla, el vicario de Cristo en la Tierra. Por mucho que gozase del apoyo del obispo de Roma, del Papa. Otro usurpador de la dignidad. Por este motivo, un poco retorcido, Córdoba no podía ceder ni una pizca en la imposición a los diplomáticos extranjeros de su propio protocolo.
Según parece, el mundo ya era por entonces un pañuelo y si a orillas del Bósforo se enteraban de semejante concesión, a orillas del Guadalquivir, aun monarca , para ellos ilegítimo, podía darse lugar a un "casus belli" en el Mediterráneo. Y no estaban los tiempos para crearse enemigos nuevos, teniendo en alerta a los abbasíes y apenas a unos kilómetros, mar por medio, a los expansivos y agresivos fatimíes, a quienes, por ser ismaelíes, se los tenía por herejes y enemigos del islam. Ya me dirán qué salidas quedaban. Sólo cuando se ve a un payaso poderoso saltarse las exigencias de la diplomacia, por equívocas que parezcan, puede alcanzarse lo peligroso de esos actos. En pleno siglo X, aquellos monarcas medían sus fuerzas y usaban el tacto.
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