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Opinión | Fragmentos de Badajoz

Badajoz

La Familia Álvarez de Toledo y la Virgen de la Esclarecida

A falta de todos sus parientes, sucedería en este patronato la Cofradía de San José. Nombrarían un sacerdote secular, pobre y virtuoso, natural de Badajoz, pagándole 250 ducados de renta anual

Escudos de la familia de Manuel Álvarez de Toledo Lobato del convento de las Adoratrices.

Escudos de la familia de Manuel Álvarez de Toledo Lobato del convento de las Adoratrices. / Pedro Castellanos

La ermita de San José fue reedificada sobre 1722 y los dos retablos actuales son obras bastante seguras del taller del escultor pacense Francisco Ruiz Amador (1676-1748), «profesor de arte de la escultura y arquitectura». El del altar mayor ya estaba terminado el 28 de noviembre de 1731, a falta de dorarlo. La cofradía pedía una limosna al cabildo de la catedral: «Confirió el llamamiento sobre la limosna que pide el mayordomo y regidores de la Cofradía de Señor San José, para ayuda de dorar el retablo del santo. Acordó su señoría se les dé por el cabildo 60 reales de limosna». Ruiz Amador lo utilizaría después como modelo para el del Cristo del Claustro de la catedral, muy similar, terminado en enero de 1732.

La ermita de San José tuvo un poderoso benefactor: Manuel Álvarez de Toledo Lobato, cuya inmensa fortuna estaba valorada en nada menos que 2.722.352 reales. Esto se explica porque fue secretario del rey, diputado de los reinos de Castilla por el estado noble de Madrid en la Sala de Millones del Consejo de Hacienda, estuvo al cargo de las rentas provinciales de Granada y desde 1741 a 1761 de la Real Compañía de Comercio de La Habana (Cuba), fundada en 1740 bajo el reinado de Felipe V. En 1759 fundó un patronato de legos y memoria de misas a favor del altar de Nuestra Señora de la Esclarecida y de la Cofradía de San José. Era vecino de Madrid, pero nacido en Badajoz en 1695. Fue hijo de Pedro Álvarez de Toledo Enríquez y Guzmán, caballero de la Orden de Santiago, maestre de campo de infantería y comendador de Peñausende (Zamora) y de María Sánchez Lobato Molano. Manuel estuvo casado con Manuela Jacoba Ruiz de Castañeda, fallecida en 1743, con la que no tuvo hijos. En 1744 se casó con su sobrina María Teresa Álvarez de Toledo, fallecida en 1754, hija de su hermano Pedro (tesorero de rentas provinciales de Baza, Granada) y de Isabel Zamorano, natural de Alburquerque. Sus hijos fueron: Pedro Cornelio, Micaela y Manuel Joaquín. El benefactor citaba «que con motivo de ser mi hermano don José Álvarez de Toledo, presbítero, ya difunto, patrono del altar de Nuestra Señora [de] la Esclarecida que se venera en la ermita o iglesia de San José de la ciudad de Badajoz, se puso escudo de armas y demás que fundó, edificó y fabricó Andrés Molano y su mujer, María Sánchez, como tercer nieto de Bartolomé Sánchez, sobrino del fundador, y hallarse deteriorada dicha fundación, sin altar, sepulcro ni escudo, a causa de haberse nuevamente fabricado dicha capilla como consta del despacho librado en la referida ciudad a 27 de octubre de 1722».

Él también encargó la imagen de la Esclarecida en Madrid antes de 1759: «Como tal patrono, mandé hacer en esta Corte y conducir a dicha ciudad una imagen de Nuestra Señora, de estatura natural, sobre un trono de ángeles y el Niño Jesús en los brazos, para colocarla en el retablo que también mandé hacer de mi cuenta, dorado y [con] perfiles de color azul y blanco, con dos escudos por remate a los lados, con las armas de los fundadores y el otro de las mías, y un frontal de piedra jaspe de Granada, esculpido en él mi nombre y apellidos, candeleros y cruz de bronce y una lámpara de plata, habiendo colocado varias bulas de indulgencias que impetré de Su Santidad para dicho altar. He restablecido la citada fundación a mis expensas por el mayor culto de Nuestra Señora y lustre de mi familia. Y ahora, a mayor honra y gloria de Dios y de su Santísima Madre, encargo de mi conciencia, alivio y sufragio de las benditas ánimas de purgatorio, particularmente por las de las dos referidas mis difuntas mujeres, por la mía, cuando Dios, nuestro Señor, sea servido llevarme de este mundo, y por las de mis padres y demás parientes». La talla, ya desparecida, quizá fuese obra del gran escultor Luis Salvador Carmona, vecino de Madrid en aquellos años.

La fundación se hacía bajo amparo real, con una carga de misas y otras obligaciones que se cumplirían después de su fallecimiento y lo poseería su hijo Manuel, luego Pedro y después Micaela. Se obligarían a celebrar perpetuamente una misa cantada diaria, con diácono y subdiácono, en el altar de la Esclarecida. Entregarían 600 reales anuales a la Cofradía de San José para pagar oblata, vino, cirios, ornamentos para el sacerdote que celebrase estas misas «y mantendrían encendida una lámpara todos los días desde por la mañana hasta después del rosario que se acostumbra rezar delante del altar de la Esclarecida».

También se encargarían de renovar el retablo e imagen, de forma que todo estuviera con la mayor decencia posible, «con los escudos de los fundadores y [las] mías propias, como también mi nombre y apellidos esculpidos en el frontal (…) ha de ser del cargo de la misma cofradía, dar cada un año 60 reales de vellón al sacristán o persona que cuidase de la limpieza del altar de Nuestra Señora y encender su lámpara, de cera que parece [que] se gasta en el altar de la fundación en las funciones que anualmente celebra la cofradía en dicha ermita o iglesia, que son día de san José, letanías, desposorios y la del Patrocinio con su novena y las festividades de Nuestra Señora en que en cada una se ponen seis velas».

La casa del Pozo de San Isidro

A falta de todos sus parientes, sucedería en este patronato la Cofradía de San José. Nombrarían un sacerdote secular, pobre y virtuoso, natural de Badajoz, pagándole 250 ducados de renta anual. También la misa solemne el día de la Purísima Concepción. Usarían el sobrante que quedase de las rentas de la fundación para ornamentos, vestuario, adorno de la capilla y altar, conservando siempre en el retablo las armas de los fundadores. Se pueden resumir estos bienes, muy cuantiosos, en varios censos, una cabaña de ganado lanar leonesa de unas 6.000 cabezas en Extremadura y Castilla; una casa en Laciana (León); un molino harinero en el río Sil; una casa llamada «del Pozo de San Isidro» en la calle Mayor de Madrid, cercana al desaparecido convento de San Felipe el Real, que lindaba por su derecha con la casa llamada de San Isidro (labrador), patrón de Madrid. Todos estos bienes, al ser un patronato, nunca se podrían vender.

En el ático del retablo de la Esclarecida, situado en el lado del evangelio, figuran todavía los dos escudos nobiliarios. A su lado, su escudo nobiliario de mármol y bajo él una inscripción que dice: «Altar, memoria y advocación de Nuestra Señora [de] la Esclarecida, la cual mandaron hacer Andrés Morán Molano de la Puerta y su mujer, María Sánchez, vecinos de Badajoz y naturales de Cáceres, año de 1582. En cuyo altar, entierro y escudo de armas, sucedí don José Álvarez de Toledo y Lobato, presbítero, capellán del coro de la catedral de esta ciudad, como tercer nieto declarado de Bartolomé Sánchez Molano, sobrino del fundador y sus herederos. Año de 1722».

Manuel Álvarez de Toledo Lobato se enterró en la capilla del Cristo de los Dolores de Madrid. En 1760 fundó de nuevo el mayorazgo, con una cédula del rey Fernando VI, a favor de su hijo Pedro Cornelio Álvarez de Toledo. En el caso de que se extinguiesen todas las líneas familiares gozaría del usufructo del mayorazgo el rector del Colegio de Jesuitas de Badajoz, dejándole 50 ducados de renta anual. Separaba del mayorazgo 400 ducados anuales, la mitad de ellos a los sacerdotes jesuitas que eligiese el padre rector, con obligación de enseñar la doctrina cristiana en todo el obispado. Se haría desde el mes de octubre hasta abril, para evitar los calores extremos. En 1759 se cede a la Cofradía de San José la primitiva Virgen de la Esclarecida por María Álvarez de Toledo, ‘moza soltera’, hermana del fundador.

En su testamento pedía ser enterrada en el convento de San Francisco de Badajoz y citaba: «conservo un cuadro con su marco dorado de pintura fina, con la efigie de Nuestra Señora de Concepción y san José, es mi voluntad, que luego que yo fallezca, por mis albaceas, se entregue al mayordomo de la Cofradía de Señor San José, para que se coloque en su iglesia, inmediato al altar y capilla de Nuestra Señora de la Esclarecida que se venera en ella, de que es patrono mi hermano, don Manuel Álvarez de Toledo. Y lo mismo se haga con otra imagen de bulto [=de talla] de Nuestra Señora de la Esclarecida, que era la que antiguamente estaba colocada en el altar de dicha iglesia, con su corona de plata y en la forma que se hallase vestida y adornada, para que [por] dicho mayordomo y cofradía se coloque en el lugar más decente al culto que se le debe de dar, sin que puedan vender, enajenar el referido cuadro de Nuestra Señora de Concepción, pues es mi voluntad [que] permanezca perpetuamente en la citada iglesia». Estas dos obras debieron ser robadas o destruidas por los franceses en la Guerra de la Independencia. Quizá ese cuadro de la Inmaculada fuese uno de Antonio Palomino que tenía la familia en 1758. Estaba valorado en 1.500 reales, al ser de un artista muy estimado y pintor de cámara del rey Carlos II. Medía 1,67 metros de alto por 1,25 de ancho.

Algo más grande (2,10 x 1,47) es el de la Inmaculada del mismo autor conservado en el Museo Catedralicio de Badajoz.

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