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Opinión | La escotilla

Arqueólogo

El castillo

Ningún castillo en ninguna parte fue inexpugnable ante un oponente con tiempo, medios y paciencia, que lo quisiera conquistar

Los medios del mundo entero han publicado la noticia de que el ejército de Israel, en su ilegal e irracional guerra (como si una guerra pudiera tener algo de racional) contra todo quisque ha capturado en el Líbano el castillo de Beaufort, construido por los Cruzados del reino de Jerusalén en el siglo XII. Lo que yo no entiendo, lo que resulta incomprensible, es que en multitud de medios, en varios idiomas, se haya tildado este castillo de "estratégico". Hoy en día, con drones, aviones, satélites, medios electrónicos varios, el valor militar y estratégico de un castillo es nulo, inexistente. Se podría adjetivar a este castillo, como a cualquiera, de añoso, ruinoso, histórico, simbólico, arqueológico, arquitectónico, estético (lo dudo), pero lo de estratégico es un mal uso de la palabra.

Cuando se construyó, allá por la Edad Media, podría haber tenido un valor táctico, estratégico, militar, de manifestación del poder y dominio sobre el territorio, pero aplicar estos valores a lo que hoy no es más que una atracción turística, un monumento, un recuerdo y testimonio del complejo pasado de esta zona del planeta, sólo puede ser calificado de un mal uso del lenguaje. La posición, la cresta del monte, podría acaso considerarse estratégica. Pero el castillo no. De hecho, en algunas de las agencias de prensa (UPI, Reuters) dicen que en el comunicado del ejército de Israel (que no he podido encontrar) es esta cresta la que se tilda de estratégica, no el castillo como tal.

Está claro que los castillos ejercen, aún hoy en día, una extraña fascinación. Ocupan un lugar destacado en nuestro imaginario colectivo. Clavados, más que enclavados, por lo general en algún punto alto del entorno, estas moles de piedra definen un paisaje, son potentes transmisores y materializaciones de una idea de poder desnudo, de quién manda aquí, por mucho que el sujeto de esta última locución lleve metido en su tumba unos cuantos siglos y el ejercicio del poder haya pasado, desde hace también siglos, a otras manos.

Este valor simbólico fue siempre su principal razón de ser, pues por mucho que se diga lo contrario, su valor estratégico era, siempre fue, muy relativo, más bien tirando a escaso. Podían ser útiles como refugio temporal de la población circundante cuando ejércitos o bandidos actuaran en la zona. Igualmente, servían para ralentizar el avance del enemigo, pues tomar un castillo siempre fue un afán que requería de tiempo y medios, y los ejércitos que avanzan suelen preferir no dejar núcleos enemigos en su retaguardia. También servían para alojar a los señores y a las guarniciones que éstos colocaran para recaudar (y guardar) los impuestos o para hostigar a vecinos con los que las relaciones no fueran del todo amigables.

Ningún castillo en ninguna parte fue inexpugnable ante un oponente con tiempo, medios y paciencia, que lo quisiera conquistar. Es decir, fuera de su valor simbólico (que perdura) un castillo tenía utilidades más bien tácticas, circunstanciales, que estratégicas. Es cierto que en la Edad Media se entendía que los castillos tenían una finalidad militar concreta, de defensa y consolidación de un territorio, lo que resulta comprensible si tenemos en cuenta que los ejércitos y medios militares de la época eran de reducidas dimensiones (según nuestros parámetros) y que sus constructores podían contar con que podrían resistir el acoso de lo que entonces se estilaba en fuerzas de ataque. Pero el que entonces, en las circunstancias de entonces, se considerara que los castillos valían para algo, no quiere decir que así fuera en la realidad. Como he dicho, ninguno es del todo inexpugnable, muy pocos sirvieron de verdad para paralizar ejércitos. Cuando los andalusíes querían invadir el norte peninsular, les bastaba con dar pequeños rodeos; lo mismo cuando los reinos cristianos planeaban una algarada por al-Ándalus.

No obstante todo lo dicho, hay que admitir que en nuestro imaginario actual, los castillos ejercen una curiosísima fascinación a pesar de que todo aquello que representan (militarismo, poder desnudo, señoríos que ante nadie respondían) nos resulta rechazable, recusable, repudiable, cuando no directamente estomagante. Nadie mejor que Kafka explicó el sinsentido del poder que un castillo representa en su novela de este nombre. Alienación, incomprensión, absoluta falta de humanidad, sentido comunitario y empatía. Todos ellos trajinan por el castillo kafkiano. Todos entendemos que el castillo está destruyendo al pobre agrimensor K, quien no pretende más que hacer su trabajo, cumplir su función, ser una persona útil a la sociedad.

Haríamos bien en pensarnos bien por qué sentimos, de verdad, esta fascinación por los castillos, hasta el punto de que cuando una nota de prensa (que es la cosa políticamente más interesada y manipulada que se puede hacer) dice que un castillo antiguo, añoso, ruinoso, histórico quizá, es estratégico nos lo tragamos. El castillo de Beaufort no es estratégico, y no sabría decir ni no se ha aplicado este adjetivo para darle un sesgo positivo a una acción, para ensalzar al ejército que, ilegalmente, lo ha conquistado. Ejército, dicho sea de paso, cuya imagen internacional, con razón, está por los suelos.

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