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Opinión | La escotilla

Arqueólogo

Antropoceno

Personalmente me produce grima, pues esconde una consideración excesiva del ser humano como agente en la tierra, otorgándonos capacidades divinas para gestionar y señorear la naturaleza

Un concepto que últimamente hace la ronda en los mentideros, el de Antropoceno, me resulta molesto en grado sumo. Tiene la pretensión, ya rechazada por los organismos científicos internacionales competentes en el tema, de significar nada menos que un cambio en la secuencia de eras geológicas determinada por la actividad humana. Es decir, equipara la actuación humana y sus efectos sobre el planeta Tierra a las consecuencias milenarias de la radiación solar, de la deriva continental, de la acción de los vientos y del agua, de los procesos químicos, de la vulcanología y de la misma rotación terrestre. Eleva la actuación del hombre y sus efectos a unos niveles cuasi divinos.

Me parece que quienes proponen y defienden equipararnos a los humanos a la geología cometen un acto de arrogancia, altanería, soberbia, altivez, engreimiento, orgullo, presunción, envaramiento, petulancia, envanecimiento, chulería, jactancia y unos cuantos sinónimos más. Un acto, dicho sea de paso, muy comprensible por humano, pero no del todo digno. Es más, al envolver el término con consideraciones de apariencia científica se está en el fondo perpetrando un engaño. El de hacer pasar por incuestionable algo que dista mucho de serlo.

No seré yo quien niegue que la humanidad haya afectado al planeta, al clima, a la ecología, a la vida animal y vegetal. Tampoco seré quien diga que sea necesario valorar esta afectación en cualquier sentido, ya sea en positivo, ya sea en negativo. Llevo demasiados años estudiando u observando diferentes aspectos de la acción antrópica como para no saber que la aparición de nuestra especie en cualquier lugar del mundo ha terminado alterándolo en un sentido u otro. Valorar este cambio depende del punto de vista del que se quiera partir; para unos sería necesario y deseable, para otros algo que condenar. Pero esto último, valorar, corresponde a la dimesión subjetiva de la percepción y de los valores que cada persona asuma en cada ocasión (y que sería deseable que no pretendiera imponérselos a los demás).

Vuelvo al antropoceno. Su énfasis en la acción humana recuerda en exceso la admonición contenida en Génesis I:26 (cito por la traducción de Casiodoro de Reina, con la ortografía algo actualizada): "Y dijo Dios, 'Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza: y señoree en los peces de la mar, y en las aves de lo cielos, y en las bestias, y en toda la tierra, y en toda serpiente que anda arrastrando sobre la tierra' ". Esta admonición se ha interpretado interesadamente como un mandato divino para que el hombre explote la Tierra a su antojo y en su beneficio.

No creo que esta fuera la intención de la admonición, al menos no en esta interpretación, pues el verbo "señorear" que el traductor utiliza implica que el ser humano tiene, como señor que sería de la naturaleza, responsabilidades sobre el señoreado, al menos tal y como se utilizaba el concepto en el siglo XVI. Pero como no soy biblista y no conozco la lengua original del que se tradujo, no puedo realmente opinar al respecto. En cualquiera caso, se interprete como se interprete el texto, tomarlo como una licencia para el abuso, el extractivismo y la explotación irresponsables de la Tierra es inaceptable. Y uso la palabra extractivismo no limitándolo al modelo capitalista actual, pues es un modelo, mejor dicho: una forma de explotación de los recursos, que puede encontrarse en sociedades y culturas ya periclitadas.

Por ejemplo, Las Médulas, en la provincia de León, son el resultado de explotaciones mineras intensivas romanas que destruyeron un paraje con mano de obra esclava para sacar oro, cuanto más mejor. En esta transformación convirtieron ese paraje en otra cosa, en un paisaje antrópico. Viene a ser una ironía el que hoy Las Médulas estén protegidas dentro de la categoría de 'Monumento Natural'. De natural poco tienen.

Pero a lo que voy. Puede admitirse el Antropoceno como concepto meramente político y poco más. Personalmente me produce grima, pues esconde una consideración excesiva del ser humano como agente en la tierra, otorgándonos capacidades divinas para gestionar y señorear la naturaleza. Bastante nos cuesta ser humanos, plenamente humanos, por lo que toda divinización del ser humano debe ser rechazada; es más, para los creyentes sería un sacrilegio, y para los no creyentes, una incoherente estupidez.

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