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Opinión | A mesa puesta

Badajoz

Dadá, bajo la mirada de Porrina

Pero si hubo una etapa que convirtió al Dadá en un nombre reconocible fuera de Badajoz fue la del gintonic

Pepe Gutiérrez, detrás de la barra del Dadá.

Pepe Gutiérrez, detrás de la barra del Dadá. / Pepe García

En la plaza de la Soledad, con Porrina mirándolo desde su estatua, se encuentra el Dadá. Pero antes de que aquel local oliera a cafés, vermuts, cervezas, gildas o ahumados, fue otra cosa: un comercio de confección. Se llamaba Confecciones El Barato, uno de esos comercios que formaban parte del mapa cotidiano de una ciudad que todavía compraba, paseaba y se reconocía en sus escaparates.

En Badajoz hay bares que no se entienden sin la calle en la que están, y el Dadá es uno de ellos. Su historia no empieza en una barra, sino en un comercio antiguo, en una plaza con memoria y en otra forma de ocupar el centro.

El Dadá abrió en 2008 de la mano de Vicente Robles, Antonio Vega y Pepe Gutiérrez. No nació como un bar al uso. Quiso ser un café cultural, un espacio donde cupieran la conversación, la música, la copa tranquila, el café de media tarde y una manera distinta de mirar la ciudad. El nombre ya daba pistas: Dadá remitía a lo artístico, a lo inesperado, a esa voluntad de no parecerse a lo que ya existía. En una plaza de la Soledad acostumbrada al tránsito, el local propuso estancia: sentarse, mirar, hablar y dejar que pasara la tarde.

Aquella primera etapa tuvo también cocina. La hacía Xavi Lahuerta, por entonces jefe de cocina en Convento de Rocamador, con experiencia en casas como Arzak y Bárcenas. En aquellos años, el Dadá construyó una pequeña carta con intención. Entre las tapas que aún se recuerdan estaban el Pollo al Vetusto y el foie con caviar de berenjena, dos nombres que explican bien aquel momento: cocina creativa para acompañar la copa, la charla y la noche sin convertirse en restaurante formal.

Pero si hubo una etapa que convirtió al Dadá en un nombre reconocible fuera de Badajoz fue la del gintonic. Durante un tiempo, prepararlo dejó de ser echar ginebra y tónica en un vaso alto. Se convirtió en una liturgia: hielos buenos, copa amplia, botánicos, cítricos, tónicas elegidas y ginebras que llenaron las barras con etiquetas nuevas. El Dadá entró de lleno en esa cultura y llegó a reunir 99 referencias, marcas de la A a la Z, una colección que lo situó como templo del gintonic.

El reconocimiento llegó pronto. En marzo de 2010, el periódico El Mundo lo incluyó entre los 20 templos del gintonic a nivel nacional. Para un local de Badajoz, aquello no era poca cosa. El Dadá aparecía en un mapa junto a barras de grandes capitales, pero lo hacía desde su rincón de la plaza de la Soledad, con sus ventanales, su ambiente y una clientela que entendió que allí la copa se pedía sin prisa.

En 2014, Pepe Gutiérrez se quedó solo al frente del Dadá. Y ahí empieza otra historia. O quizá la misma, pero contada de otra manera. Porque cuando un local cambia de etapa, tiene que escuchar el tiempo que le toca. Pepe decidió abrir más el abanico. No renunció a la identidad del Dadá, pero la fue llevando hacia una vida más diaria, más de barrio, más de desayunos, tapas y encuentros a distintas horas.

Llegaron entonces los desayunos, las tapas, las latas gourmet, las gildas, los ahumados, una carta de cervezas y el vermut. Productos que explican bien la hostelería actual: no se trata de tener una carta infinita, sino de saber qué quiere la gente, a qué hora viene y por qué vuelve. Hay quien entra por el café de la mañana, quien busca una cerveza bien tirada, quien pide un aperitivo con intención y quien todavía recuerda aquella época gloriosa del gintonic.

El Dadá ha sostenido algo difícil: cambiar sin romper con lo que fue. Sigue teniendo ese aire de local con historia, de sitio que no nació ayer ni quiere parecer recién inventado. Ha conseguido conservar una clientela de siempre y sumar caras nuevas. Están los parroquianos del barrio, los clientes que han visto pasar las distintas etapas del local, los Erasmus italianos que llegan a tomar un Aperol Spritz y, como prueba de continuidad, los hijos de los clientes de toda la vida, que empiezan a ocupar las mesas donde antes se sentaban sus padres.

Eso, en hostelería, vale más que muchas campañas. Cuando un bar consigue que una generación lleve de la mano a la siguiente, ha dejado de ser solo negocio. Se ha convertido en referencia, costumbre y pequeña pertenencia.

La plaza de la Soledad también forma parte de esta historia. El Dadá no sería el mismo en otra ubicación. Hay bares que se explican por su cocina, otros por su barra y otros por el lugar exacto que ocupan. Este pertenece a esa tercera familia. Desde allí se ve pasar Badajoz: la gente que va y viene del centro, los que quedan, los que esperan, los que se refugian en una mesa, los que buscan una copa tranquila o un aperitivo antes de seguir.

En diciembre de 2025, el local obtuvo un Solete Repsol, una distinción que reconoce bares, cafeterías y casas con encanto cotidiano, lugares donde se está bien sin solemnidad. En el caso del Dadá, premia eso: trayectoria, personalidad y una forma de estar en la ciudad.

A Mesa Puesta suele buscar casas donde haya memoria, oficio y verdad. El Dadá no es una venta de carretera, ni una taberna de cuchara, ni un comedor de menú tradicional. Su territorio es otro: el del café cultural, el de la copa bien puesta, el del desayuno de centro, el de la terraza que mira a una plaza y el de una clientela mezclada que dice mucho de Badajoz.

Quizá por eso el Dadá sigue teniendo sentido. Porque no ha intentado ser siempre lo mismo. Fue comercio antes que bar. Fue café cultural antes que templo del gintonic. Fue copa reconocida antes que desayuno, vermut y ahumados. Y ahora es todo eso junto, pasado por el filtro de Pepe Gutiérrez, que ha sabido añadir capítulos sin borrar los anteriores.

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