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Opinión | En confianza

Comunicador audiovisual y coordinador local de IU

Luchar contra el efecto Artax

No podemos renunciar a la palabra, a explicar, a confrontar con las ideas, allá donde podamos. Cada espacio en el que estamos es un campo de batalla. Cada frase es una trinchera que debemos defender con uñas y dientes

Lo que se barrunta no es bueno. Tengo la percepción de que hemos bajado los brazos con algunas cosas antes de tiempo. Que estamos hincando la rodilla en el suelo porque sí. Y porque hay motivos para la desesperanza. ¡Claro! Los que no somos imbéciles y tenemos cierta sensibilidad social lo sabemos. A esto lo llamo yo 'el efecto Artax'. Ya sabes, el caballo de Atreyu que, cuanto más triste se ponía, más se sumía en la ciénaga de la desesperanza en aquella mítica 'La Historia Interminable'. Aquí todo el que ha visto la peli sabe de lo que hablo. Lloramos con esa secuencia y cerramos fuerte los puños de rabia por la muerte del equino, aunque fuera ficticia. Nos tocó muy dentro a toda una generación.

Pues creo que el efecto Artax se está apoderando de todos y de todo lo que nos rodea. Cualquier persona que tiene un mínimo de sensibilidad para las cosas y un poco de sentido de la justicia social está jodido. Estamos tristes y con razón, pues las noticias a las que nos enfrentamos día a día nos hacen vislumbrar un mundo peor del que conocíamos, que ya es decir.

Esto no pasa por casualidad, esto pasa por muchos factores, pero yo quiero señalarte aquí, en confianza, alguno de ellos. La irrupción de las nuevas tecnologías de la comunicación nos ha descolocado de tal manera que lo que empezó siendo un juguete molón, se está convirtiendo en un juguete, sí, pero como un tirachinas que te apuntas a la cara. El exceso de información y su inmediatez nos sitúan en un estado de ansiedad constante. Nos colocan en un plano de frustración permanente: sabemos lo que ocurre, pero sentimos que apenas podemos hacer nada para cambiarlo.

También influye el odio constante en las redes sociales, impulsadas por una internacional de tecnócratas que quieren desregular el mundo. Todas las noticias con cierto enfoque social, o con un tinte político de izquierdas, son respondidas por hordas de orcos pertrechados por un rosario de frases que parecen sacadas de un manual contrarrevolucionario. Cientos de comentarios en los que veo claramente una dinámica. Si hay un acto de conmemoración de la Segunda República: había más gente en mi primera comunión. Si hay una concentración por el derecho a la vivienda del inquilinato: ya están buscando la paguita. Si hay una noticia sobre la expulsión de migrantes que dormían al raso en la estación de autobuses: llévatelos a tu casa. Si hablamos de la fiesta de los Palomos: estos zurdos de mierda quieren llenar España de chusma de fuera que va a negar los derechos al colectivo LGTBIQ+... Y así hasta el infinito.

La gente normal no entra ahí al trapo y es normal. Suficiente tenemos con sacar de vez en cuando la cabeza entre tanto ruido para respirar un poco. Es normal, sí. Pero también es un error. Hemos dejado que nos coman la tostada hasta tal punto, que al igual que usamos la expresión: antes todo esto era campo. Pronto podremos decir algo peor: antes todo esto era humanidad.

La tecnología nos está deshumanizando. Ya no resulta raro pensar que Skynet se conecte al sistema, decida que el principal problema de la humanidad somos los humanos y mande todo a tomar por culo.

Así las cosas, llega el momento de organizar la resistencia. De ser Sarah Connor en nuestros ámbitos. De ser Harry Potter en nuestros trabajos. De ser Gandalf en el gimnasio y bastón en mano gritar aquello de: no puedes pasar. De ser Elliot y esconder a ET en nuestra casa para que el ICE no lo deporte. La empresa es difícil, lo sé. Pero la recompensa es inmensa. Arrojar el anillo al monte del destino, acabar con Voldemort, conseguir que el extraterrestre vuelva a su casa…

Y nuestro bastón, nuestra magia, nuestra casa, tiene que ser la palabra, como siempre ha sido. No podemos renunciar a la palabra, a explicar, a confrontar con las ideas, allá donde podamos. Cada espacio en el que estamos es un campo de batalla. Cada frase es una trinchera que debemos defender con uñas y dientes.

Creo que para conseguirlo, ha llegado el momento de cambiar de caballo. Porque como cantaba Simón Díaz, hay quienes quieren convencernos de que estamos viejos y cansados. Que ya no queda fuerza para discutir, organizarnos, convencer, explicar o resistir.

Pero no se han dado cuenta de que un corazón amarrao, cuando le sueltan la rienda, es caballo desbocao. Dejemos atrás a Artax y subamos al Caballo Viejo. Vamos a correr por la sabana. Todavía no hemos perdido. Todavía podemos ganar.

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