Opinión | EL EMBARCADERO
Contigo
Por lo general, agradecemos poco, en comparación con los motivos que tenemos para hacerlo, sin pararnos a pensar que, en realidad, agradecer es un regalo más grande para quien realiza esta actividad que para quien la recibe
Hay palabras que connotan mucho más de lo que podemos llegar a creer. Una de ellas es un pronombre personal de la segunda persona del singular: ‘contigo’, con el que comienza el título de un libro fantástico que fue presentado el pasado miércoles en el Hospital Centro Vivo, de Badajoz. Hacía tiempo que no veía este espacio cultural tan abarrotado de gente. La ocasión lo merecía: el médico y psicólogo Manuel Jiménez Rodríguez nos regaló una espléndida ponencia a raíz de la puesta de largo de su libro ‘Contigo. Cómo trabajar tu bienestar emocional con lo que depende de ti’. No tengo la suerte de conocerlo personalmente pero sí que me encontré allí a gente querida que me habló de la bonhomía de este hombre, algo que ratifiqué escuchándolo y hojeando allí su libro. Lo he certificado, ya en casa, con la lectura de sus primeros capítulos. Merece muchísimo la pena, si quieren vivir alejados del malestar emocional y del dolor. Asimismo, se aprecia la cercanía y lo bien que está contado, más que escrito, como si quien lo lee estuviera delante del autor, en mitad de una conversación cercana y honesta con él.
El ‘leitmotiv’ de su intervención, y del libro en sí, es la insistencia que mostramos, una y mil veces, en intentar cambiar cosas que no dependen de nosotros. Y ahí puede que radique gran parte de nuestra infelicidad. Esas acciones que dependen solo de cada uno de nosotros, los objetivos, según los denomina Manuel Jiménez en su obra, suelen entrar en colisión con el deseo, que no tiene más límite que nuestra imaginación y es lo que queremos que suceda. Deseamos que nos toque la lotería, por citar un ejemplo generalizado, pero para ello hay que comprar una papeleta, o dos, o muchas o todas.
La película de animación de Pixar ‘Del revés (Inside Out)’ nos trae a la memoria la importancia de reconocer las emociones y de nombrarlas aunque tengamos que utilizar frases largas para explicarlas. El Dr. Jiménez incide en esa idea y en cómo tenemos que respetar los estados emocionales, los nuestros y los de los demás, y no caer en algo común. Si nuestro hijo, pareja o amigo nos dice: «Ahora no quiero hablar de eso. Déjame, quiero estar solo», no insistamos. Dejémoslo en paz y no machaquemos con el «Solo pretendo ayudarte, que te tranquilices…». Además, las emociones no nos definen como personas, forman parte de cada individuo en un momento dado. Tener miedo no es igual a ser miedoso.
Me gustó especialmente su persistencia en cómo mejorar nuestra «mochila de herramientas», donde se hallan las habilidades y actitudes que nos ayudan a navegar por la vida, una tarea nada fácil. Algunas son más que conocidas, en la teoría, pero que habría que poner más en práctica en nuestro día a día, como escuchar y empatizar.
Al hilo de esto, ¿a quién no le ha pasado esto? Cuentas algo relevante a un amigo, que te preocupa, te afecta… y su respuesta es, a veces sin darse cuenta, interrumpir, cuestionar, juzgar, criticar o directamente hablar de lo suyo. Lo cometemos todos, ¿no creen? Ser conscientes de ello es el primer paso para intentar cambiar esta nefasta actitud.
Una mención especial en esa mochila se la llevan los agradecimientos. Manuel Jiménez expuso una hermosa metáfora que nos recuerda el alcance de la gratitud, diciendo que en cada jornada se nos regala un gran ramo de rosas. Su vida es efímera, acabarán marchitándose, por lo que ¿no es mejor regalarlas? Esta escena nos sugiere que perdemos oportunidades para disfrutar regalando y agradeciendo, y percibiendo reconocimiento por ello. Rosas que no damos, rosas que marchitamos. Habrá a quien le parezca cursi pero, de manera simbólica, podemos regalar esas rosas de diferentes formas. ¿Cómo? A través de acciones como decir gracias de manera sincera, de corazón; reconocer su esfuerzo; comentar lo que ha hecho bien; sonreír más… La linterna de la gratitud nos permite, en la oscuridad, focalizar y ver bien todo lo bueno que nos rodea, que suele ser bastante más de lo que creemos. El agradecimiento empieza por uno mismo y no siempre es de manera verbal. Una fórmula es la de dar las gracias en silencio, cuando cada día, por la mañana, despertamos en la cama y se nos regala un día más de vida. Por lo general, agradecemos poco, en comparación con los motivos que tenemos para hacerlo, sin pararnos a pensar que, en realidad, agradecer es un regalo más grande para quien realiza esta actividad que para quien la recibe.
No podemos olvidarnos de los lastres, que los hemos ido recogiendo y que nos merman, nos frenan, nos ahogan. Hay cuatro que señala Manuel Jiménez: el hábito de reñir, el peso de las obligaciones, el aguijón de la culpa y el nudo de la ansiedad. A veces no somos conscientes de la cantidad de obligaciones que ponemos a nuestros hijos, pareja, amigos… porque estamos convencidos de que tiene que ser así, no hay otra. Y luego llega la frustración cuando no nos hacen caso, sin caer en la cuenta de que somos libres y únicos. Mi pareja, mi hijo, mi amigo… se comportará como quiera hacerlo, no como yo desee. Que a mí no me guste no significa que tenga que cambiar; lo hará si quiere él o ella. Ese viejo dilema entre libertad y compromiso está ahí, latente.
Estoy convencido de que todas las personas que estuvieron en este acto, que escucharon a Manuel Jiménez y que leerán su libro, entre los que me incluyo, nos beneficiaremos de sus ideas, sus pensamientos y sus reflexiones, surgidas de su experiencia profesional y de sus conocimientos, poniendo siempre en el centro la dignidad de todos los seres humanos, su bienestar emocional, a través del autocuidado.
En la semana en que el papa León XIV ha visitado España, de algún modo se entronca con sus mensajes en pro de una prioridad llamada humanidad y no nacional, como la de Vox. Un toque de atención a los que se empeñan en jerarquizar y discriminar, también en nuestra comunidad autónoma, donde, recordemos, han eliminado la cooperación internacional para el desarrollo en la Junta de Extremadura. Y es que no podemos dejar atrás que el bienestar particular empieza en uno mismo y se extiende a los demás, a un ámbito social y global: si él o ella está bien, yo estaré bien y todas las personas estaremos bien. ¿No es acaso algo que debería ser un principio universal, aceptado por todos los individuos?
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