Opinión | Disidencias
Balonazo
Uno de ellos, incluso, me replicó cuando le dije que se fueran a las pistas o al campo a jugar al fútbol. Me dijo que aquello era un parque. Muy determinante. Le respondí que no, que era un pa-se-o. Clarito
Todo el mundo sabe lo que es un balonazo. Seguramente, alguna vez en la vida hayamos recibido uno o varios. De pequeños, de mayores, en verano o en invierno, un balonazo es un balonazo, o sea, una pelota, un balón que llega impulsado, propulsado por la violenta patada que un tipo, o una tipa, no importa su edad, le da al jodido balón y este acaba en cualquier parte, aunque lo normal es que termine impactando en el cuerpo -lo más habitual es que sea en la cabeza o en la cara- de un transeúnte despistado, de un paseante que no espera semejante agresión, de alguien que, sentado en un banco, lee un libro o ve el mundo pasar. Digo esto, porque los balonazos no serían ninguna novedad en medio del campo, en la era, en un descampado, en el bosque, en un callejón sin salida, en los aledaños de un campo de fútbol o en los mismísimos Bernabéu, Nou Camp, Metropolitano o Nuevo Vivero. Incluso en el insufrible infierno alguien puede recibir un balonazo.
Dicen que en el infierno los balonazos son muy comunes. Es más, dicen que en ese lugar tan amable, apacible y acomodado -si no fuera así, no nos mandarían a ese paraíso las personas que más amamos, léase con ironía- los balonazos son el pan nuestro de cada (otra ironía de la vida). Allí, los balonazos, como están fuera de contexto, son espontáneos, llegan de improviso, inesperados y, por eso, resultan más dolorosos. Un balonazo que no esperas, que surge como de la nada, que viene de cualquier dirección y no estás preparado para recibir, no llega a ser mortal -podría serlo, que conste, porque dependería del lugar en el cuerpo y la edad de quien lo recibiera-, pero sí inmensamente doloroso, que, además, puede provocarte, quemazón, hinchazón, latigazo cervical (si es en la cabeza), desequilibrio, pérdida de consciencia, caída (y lo que puede suponer de añadido la caída provocada) y, en fin, sin ponernos dramáticos, lo que más nos molesta de un balonazo es que no lo vemos venir y que hace daño, además del cabreo, o sea, enfado que nos genera. Vamos, que nos pone mal cuerpo. Muy mal cuerpo.
¿Y a qué viene todo este rollo sobre los balonazos? Pues a algo muy similar a cuando debatimos sobre los perros sueltos (el otro día un tipo iba con su perro suelto por el medio de la ciudad y lo peor es que llevaba el bozal en la mano; sí, era un pitbull, deslizándose por entre nuestras piernas y a ver quién era el guapo que le decía algo al perro o al dueño), la gente que va en bicicleta por donde no debe (un parque, por ejemplo, y no son niños, precisamente), o en patinete a la velocidad del viento (así bajaba uno el otro día desde la calle San Pedro Alcántara y atravesó la plaza de la Soledad, jugándose la vida y poniendo en peligro la de los demás, sin casco, en dirección contraria, entre la gente, mirando el móvil y, probablemente, sin papeles).
Hablando de bicicletas. No hace mucho caminaba por el parque del río, por la zona asfaltada. Ya saben que en esa vía hay un carril bici bien señalizado, una parte asfaltada y otra acerada. Yo puedo caminar por dos de esas zonas, pero un ciclista solo puede hacerlo por su estupendo y bien señalizado carril bici. Dicho lo anterior, me topé con uno que venía derechito hacia mí. Como vio que no me apartaba, se paró y me llamó la atención. Un poco enfadado, eso sí. Al intentar demostrarle que estaba en un error, que el que iba mal era él, se enfadó aún más y, por fortuna, el resto de peatones se puso de mi lado y el tipejo prefirió continuar la marcha. Por el asfalto, claro, que para chulo él.
Pero, no nos desviemos, volvamos al balonazo. Dos incidentes. Los dos en San Francisco. En uno ellos, los protagonistas eran un padre y su hijo. Tenían como porterías los dos bancos ilustrados de piedra a uno de los lados del kiosko Silva. El uno al otro se pegaban balonazos como tirando a portería. El padre, mientras le daba a la pelota con furia y descontrol que paraba el hijo, hablaba por el móvil. En un banco de hierro, atado, su perro ladrando. Interrumpían la marcha de quienes por allí deseaban pasar. Pasar. Pasear. Paseo. El otro incidente. Varios niños no tan niños jugaban en el mismo sitio, otro día distinto, un partidazo de fútbol de alto nivel. Los porteros llevaban guantes, algunos de los jugadores, rodilleras. Y le pegaron un balonazo en toda la cabeza a una de mis acompañantes. Por allí había niños pequeños casi aprendiendo a andar vigilados por sus madres. Por allí, también personas mayores. Lo que quiero decir es que un balonazo a esas personas sería más que doloroso. El caso es que les llamé la atención. Casi me pegan. Uno de ellos, incluso, me replicó cuando le dije que se fueran a las pistas o al campo a jugar al fútbol. Me dijo que aquello era un parque. Muy determinante. Le respondí que no, que era un pa-se-o. Clarito. Algún padre por allí suelto, supongo que avergonzado o no queriendo echar leña al fuego, se quedó callado ante la escena. Pero el balonazo nos lo llevamos. Y la reprimenda. Que parecía que éramos los malos. La educación, el civismo, ya sabemos que se ha perdido. Ya sabemos que son niños. Pero, con el gesto fruncido, me pregunto: ¿hay que aguantar balonazos en lugares de paseo solo porque sean niños y crean que aquello es un parque y sus padres, de ejemplo, hagan lo mismo o miren para otro lado?
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