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Opinión | La escotilla

Arqueólogo

Globalización

La globalización como realidad es simplemente la interacción de los seres humanos, de sus culturas y economías entre sí, estén en el lugar del planeta en el que estén

Algunos llevan la fama, otros cardan la lana.

No puede negarse la importancia del viaje de Marco Polo, ni el impacto que su relación escrita tuvo sobre la percepción de la diversidad y amplitud del mundo entonces conocido, básicamente la masa continental euroasiática y el norte de África. Pero tampoco debe sobrevalorarse: el viaje en sí fue la continuación de otros anteriores que habían realizado otros, entre ellos su padre y su tío, y recordemos que Venecia llevaba muchísimos años enriqueciéndose con el comercio de Oriente. Fueron varios los que con anterioridad a Marco Polo realizaran el viaje al Lejano Oriente, que escribieron sobre ello, por lo que las élites europeas estaban informadas sobre la realidad de cuanto existía y ocurría más allá de sus fronteras, aunque no siempre lo comprendieran del todo.

Tras la meteórica expansión de los mongoles, que alcanzó a Polonia y Hungría, y superado el miedo inicial, los reinos europeos decidieron establecer contactos con ellos con el fin de intentar forjar una alianza en contra de los musulmanes. Además, el mito de la existencia de un poderoso rey cristiano en el lejano oriente, el Preste Juan, les dio esperanzas, sobre todo al papado, de convertirlos al Cristianismo, eliminar a los musulmanes, recuperar Tierra Santa y vete a saber qué otros fines. En 1245 el Papa Inocencio IV envió a Giovanni da Pian del Carpine, franciscano discípulo de Francisco de Asís, como embajador a la corte del Gran Khan, a la sazón Guyuk; de vuelta en 1247 escribió una relación de su viaje, que se conserva. Hubo varias embajadas en ambas direcciones, pero cabe destacar la del también franciscano Guillermo de Rubruck entre 1253 y 1255, cuyo informe también se conserva y es una fuente de especial interés. Incluso Alfonso X de Castilla y de León envió una embajada a la corte del Gran Khan de la que muy poco se sabe, salvo que su embajador estaba de vuelta en 1278, y que se llegó a considerar que alguna de sus hijas fuera dada en matrimonio al Khan, lo que no ocurrió. Ninguna de las embajadas tuvo mucho éxito, pero demuestran que en Occidente había información cumplida del Imperio Mongol, mucho antes de que Marco Polo publicara nada, pues su viaje empezó en 1270 y no volvió hasta 1295.

Podría preguntarse entonces por qué Marco Polo es una figura que casi se podría considerar popular, con cómics, películas y series televisivas que tratan de él. En primer lugar, porque su libro, al que puede acusarse de fantasioso en algunos puntos, es mucho más divertido e interesante de leer que las más veraces pero escuetas narraciones de los frailes embajadores, por lo que tuvo una notoria difusión desde su primera aparición hasta el presente. En segundo lugar, porque la interpretación habitual de la obra de Polo encaja más con el prejuicio generalizado de que la Edad Media fue un periodo oscuro, ignorante y oscurantista, que desconocía la existencia de un mundo más allá de las fronteras europeas. Está claro que este prejuicio de la Edad Media como la Edad Oscura es una fabricación interesada que se extendió en el Renacimiento y floreció espectacularmente en los medios protestantes del norte europeo a los que les venía de perlas cualquier cosa que denostara el papismo y sirviera para justificar su pretensión de ser la nueva luz que iluminaba el mundo. No es una paradoja que la arquitectura que mejor haya manejado la luz fue la gótica, que más medieval no se puede ser. Allí están la catedral de León y la parisina Sainte Chapelle para demostrarlo. La Edad Media fue muchas cosas, pero no oscura ni retrógrada.

A lo que voy, si uno se fía de lo que lee en periódicos, de lo que oye en la radio, ve en la televisión (ya esta frase me delata como añoso, visto que estas siguen siendo mis principales fuentes de información), lo dicho, si uno se fía de lo que ve, oye o lee por ahí, la globalización sería un fenómeno moderno que nunca antes había tenido la menor importancia. Esta idea es una manifestación más del pernicioso presentismo que nos atenaza; esa forma de pensamiento inculta e infantiloide según la cual el mundo no ha existido hasta que uno se ha dado cuenta de ello, en el que todo es nuevo y nada de valor ha sido hecho, pensado o conseguido en el pasado; que el pasado es irrelevante. O peor, que todo lo que existía hasta que uno se puso a ello es deleznable, corrupto o equivocado, y que la sana juventud vigorosa (sea eso lo que sea) aquí está para poner las cosas en su sitio; una actitud que no por fascistoide está menos extendida.

Como se ha podido ver en los ejemplos que he puesto sobre las relaciones de los occidentales con los mongoles, la globalización no es un fenómeno estrictamente nuevo, actual, no es resultado de ninguna conspiración capitalista, liberal, o woke (cada uno lo achaca al enemigo preferido) para destruir a las naciones, a la clase trabajadora o a la raza blanca (cada uno se retrata al defender a según qué identidades). La globalización como realidad es simplemente la interacción de los seres humanos, de sus culturas y economías entre sí, estén en el lugar del planeta en el que estén. En este sentido es sumamente antiguo, pues empieza con la expansión del ser humano, como especie por todo el orbe, hecho que ocurrió en el Paleolítico Inferior, y puede constatarse que a lo largo y ancho del planeta, las diferencias en las culturas de estos primeros seres humanos son mucho menores que sus diferencias, por muy alejados que se encontraran. Pero de esto, otro día.

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