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Opinión | En la frontera

Abogada

Tiempos curativos

Y aunque se sucedan los tropiezos, el propósito de enmienda no se olvida y vuelve y vuelve. "Inténtalo, inténtalo otra vez", le decía Dory a Nemo. Y así, cada día, sigo intentándolo

Slow. Lento. Cada vez que leía esa palabra estampada en una taza o en una camiseta no podía resistirme a comprarla. Mi ex libris es desde hace décadas 'Festina Lente', un oxímoro que acuñó el emperador Augusto. El "apresúrate despacio" que he querido a lo largo de mi vida que guiará mi camino.

En la entrada de nuestra casa descansa un pañito de crochet tejido por una mujer Amish "simple life". Es lo primero que ves al entrar cuando intentas dejar el ruido del mundo fuera, y lo último que ves, cuando, cargada de maletas y el corazón acelerado de nervios por el viaje, echas la vista atrás, para despedirte. Inspiro profundamente, convenciéndome, sintiendo, que todo va a ir bien. Durante demasiados años esto solo ha sido un deseo, una querencia. Inspiración y aspiración. No llegaba más que a veces, inesperadamente, al abrir un libro, cuando apagaban las luces en la sala de cine, al pasar la frontera, tras el segundo susurro de Glenn Gould en la Variación 25. Al hundir las manos en la tierra para sembrar los bulbos de las dalias. Al escuchar el silencio que deja después del estruendo, la tormenta, o el suspiro del polvo del camino al recibir el agua de la lluvia, con su huella redonda en forma de oh aliviado. Cuando se ralentizaba el pulso al pasar Miravete y las encinas, la dehesa suave, anunciaban Extremadura …

Después, el domingo volvía a acelerarse, la mañana del lunes se anticipaba casi veinticuatro horas, y ya no había tregua, ni pausa, salvo cuando el cansancio apagaba la luz. Así fue durante muchos años … Hasta que desperté . Y me grabé en el pecho un "Detente" para la prisa. Y aunque se sucedan los tropiezos, el propósito de enmienda no se olvida y vuelve y vuelve. "Inténtalo, inténtalo otra vez", le decía Dory a Nemo. Y así, cada día, sigo intentándolo.

A veces me sorprende la alegría, la libertad arrebujada en la boca del estómago cuando me “doy permiso“ para, aunque me coja a trasmano y tenga que meter el coche en un parking, ir a 'Pan contigo' y comprar un buen pan de trigo sarraceno y otro de espelta con masa madre. Aun caliente lo envuelvo en la bolsa de tela contra mi pecho como el que se hace una cataplasma. Sabiéndome cuidada. Mejor que si hubiera ido a la farmacia. Acercarme a 'Merienda de Letras', la librería de Sol, por el gusto de verla y charlar y escuchar y apretujar lo que ha pasado desde la última vez, para que no se nos olvide nada, mirar y acariciar las novedades y llevarme dos o tres o cuatro libros relamiéndome por anticipado imaginando las horas que me esperan en su compañía. La belleza de lo aparentemente inútil. La necesidad de lo innecesario.

Salir un martes por la mañana para comprar aceitunas y flores en el mercadillo, y demorarme en elegirlas. Sin culpa. O ir un jueves a las seis a la Filmoteca con mi querida Nina y que la sonrisa no nos quepa en la cara, sea la película que sea, porque nos damos calorcito en invierno y nos prestamos el abanico, real y metafórico, cuando aprieta el calor. El corazón se siente en casa, a gustito, cuando estamos juntas. Que te de igual que no te coja de camino, que den igual los rodeos y las vueltas para aparcar, para ir a la Cafetería Del Moral de mi amiga Maria Jesús, y tomar una tostada y un café perfecto, que reconforta y acoge y sabe a gloria, como el ratito con ella que siempre se hace tan corto como una 'bica'. Aunque a veces hablemos de cosas muy serias y las penas y las preocupaciones se nos posen sobre los hombros, hemos aprendido, después de tantos años, a espantarlas con un abrazo, profundo, de esos más listos que el hambre, que no les hace falta hablar, porque lo saben todo. Quereres de verdad. Sin premura. Sin tiempo. Que se saborean más que al jamón con denominación de origen.

Escribo para El Periódico desde la cocina, en la bialetti nueva ya burbujea el café, las gatas están, una en mi regazo, la otra dormida en la butaca de al lado. Mi hijo está regando el huerto. Huelen mis dedos al cilantro que he cortado temprano. Las contraventanas ya están entornadas para no dejar pasar el sol . En el móvil ha llegado un "buenos días, mamá", y un "I love you". Suena el runrún del ventilador del techo, de la lavadora y del tiempo sin tiempo del que habla esta columna. En la radio la voz del Papa mientras abraza a un niño, "Jesús camina a tu paso, no tengas miedo". No la reprimo, dejo que baje una lágrima. Que reconoce. Que sonríe. Agradeciendo. Lentamente.

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