Opinión | EL EMBARCADERO
Huérfanos de cines
Los cines Conquistadores no merecen un final así. Creo que han de seguir ofreciendo este servicio cultural, más allá de la rentabilidad económica. No es solo una cuestión empresarial
No soy único ni especial si digo que el cine es, para mí, una parte importante, tanto como el agua que deseamos un día de calor canicular como los que sufrimos en este verano adelantado. Las películas nos han acompañado desde siempre, de algún modo forman parte de nuestra identidad. A quienes nos apasiona el cine, y el arte en general, supone la manifestación formal de algo, la materialización externa de los sentimientos de una sociedad, de una época, de sus ideas, de sus creencias… Es tantas cosas a la vez: vehículo de expresión artística, medio de comunicación de masas, negocio…; sin duda, es un invento extraordinario que nos permite soñar con historias maravillosas. El impacto del cine en la sociedad contemporánea ha sido inmenso, sobre todo durante el siglo XX, centuria en la que se limitó a recoger lo que pensaba y lo que sentía la sociedad, aquella sociedad atormentada que vivió dos grandes guerras, que asistió al nacimiento y expansión de la ideología comunista y que padeció los autoritarismos totalitarios y los efectos de la bomba atómica, entre otros episodios.
El cine es mucho más que un simple acontecimiento artístico y cultural. Muchos pequeños cambios en nuestra vida cotidiana han estado condicionados por las películas. Por ejemplo, el furor por las discotecas despertó en muchos países tras el estreno de ‘Fiebre del sábado noche’ (1977), al igual que ‘Amadeus’ (1984) puso de moda a Mozart y ‘Reservoir Dogs’ (1992) hizo de las gafas de sol un elemento imprescindible en el atuendo del hombre moderno. Desde las primeras proyecciones públicas de los hermanos Lumière, a finales de 1895, el cine empezó a estar presente y a llamar la atención de todos como una atracción de feria más. Con el tiempo, las personas se dieron cuenta de su capacidad para contar historias, como las de viajes a la luna o pasajes de la Biblia, o para provocar carcajadas con algo tan simple como ver cómo salía de improviso un chorro de agua de una manga de riego, aparentemente atascada. Un día, el soviético Serguéi Eisenstein se dio cuenta de sus posibilidades de creación, que permitía utilizar las técnicas propias del cine al servicio de una expresión artística nueva y original, en cintas como ‘El acorazado Potemkin’ (1925). Con Orson Welles y su ‘Ciudadano Kane’ (1941) se nos mostró lo que es una auténtica obra cinematográfica, con sus innovaciones técnicas y narrativas. Estamos en plena edad de oro del cine, que transcurre entre los años treinta y finales de los cincuenta, donde florecen joyas como ‘Lo que el viento se llevó’ (1939) o ‘La diligencia’ (1939), por citar dos títulos imprescindibles.
El cine funciona como una inagotable fábrica de sueños que no deja de cautivarnos. Esa fuente eterna de historias parece no tener fin y el ser humano, deseoso de dejarse llevar por relatos legendarios, fantásticos, terroríficos, intimistas, dramáticos, cómicos…, no se cansará jamás de sentarse delante de una pantalla, a oscuras, junto a otras personas y esperar a que desfilen ante sus ojos planos, movimientos de cámara, diálogos, músicas… Por eso, la noticia que conocimos hace unos días, del cierre de los cines MK2 Conquistadores de Badajoz a finales de junio, nos causa una inmensa tristeza. No solo por el hecho de que cerrará un negocio en la ciudad y habrá despidos de sus trabajadores, sino porque con él se atranca una ventana a quienes tenemos derecho a disfrutar del séptimo arte, de filmes no tan comerciales. Para eso ya está Yelmo, en un centro comercial como El Faro, cuya ferocidad ha provocado, unido al comercio por internet, que se haya robado vida económica y social al casco antiguo. La calle San Juan o Menacho, y adyacentes, ya no son lo que eran, por desgracia, hace décadas, en cuanto a su vitalismo comercial y económico.
Ya fue una gran pérdida para Badajoz que bajase la persiana para siempre el mítico Teatro-cine Menacho, allá por 1999. Poco antes, durante el invierno de 1998, fueron memorables las largas colas para ver la película que causaba sensación en ese momento: ‘Titanic’. En aquellas paredes recuerdo haber visto, junto a mis primos y tíos, una de mis primeras películas en pantalla grande: ‘Batman’ (1989), protagonizada por Michael Keaton, Jack Nicholson y Kim Basinger. Menacho fue incapaz de competir con el negocio de las multisalas que surgieron: Puente Real, en La Paz, y Conquistadores, en la margen derecha del río. Otro lugar de proyecciones cinematográficas que guardo en mi memoria, junto al López de Ayala y su cineclub, son los Multicines Avenida, en San Roque, que cerraron en el año 2000 y, tras un par de intentos por ofrecer una oferta de películas diferenciada, de autores independientes, tuvo que bajar la persiana; no abriría hasta 2006 como Centro de Ocio Contemporáneo (COC), un espacio en el que, entre otras actividades, se proyectaban las películas de la Filmoteca de Extremadura. Una pena que el Ayuntamiento de Badajoz haya dejado morir ese espacio cultural.
Si nadie lo remedia, a pesar de las más de tres mil firmas para impedirlo en Change.org, los cines Conquistadores echarán el cierre en pocos días, dejándonos huérfanos a quienes tanto hemos disfrutado entre sus butacas. En este lugar se fraguaron cientos de primeras citas y se desarrollaron tardes de palomitas, estrenos míticos y tantos y tantos hermosos recuerdos. Allí hemos disfrutado de películas que nos han emocionado, educado e inspirado. Sin ánimo de ponerme nostálgico, en mi memoria permanece una de mis primeras películas vistas allí. Fue en 1999 cuando, siguiendo la recomendación de una profesora del instituto, fui allí, con mis amigos, para ver una película inolvidable: ‘La vida es bella’. Además, hacía poco que habíamos estudiado en clase el horror de los totalitarismos y el Holocausto.
Los cines Conquistadores no merecen un final así. Han sido un punto de encuentro para generaciones de pacenses, formando parte de la memoria colectiva de la ciudad. Creo que han de seguir ofreciendo este servicio cultural, más allá de la rentabilidad económica. No es solo una cuestión empresarial. Desde el ámbito privado y público se han de articular fórmulas para que este lugar para el cine y la cultura perviva, ya sea gracias a ayudas, préstamos, acuerdos con asociaciones, entidades diversas, etc. Badajoz se merece una oferta cinematográfica en condiciones porque hay un público interesado.
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