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Opinión | La atalaya

Arqueólogo

Califas (XXXVIII)

Gracias a todo lo ocurrido en nuestra embajada y al alboroto consiguiente podemos deducir que Córdoba había copiado partes del protocolo romano

Liutprando de Cremona tenía experiencia como embajador. Ya dije que había oficiado de tal ante la corte de Constantinopla. La Meca del protocolo. El lugar del que tomarían ejemplo todos los monarcas del orbe cristiano. Desde el nacimiento a la muerte todos los actos del emperador estaban sometidos a una serie de gestos simbólicos. Especialmente aquellos públicos destinados a enfatizar su papel como monarca único del Imperio Romano. De todo el antiguo imperio. A la altura del siglo X eso era una entelequia, pero seguía costando sangre. Pero, además, la pompa resaltaba su condición de Vicario de Cristo. Nunca los Basileos (= césares) renunciaron a eso. Bueno, en una ceremonia secreta, lo hicieron horas antes de que el sultán Mehmet II consiguiera atravesar, en 1453, las puertas de la ciudad imperial.

Gracias a todo lo ocurrido en nuestra embajada y al alboroto consiguiente podemos deducir que Córdoba había copiado partes del protocolo romano. Aquellas cuya escenificación no rompía las reglas del islam. En especial, la de la igualdad de los creyentes y la que convertía al califa en la Sombra de Dios sobre la tierra, pero no en su vicario. Quizás esos influjos habían llegado con Abd al-Rahman I, pero no se manifestaron en toda su amplitud hasta la proclamación del III (929) como Príncipe de los Creyentes. Alguna innovación pudo llegar, de vuelta, con Recemundo, después de sus coloquios, sin duda fructíferos, con Liutprando. De aquí el desvío.

El obispo de Cremona fue recibido con todos los honores por Constantino VII, durante su primera embajada. Y se la contó, punto por punto, al cordobés. De hecho, es casi la única descripción completa, y un punto exagerada, de una recepción en el Salón Dorado del Palacio Sagrado. Años después del asunto que nos ocupa volvió junto al Bósforo, para proponer un matrimonio entre el hijo de Otón I y una princesa bizantina. Reinaba ya Nicéforo II, un militarote entronizado. La enemistad con quien consideraban falso emperador se hizo patente en un antiprotocolo. Le hicieron todo lo contrario a lo establecido. Lo pasó fatal. Y luego lo escribió en una obra magnífica: la Antapodosis. Y se la dedicó a su colega, parece que también amigo, Rabi b. Said.

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