Opinión | A mesa puesta
Nos vamos de feria
Las casetas han dejado de ser solo el destino posterior a la comida para convertirse en el lugar donde la comida empieza. Muchos grupos ya no quedan para comer “antes de ir a la feria”, sino que quedan para comer en la feria

Una caseta llena al mediodía en el recinto ferial con comidas de amigos o compañeros. / Jesús G. Hinchado
Llega junio y los grupos de WhatsApp de Badajoz entran en fase crítica de negociación gastronómica. Da igual que sea el chat de los compañeros de oficina, la peña de fútbol, el grupo del pádel o los amigos de siempre. La pregunta vuelve cada año: ¿reservamos menú en la ciudad o nos vamos directamente a las casetas del ferial?
Este año la respuesta parece más clara que nunca. Las casetas del Real se han llevado la palma en las comidas del mediodía. Han desplazado buena parte del protagonismo que durante años tuvo el centro de Badajoz. El casco antiguo ya no es necesariamente el epicentro gastronómico de San Juan. La feria, también a la hora de comer, se ha mudado al ferial.
El fenómeno va más allá de sentarse a almorzar en una caseta. Muchos pacenses buscan empezar ya dentro de la feria y no salir de ella: comer allí, enlazar con el tardeo, dejar que caiga la noche y, cuando el cuerpo vuelva a pedir algo sólido, encontrar una barra donde llevarse algo a la boca antes de seguir. El Real se ha convertido en un territorio continuo de mesa, copa, música y bocado nocturno.
En Badajoz, San Juan no empieza necesariamente de noche. Muchas veces empieza al mediodía, frente a un mantel, calculando sombras y buscando con fe el aire acondicionado, los ventiladores o los difusores de agua. Porque con el termómetro rozando los cuarenta grados, la comida de feria es también un ejercicio de supervivencia térmica.
Durante años, buena parte de esas reuniones se resolvía en restaurantes del centro, especialmente en el casco antiguo, donde los grupos buscaban menús cerrados, comedores climatizados y sobremesas largas antes de poner rumbo al recinto. Esa costumbre no ha desaparecido. Sigue habiendo quienes prefieren el restaurante conocido, la mesa tranquila y la copa sin prisas. Pero el equilibrio ha cambiado. Este San Juan ha confirmado que las casetas son ya la opción preferente para muchos grupos.
La razón no está solo en la comida, sino en el ambiente. Comer en la feria tiene otro pulso. La mesa es más bulliciosa, más compartida, más de ración caliente, fritos, carnes ibéricas, pimientos, platos reconocibles y jarras con hielo. Todo acompaña la conversación alta, el calor del mediodía y esa sensación tan pacense de que la jornada ya ha arrancado.
Las casetas han dejado de ser solo el destino posterior a la comida para convertirse en el lugar donde la comida empieza. Muchos grupos ya no quedan para comer “antes de ir a la feria”, sino que quedan para comer en la feria. Se llega, se saluda, se busca la mesa reservada con antelación, se piden las primeras bebidas y, casi sin darse cuenta, uno ya está dentro del ritmo del ferial.
Y cuando termina la comida, empieza el tardeo. El pacense no solo quiere comer en la feria; quiere quedarse. Alargar la sobremesa, cambiar de caseta, encontrarse con otros grupos, escuchar música, pedir otra ronda y dejar que la tarde avance sin mirar el reloj. El ferial de día ya no es una antesala de la noche, sino una parte central de la fiesta.
También hay una cuestión práctica. Para reuniones numerosas -comidas de empresa, peñas, clubes o pandillas grandes- las casetas ofrecen espacio, ambiente y continuidad. No hay que organizar después el traslado al recinto ni convencer a nadie de moverse cuando la sobremesa se alarga. El que come en el Real ya está donde debe estar.
Eso no borra el papel de los restaurantes de la ciudad. Muchos reciben a grupos que buscan una comida más pausada, protegida del bullicio y del calor directo. Sentarse en el centro mantiene sus ventajas: gazpachos, ensaladas, picadillos, aliños, jamón, queso, croquetas, calamares y, por supuesto, bacalao dorado, uno de esos platos que en Badajoz funcionan casi como contraseña gastronómica.
Pero este año el Real ha dado un paso adelante. Las casetas han sido comedor, punto de encuentro, refugio contra el calor y escenario social desde el mediodía. Verlas llenas a la hora de comer confirma que San Juan se vive cada vez más dentro del ferial también de día.
Y también de noche. Cuando cae el sol y el recinto cambia de luz, la gastronomía no desaparece: se transforma. Ya no se trata de sentarse a una comida larga, sino de encontrar algo que permita seguir. Una ración, un bocadillo, un montado, unos fritos, una tapa rápida, cualquier bocado que recomponga el cuerpo entre una caseta y otra. La noche de feria también necesita cocina, aunque sea de paso, de barra y de servilleta.
Ahí las casetas cumplen otra función esencial: sostienen la fiesta. Dan de comer al que empezó al mediodía y todavía resiste, al que llega después de cenar, al que sale de un concierto o al que necesita una pausa antes de continuar. En la feria, comer no siempre significa sentarse con mantel. A veces basta con llevarse algo a la boca para que la noche siga teniendo recorrido.
La gastronomía de feria no pretende ser solemne. Es cocina de grupo, de calor, de platos compartidos, de servilleta en la mano y conversación alta. Está pensada para acompañar el encuentro más que para reclamar silencio. Por eso funciona: porque en Badajoz comer también es una forma de empezar la fiesta, de continuarla por la tarde y de sostenerla cuando llega la noche.
Y quizá ahí esté la clave. La feria no comienza cuando uno cruza la portada de el Real ni cuando se encienden las luces. Para muchos pacenses empieza antes: cuando alguien escribe en el grupo "¿dónde comemos este año?" y todos acaban sentados a la misma mesa. Este año, más que nunca, esa mesa ha estado en las casetas del ferial, brindando por la excusa perfecta para juntarse y sabiendo que, mientras quede fiesta, siempre habrá algo que comer.
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