Opinión | La escotilla
Borrador
La comprensión del pasado de la memoria es en esencia subjetiva, la historia como disciplina aspira al mayor grado de objetividad que sea alcanzable
Cualquiera que se haya acercado a la historia, al pasado, con un mínimo de pensamiento crítico, aprende al instante que está tratando con una materia fluída, evanescente, multiforme a la vez. Aprender y aprehender la historia, el pasado, es como intentar coger agua con las manos: se te mojan, consigues llevar algo a la boca, salpicarte la cara incluso, pero es más lo que se escapa que lo que retienes. Cada aproximación que realizas al estudio del pasado revela una faceta nueva, algo que aun complementando lo que ya habías visto o aprendido también lo contradice y te descubre que hay muchos otros aspectos o dimensiones de los que nada sabes. Según avanzas en el abismo de corregir tu ignorancia mayor demuestra ser, mayor y más inaprensible.
En esto, la historia como ciencia no es diferente a cualquier otra dimensión de la investigación y del saber. Pongo por ejemplo la física, sobre todo la teórica aunque de la práctica lo mismo se podría decir. Se descubren los átomos después de siglos de haberlos teorizado y, et voilá!, nos encontramos con la mecánica cuántica, de la que con mucho acierto se dice que quien cree comprenderla es que no se está enterando de nada. Lo mismo, como vengo diciendo, con la historia.
En general se tiende a dejar la ciencia a científicos, las técnicas a especialistas: la física a los físicos, la cirugía a los cirujanos, el cálculo de estructuras y el diseño de barcos o aviones a los ingenieros; y así sucesivamente. Con la historia esto no es del todo posible, pues tiene una dimensión no propiamente científica, basada en una característica humana universal cual es la memoria, la capacidad de cada individuo de recordar, lo que fácilmente se transmuta en la sensación que cada uno de nosotros tiene de entender y asimilar el pasado, nuestro pasado que sin la más mínima dificultad convertimos en un pasado universal y compartido. Todo lo dicho, característica, capacidad y sensación, componen un conjunto de rasgos comunes e indiscutibles pertinentes a cada individuo, casi me atrevería a decir que la memoria y la comprensión personal del pasado constituyen un derecho inalienable del ser humano. Así, cada ser humano entiende, algo erróneamente, que está capacitado para entender el pasado, la historia.
Dicho lo cual, eso que podemos llamar historia científica poco tiene que ver con esta vivencia individual de la memoria y del pasado a pesar de que sea ésta la fuente originaria de la que surgió. Sabemos que la memoria puede fallar, puede olvidar, puede equivocarse, edulcorar o alterar la realidad de lo que antaño ocurriera. Por ello se ha sentido la necesidad social o cultural de articular un mecanismo, una ciencia que valide y fije la realidad del pasado, defina los parámetros aceptables para definirlo objetivamente, lo fije y lo delimite de las alteraciones subjetivas que nuestro pensamiento introduce en la memoria. Simplificando, la comprensión del pasado de la memoria es en esencia subjetiva, la historia como disciplina aspira al mayor grado de objetividad que sea alcanzable.
A lo que tengo que añadir otra reflexión: el estado actual de la ciencia histórica no ha conseguido todavía elaborar un cuerpo suficiente de certezas. En gran medida, lo que presenta como resultado de su trabajo tiene más de borrador previo, de trabajo en curso, de algo que está lejos de estar del todo conformado. Posiblemente no sea posible mucho más. No entender esta cualidad de la historia como algo incompleto, en realidad como algo provisional, como un trabajo en desarrollo, es lo que la convierte en muy peligrosa si mal se utiliza o si se instrumentaliza para fines espúreos.
Esta es la razón por la que en estos textos vengo oscilando entre diferentes formas de encarar la historia. Entre defender la necesidad de conocerla por un lado; advirtiendo, por el contrario, de los peligros que entraña ese mismo conocimiento por el que abogo. Se me podría pedir que me aclare, sería lícito hacerlo, que tome una postura definida y que transmita algo de seguridad en mis planteamientos. Lo siento, me resulta imposible. Son demasiados años trabajando con el pasado, investigándolo, difundiéndolo, estudiándolo. Aparte de que las certezas, las posturas firmes e inamovibles son propias de una juventud que hace mucho quedó atrás. Soy demasiado consciente de que algunas cosas sabemos, de otras nada; algunas que se presentan como historia apenas llegan a la categoría de mitos o fantasías. Abordo todas ellas de la mejor manera que me cabe, pero no puedo renunciar a las oscilaciones, por muy errático que ello me pueda hacer parecer. Recordando en especial lo incompleto que es nuestro conocimiento, muchas veces inconcreto, y la capacidad que tiene de inducirnos a error.
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