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Opinión | En confianza

Comunicador audiovisual

Doña Ciri

Nos abrió el telón de una vida que apenas se empezaba a atisbar y compaginó la educación de empezar a ser personas con el conocimiento necesario para andar el camino y comenzar a serlo

Mi infancia son recuerdos de un patio de San Roque, donde planté con mi abuelo un limonero. De veranos infinitos en el pueblo, de jugar en la calle y disfrutar de la libertad de tener una bicicleta que te transportaba a un mundo de aventuras, más allá de tus horizontes conocidos, y de dejarla en la puerta de casa, recostada sobre sí misma como un corcel exhausto, sin cuerdas ni candados.

Tengo un bonito recuerdo de mi infancia y de sus veranos, no puedo negarlo. Y creo que una de las personas que más contribuyó a esa felicidad fue la profesora que me acompañó desde primero a quinto de la EGB en el colegio público Juventud. Doña Ciri. Así que coincidiendo con el final del curso escolar, va para ella este homenaje y este cariñoso y personal recuerdo en el que seguro que se cuela alguna mariposa amarilla fruto de la idealización y ensoñación de la memoria.

Doña Ciri era, más que una mujer al uso que sabe su doctrina, una mujer, en el buen sentido de la palabra, buena. En unos años en los que el Parque de la Legión que colinda con mi colegio parecía Mordor, con setos altos que impedían el paso de la luz del sol y que ocultaba venenos de agujas sangrantes que admirábamos desde la verja en el recreo con curiosidad y respeto como un cazavampiros admira un ataúd cerrado; Doña Ciri fue capaz de mantener alejados a sus polluelos de todo aquello, con cariño pero también con una mano firme que quizá se echa de menos en las nuevas generaciones.

Nos abrió el telón de una vida que apenas se empezaba a atisbar y compaginó la educación de empezar a ser personas con el conocimiento necesario para andar el camino y comenzar a serlo. Yo creo que venía de una tradición de mujeres que se acostumbraron a construir conciencia crítica en niños y niñas, siempre en los límites de lo que permitía el sistema. Enseñando valores antes que materias, y acompañando en el crecimiento de varias generaciones y de cientos de nosotros a quienes su ejemplo marcó nuestro desarrollo más allá de lo que entendíamos entonces.

Eran otros tiempos y no me quiero poner melancólico pero aquellos no son estos. Y la sociedad en la que nos estamos convirtiendo viene de abandonar esas cosas que funcionaban de la vida en comunidad.

La comunidad era ir y volver del colegio junto a tus amigos, porque había una riada de adultos, en su mayoría mujeres, abuelas o abuelos, que acompañaban a todo el rebaño. En ese entorno las familias tenían la seguridad de que un niño de 10 años podía recorrer los cientos de metros que separaban tu casa del colegio, sin miedo a que pasara nada. Siempre había algún adulto en quien confiar que todo transcurriera por su cauce. Ahora la riada es de coches aparcados en doble fila a la entrada y salida del colegio. La vida se ha puesto tan cruel, que ni con dos sueldos se alcanza para pagar su precio.

La comunidad era bajar a la calle con el balón, con la repiona o con un pincho improvisado para jugar con tus amigos. O deslizarte por un columpio por el que, si te despistabas, caías de cabeza a un parque de tierra con piedras de pico y te hacías una pitera. Y llegabas a casa llorando pero con la sensación de tener puesta una medalla en el pecho. Lo que fuera, con tal de salir un poco con libertad. Pero también con la seguridad de que en cada calle había alguien a quien acudir si la cosa se torcía. Ahora la seguridad es tener al niño vigilado desde un velador mientras juega en un parque con todo acolchado y preocupados por si el niño del otro se pone flamenco y me va a fastidiar el café.

Mi infancia fueron momentos, a veces duros, normalmente dulces, alegres y de vivencias compartidas. Estoy idealizando, ya lo sé. Es fruto de que le he dado la vuelta al jamón de la vida y de que uno empieza a hacerse mayor cuando se ve rodeado en un mundo que no entiende, porque no se puede entender o porque se niega a entenderlo. Como un viejo pescador que perdido y desorientado suelta el timón y se entrega vencido a la inmensidad de un mar que lo supera. Y cuando llego a ese punto de marinero cascarrabias, me recuerdo cantando en clase, después de gimnasia, aquella canción que nos enseñó doña Ciri cuando volvíamos sobreexcitados después de jugar y pegarnos cuatro carreras:

A la mar fui por naranjas,

cosa que la mar no tiene,

todo vine mojadito,

de olas que van y vienen.

Entonces por un instante creo que aún no es tarde para volver a coger el timón y buscar puerto seguro.

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