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Opinión | EL EMBARCADERO

Periodista y profesor

La feria

Me parece una aberración en toda regla que se incentive y promueva el acceso de menores a una práctica de evidente y explícita violencia, un hecho que escandalizaría en otros países

Los días de la segunda quincena de junio adquieren una dimensión especial en Badajoz, acentuada por tantas horas de luz que nos invitan a estar en la calle y, por supuesto, por sus ferias y fiestas. San Juan es sinónimo en nuestra ciudad de la llegada del verano (en 2026 más presente que nunca por una intensa y precoz ola de calor) y de las vacaciones porque se acaba el curso escolar. Afloran en la memoria escenas del pasado como cuando tus maestros del colegio entregaban a tus padres el boletín de notas, impreso en cartulina, y se experimentaba esa sensación del trabajo hecho, del cierre de temporada y de las buenas expectativas que se divisaban: muchas horas por delante para estar tranquilos en casa, salir con los amigos, ir a la piscina o preparar las maletas para esa escapada a la playa con tu familia o al pueblo de tus abuelos.

Pero antes, estaba la feria, con ese universo de luces perennes, sonidos estridentes, ropa reservada y zapatos cubiertos de polvo al descalzarte. Casi podíamos pensar que la feria era algo así como un premio por haber acabado el curso, unos mejor que otros, en tiempos en los que te podían quedar asignaturas para septiembre y debías estudiar en julio y agosto. Eso pasó a la historia, con bastante buen criterio, a mi juicio. Nunca tuve que ir a septiembre pero sí recuerdo, por ejemplo, a mi hermana mayor, pobre ella, yendo a clases particulares de francés con Madame Brun para mejorar su nivel de la lengua de Flaubert e intentar así aprobar esa materia pendiente de 3º de BUP.

Esas noches en el ferial (algunos nos acordamos de su anterior ubicación, en La Paz, donde hoy se instala el mercadillo de los martes) saben y huelen a pinchitos, a algodón de azúcar, al vértigo de los minutos precedentes a subirte en una de esas atracciones que te quedaban boquiabierto al observarlas. El barco vikingo, el canguro o los coches chocantes son un clásico para niños y adolescentes ávidos de probar sensaciones fuertes. Después están las casetas, lugares donde bailar y disfrutar con tus amigos, antes de emprender el regreso, casi al amanecer: los más suertudos en taxi o tomando los últimos autobuses; los más desventurados, caminando por esa prolongada acera de la avenida de Elvas que parecía no tener fin. Seguro que algunos recuerdan esas vueltas a casa a pie, agotados pero satisfechos por haber vivido tantas buenas experiencias.

Hay aspectos que han mejorado en las ferias y uno, sin duda, tiene que ver con la iniciativa de ofrecer franjas horarias sin ruido, una medida que agradecen no solo niños y niñas con trastornos del espectro autista (TEA) sino cualquier persona con una cierta sensibilidad. A mí tampoco me hacía mucha gracia, cuando era pequeño, ese carrusel de sonidos amplificados y mezclados, lo mismo que tampoco esos ponis usados como atracción infantil en carruseles vivos. Ver la cara de esos desprotegidos mamíferos dando vueltas afligía hasta el más impasible. Esto ya es historia en España, por suerte, pues esta práctica ha desaparecido, como resultado de la implantación de una legislación más garantista para los animales, contra su maltrato y en favor de su bienestar.

Lo que sí resulta un espectáculo digno de avistar para bastante gente, en la feria pacense, son sus fuegos artificiales durante la noche de San Juan, este año postergados por el peligro de incendios forestales. Una disposición acertada, en mi opinión. Las aves que duermen cada noche en las proximidades del Guadiana nos lo agradecen también. Luego están decisiones muy desafortunadas y que me molestan, como la instalación de un palco infantil en la plaza de toros, en el que los menores, además de asistir a los festejos, reciben explicaciones didácticas de la lidia. Me parece una aberración en toda regla que se incentive y promueva el acceso de menores a una práctica de evidente y explícita violencia, un hecho que escandalizaría en otros países. No es casual. Se produce justo cuando ahora, en Extremadura, con el gobierno de PP-Vox, se han incrementado sustancialmente los fondos destinados a los toros, una competencia que gestiona la extrema derecha en la Consejería de Agricultura, Ganadería y Medio Natural. Así, según se contempla en el proyecto de ley de Presupuestos Generales de la Comunidad Autónoma para 2026, se aumentarán dichos fondos en cerca de 1,5 millones de euros, además de proceder al blindado de la tauromaquia con su declaración como Bien de Interés Cultural (BIC). La vieja consigna animalista y antitaurina de «La tortura no es cultura» cobra más sentido, si cabe.

Esta reestructuración de las prioridades del gasto público de la Junta se traduce, por otro lado, en la asfixia y el desmantelamiento del sector de la cooperación al desarrollo, con un recorte de casi 9 millones de euros. Se ve que en la administración regional hay dinero para lo que se quiere, para sus chiringuitos ideológicos: de los toros, la caza… y no para las oenegés. En fin. Este es uno de los precios que tiene que pagar el PP para gobernar Extremadura. Mientras, la Coordinadora de ONGD de Extremadura no piensa quedarse de brazos cruzados ante este desaguisado, que incumple una ley autonómica, y plantean movilizaciones en la calle, entre otras acciones. ¿Quién sabe? Tal vez tengamos que atarnos los machos ante las políticas que pongan en marcha desde el laboratorio de experimentación que supone el gobierno de coalición PP-Vox en Extremadura, como modelo para uno posible a nivel nacional.

Volviendo al tema central de este artículo, reconozco que ya no me seduce demasiado ir al ferial de Caya. Ni he ido ni tengo intenciones de hacerlo este año. Es algo personal. Entiendo que tenga muchos adeptos, que la gente disfrute así, sobre todo los más jóvenes. Solo hay que ver la afluencia masiva de grupos de amigos, compañeros de trabajo o familias que ambientan las casetas desde mediodía para disfrutar de comidas, previamente reservadas, y para entregarse después a las copas, la música y el baile. Que cada cual disfrute como quiera de estos días en los que Badajoz parece estar a medio gas, en cuanto a su actividad económica, por su semana de feria.

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