Opinión | Cotidianidades
San Juan
Este San Juan, sin fuegos artificiales, también, hasta ahora, es un San Juan sin feria para mí. Así que contaré otras ferias, de otros años donde participaba con más entusiasmo y energía

El recinto ferial, desde la rotonda de la avenida de Elvas. / Diego Algaba Mansilla
Es lunes. Quiero escribir sobre la feria de San Juan pero todavía no he ido. Me pongo a teclear en una tarde de lunes anodino, insustancial, una tarde que camina a paso lento. Observo en mi reloj el movimiento de la aguja del segundero, tac, tac, un aguja que tarda en dar una vuelta completa a la esfera un minuto, un minuto que parece más de un minuto. Estoy en el centro de una tarde, de un tiempo tedioso que avanza sin avances, una tarde en la que todo está quieto excepto el sonido penetrante de ambulancias, coches de policías y también de bomberos. Vehículos que pasan de vez en cuando rompiendo el silencio y sembrando la curiosidad, también la inquietud mientras pensamos ¿otro tiroteo?, ¿otro coche ardiendo?
Las chicharras de campo empiezan a adquirir el protagonismo que merecen como candidatas permanentes a ganar la canción del verano. Un título que año tras años se llevó Georgie Dann hasta su muerte. Las chicharras de ciudad también se manifiestan sobresaliendo de las fachadas de los edificios. Cientos, más bien miles de aires acondicionados rugen y gotean desde los balcones de una tarde en la que enciendo el ordenador para escribir sobre la feria de San Juan, cuando todavía no he ido, ni siquiera sé si iré este año, porque a la feria se va en grupo: los del trabajo, los del pádel, los antiguos amigos, los del club de lectura, la grupeta de la bicicleta de montaña, los que quedan los domingos para correr… A medida que cumples años es más difícil elegir un día para que coincidamos todos.
Este San Juan, sin fuegos artificiales, también, hasta ahora, es un San Juan sin feria para mí. Así que contaré otras ferias, de otros años donde participaba con más entusiasmo y energía. Algunos de los viejos feriantes de entonces siguen: Los coches de choques de Naranjo, donde trabajé un verano montando la pista por mil pesetas y unas fichas. El puesto de chocolate con churros de los hermanos Pernía, los pinchitos de la caseta de Horacio. Aunque algunos feriantes siguen, el diseño de la feria ha cambiado. Este año han montado una maqueta de la casita de Bad Bunny, ese cantante que gusta tanto y que a mí me es indiferente. Me están empezando a pasar lo mismo que les pasaban a los mayores cuando yo era joven. Cada generación tiene su música. Yo me quedé en la música disco con Bonny M y la canción Rasputín, esto era para las ferias, mi música preferida era otra.
Suena otra sirena de ambulancia por la autopista. Antes, en el feria de San Juan, pasaba el coche de publicidad José luis de Almendralejo anunciando con una voz nítida y poco extremeña el cartel de los toreros. Los toros eran un acontecimiento en la feria de Badajoz. Un acontecimiento que según los aficionados cada año va perdiendo interés, una fiesta que va a menos en la feria pacense. Suena otra ambulancia. Vuelvo a recordar los años en los que en lugar de inquietantes sirenas pasaba por la autovía de forma relajada el coche de José Luis, con sus potentes altavoces en el techo del vehículo, anunciado los espectáculos que se iban a celebrar durante la feria en el López de Ayala, alguno en el auditorio del Parque Infantil. Por aquellos entonces no era como en la actualidad que no damos abastos en Badajoz con las actuaciones musicales, teatrales y de todo tipo, entonces actuaban en Badajoz una vez año los artistas que más éxito tenían. Un día Lina Morgan, otro Manolo Escobar, también podía completar la semana de feria con una obra de teatro conocida de las de Estudio 1, y alguna zarzuela.
Cuando la feria estaba donde ahora ponen los mercadillos de los martes, se veía a lo lejos la noria, la feria estaba en un lugar donde se podía ir andando aunque luego regresarás a gatas. Ahora tienes que emplear medios de transporte para ir, por eso algunos prefieren quedarse en el casco antiguo aunque la feria esté en el recinto ferial. Hubo unos años que se puso de moda la feria de día que se celebraba en el casco antiguo, aquello fue un fracaso. No había gente para dos escenarios distintos y una feria con poca gente produce sensación de tristeza más que de alegría. Por eso la gente, creo que con buen criterio, suele ir al ferial desde mediodía hasta que el cuerpo aguante. Los hosteleros del casco antiguo quieren que se celebre la feria en el centro de la ciudad, pero en el centro no pega, cada cosa en su sitio.
La feria es pisar albero, ensuciarte los zapatos de tierra, pasar calor, ponerte un sombrero, ver los puestos de la entrada, pasar por debajo de la reproducción de Puerta Palma, ver o participar en la tómbola, ya no se mide la puntería con escopeta de balines que lo han sustituido por dardos que explotan globos. Ir a la feria es pasar por el puesto del algodón de azúcar, el del trozo de coco que se humedece continuamente, el puesto de los helados gigantes, que la feria también es exageración. Exageración en algunos escotes tatuados con corazones, atravesados por flechas, camisetas de tirantes que lucen bíceps de gimnasios, en morenos de jornalero del campo, en cadenas de oro o de imitación, en anillos más grande que el dedo, en pelos de colores, en sentarte a comer un perrito caliente o un kebab con todas las salsas, porque la feria es desmesurada, es kitsch, un escenario donde abundan el ruido, los colores de luces intermitentes, el bullicio, mucha gente, hablar forzando la voz, descubrirse de pronto bailando una sevillana, todas esas cosas que dices que no te gustan y que una vez al año eres capaz de disfrutarlas, para seguir comprobando que siguen sin gustarte, como pagar cinco euros por montarte en la noria de la que te da miedo la altura, o descoyuntarse el cuello en la montaña rusa, dar un puñetazo a un saco de boxeo y no batir el récord, mientras te dañas la mano, y cuando te vas con la cartera vacía y el cuerpo lleno, te despiden las luces suaves del circo Alaska hasta el año que viene.
Estamos en los primeros días de un verano que los hombres del tiempo anuncian como una película de miedo, no solo para los que vivimos en el sur, sino también para los españoles del norte. Estamos al principio del verano y ya quiero que llegue octubre, que todo este suplicio haya pasado como un mal sueño, que corran rápido estos meses y estas horas tediosas de tarde en las que escribo de una feria a la que no he ido porque el verano ya está aquí, ya ha presentando sus credenciales, puntual a su cita de junio, chulo y abrasador, cada año más crecido, más arrogante o será que yo cada año aguanto menos su prepotencia. Un calor que me tiene en casa por esto que algunos todavía llaman el buen tiempo.
Miro ese aparato blanco que sobresale de la pared, del que dependo para sobrevivir y del que espero que la obsolescencia no pare y siga enfriando aunque doble la factura.
Una tarde tediosa de lunes, en la que lo que no gasto en feria lo estoy gastando en luz.
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