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Opinión | La atalaya

Arqueólogo

Califas (XXXIX)

En Marruecos, el ejercicio de 'correr la pólvora' es, inicialmente, más que un deporte

Parece ser que Liutprando de Cremona, el italiano al servicio de Otón I, y Rabi b. Said, el obispo cordobés, se entendieron bien. Y estoy convencido de que ellos fueron los responsables últimos de la resolución del problema diplomático. Pactaron, con bastante seguridad, su propuesta y el Rey de los Romanos estuvo de acuerdo. Se envió, entonces, de vuelta a la delegación califal, acompañada de un legado, en realidad un mensajero. Pero, y esto es importante, sin categoría de embajador. No podía organizarse una nueva embajada ante el califa y desautorizar a la anterior. Se le mantenía al nuevo el perfil bajo, como si se tratase de un asunto interno, a pesar de haber sido iniciativa de la contraparte. Los procedimientos eran mucho más refinados de lo que podíamos imaginar. Liutprando se quedó en Francfort, junto a su señor, y Rabi b. Said reinició el fatigoso viaje hasta la orilla del Guadalquivir, con la nueva compañía.

En cuanto alcanzaron Córdoba, el correo sajón se dirigió a la residencia de Juan de Gorze, el embajador, y le comunicó la orden tajante de entregar los regalos, aunque eso supusiera, en una primera lectura, una claudicación diplomática y, si me apuran, una humillación. La cancillería omeya no movió, que sepamos, un dedo para recibir al nuevo. Y, entonces, la corte cordobesa desplegó su mejor y más flamante protocolo. En esta ocasión ante la embajada de un monarca no musulmán. Sin interferencias ideológicas, por el reconocimiento o ignorancia del imamato. Es decir, del califa como cabeza de la comunidad de los creyentes. Se trataba de un asunto estrictamente político. Tenemos noticias, aunque escuetas, de que los antiguos omeyas de Oriente habían recibido a algún embajador haciendo, antes del propio acto, un alarde. Una escenificación teatral de una batalla, para hacer lucirse a sus mejores tropas. Algo parecido a lo que, en la región centro-norte de España, es tan frecuente. Todavía, en Marruecos, el ejercicio de 'correr la pólvora' es, inicialmente, más que un deporte, un modo de demostrar fuerza ante alguien de forma elegante. Pues eso hicieron en Córdoba como comienzo de los actos de la recepción. Escenificaron un enfrentamiento entre guerreros de la guardia.

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