Opinión | La escotilla
Idiomas y política
Es ciertamente limitativa y excluyente reducir lo español a lo castellanoparlante, negando toda su inmensa variedad
No cabe duda que claro que la lengua, el idioma, el habla, su conocimiento y aplicación, es una cuestión con una gran carga política. Lo que ya no se es tan consciente es hasta qué punto esta carga puede ser explosiva y peligrosa.
Tomemos algunos ejemplos. Primero la célebre máxima de Elio Antonio de Nebrija (1444-1522) contenida en el prólogo de su 'Gramática de la lengua castellana', la primera publicada de una lengua romance: "siempre la lengua fue compañera del imperio". Su intención al formular la frase es paladina: la lengua es un instrumento para el ejercicio del poder soberano, que es lo que imperium significa en el latín del que procede, y recordemos que Nebrija era, ante todo, un latinista. En este sentido es una atinada observación que, de algún modo, anticipa las corrientes post-modernas que estudian la lengua como instrumento de dominio, incluso explotación, de unos sobre otros, aunque es más que dudoso que Nebrija se lo planteara en estos términos.
Nada tiene que ver esta afirmación con el Imperio Español, como demuestra el hecho de que se diera a conocer mucho antes de que se supìera nada del resultado del primer viaje de Colón. El problema es que se tergiversó la máxima y se reformuló, no sé en qué momento, como "el Español es la lengua del Imperio", lo que se convirtió a su vez en uno de los pilares de ciertos nacionalismos españolistas que excluían y excluyen a cualquier otro idioma y a cualquiera que no sea hispanoparlante de su comunidad, aunque sea conciudadano. Es ciertamente limitativa y excluyente reducir lo español a lo castellanoparlante, negando toda su inmensa variedad.
Casi más grave es el uso político que se ha hecho de la lingüística indoeuropea. Para entenderlo haría falta dar un poco de contexto histórico. A principios del siglo XIX, se descubrió que muchos idiomas distribuidos tanto en Europa como en Asia estaban emparentados, denominándose al grupo como 'indoeuropeo'. Trabajos subsiguientes muy exhaustivos y sesudos consiguieron determinar las relaciones entre estos idiomas e, incluso, reconstruir el idioma del que todos procedían que, entre otras denominaciones, se conoce como protoindoeuropeo. Mejor dicho, este idioma propiamente no se ha reconstruido como tal, simplemente se tiene mucha información sobre cómo pudo (más o menos) ser. Desde el punto de vista de la lingüística comparada, un trabajo científico y concienzudo. Como esta investigación coincidió con los albores de la arqueología científica, o que hacía por serlo, se intentó identificar a los hablantes de este primitivo idioma con algunas de las culturas que se iban descubriendo.
Este intento, realmente conjunto de intentos todos fracasados, se articuló sobre la triple falacia de identificar cultura material (que es lo que descubre y conoce la arqueología), con el concepto sociopolítico de pueblo y con el de lengua. Es decir, se consideraba erróneamente que a un pueblo determinado le correspondía una cultura material y un solo lenguaje. Para principios del siglo XX, en los márgenes (pero no independientemente) de los estudios científicos sobre estas materias se llegó a equiparar lo indoeuropeo con la superioridad racial de los blancos europeos, introduciendo una componente racial en todo el entramado, una deriva tristemente lógica y coherente con el racismo y el supremacismo de la época.
En algunos medios alemanes y escandinavos, se consideraba que el solar primitivo de los indoeuropeos se hallaba en el norte europeo, en algún lugar próximo al Báltico, desde donde se expandirían por toda Europa y partes considerables de Asia. Ni que decir tiene que esta consideración fue aprovechada al límite por el partido Nazi para justificar sus políticas raciales y la supuesta supremacía germana, pues consideraban que ellos eran los que más cercanos se hallaban al origen y pureza indoeuropea, no mezclados con razas inferiores, aunque preferían usar el término ario. Todos sabemos qué resulto de aquello.
El modelo no se ha abandonado del todo, sigue demasiado vivo: tras la guerra se reformuló ubicando el solar originario de los indoeuropeos en las estepas al norte del Cáucaso y atribuyéndoles la muy poco definible Cultura de los Kurganes. Esto no sería más que un problema de, en mi opinión equivocada, investigación arqueológica si no hubiera sido retomada por ciertas escuelas de genetistas que periódicamente sueltan noticias de que tales o cuales poblaciones modernas tienen trazas o indicios de ADN de "pueblos de las estepas". Jamás indican a qué se refieren, pues hay cientos de pueblos de las estepas, que incluyen desde mongoles orientales a escitas en el Mar Negro pasando por múltiples estirpes túrquicas. Estas formulaciones de alguna forma nos retrotraen a teorías políticas racistas originariamente formuladas a partir de estudios lingüísticos, por lo queinvito a desconfiar de estas noticias y planteamientos.
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