Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | En confianza

Comunicador audiovisual y coordinador local de IU

La nueva anormalidad

Nueva anormalidad es que una ciudad no sea capaz de ofrecer un refugio digno a las personas sin hogar durante una ola de calor o de frío

Aún recuerdo aquellos mensajes de no hace tanto tiempo, cuando el mundo se tambaleó de verdad y descubrimos que aquello que dábamos por seguro podía desaparecer de un día para otro. «De esta saldremos mejores», decíamos. Después llegó la nueva normalidad. Mascarillas, distancia de seguridad, gel hidroalcohólico, vacunas, normas que cambiaban cada pocas semanas y la extraña sensación de estar aprendiendo otra vez a vivir. Costó acostumbrarse, pero poco a poco, terminamos haciéndolo.

De aquellos meses me quedó una certeza: cuando la cosa se pone realmente fea, nadie se salva solo. Lo vimos durante la pandemia. Lo vimos cuando la DANA arrasó Valencia y llegaron equipos de otros países para ayudar . Lo vemos cada vez que una catástrofe golpea cualquier rincón del planeta. Cuando la desgracia llama a la puerta, nadie pregunta primero de qué bandera eres. Se organizan equipos de rescate, llegan bomberos, sanitarios, voluntarios y ayuda humanitaria. Porque, aunque a veces lo olvidemos, dependemos unos de otros.

Y eso no ocurre solo entre países. También nos pasa a las personas. Todos podemos atravesar una mala racha. Un duelo, un despido, una enfermedad, una depresión, una ruptura. Basta una mala combinación de golpes para acabar en un pozo del que parece imposible salir. Y, sin embargo, muchas veces basta también una conversación, una mano tendida, un abrazo o alguien que te diga "no estás solo" para empezar a encontrar la salida.

La vida es muy perra a veces. Quizá por eso me cuesta entender el mundo en el que parece que hemos decidido instalarnos. Un mundo en el que ya no vivimos en la nueva normalidad. Vivimos en la nueva anormalidad. La nueva anormalidad es el America First. Es el "los españoles primero". Es el "los nuestros primero". Es el "yo primero".

Y cuanto más calor hace, más me cuesta comprender determinadas cosas. Será que tengo la mecha corta. O será que estas temperaturas nos ponen fuego en el cuerpo. Hay cosas que no se entienden por muchas vueltas que les demos, ni haciendo el pino puente para justificarlas.

"La verdadera medida de una ciudad nunca ha sido el tamaño de sus fiestas ni la longitud de sus murallas, ni la cantidad de banderas que ondean en sus balcones. La verdadera medida de una ciudad es cómo trata a quien no puede devolverle el favor"

Nueva anormalidad es que el albergue del Revellín siga cerrado mientras hay personas durmiendo en la calle y faltan recursos para atender a quienes viven en los márgenes de nuestra ciudad. Nueva anormalidad es que nos preocupe más perder unos fuegos artificiales que ver cómo unos chavales de Mali son expulsados de un parque o de un andén. Nueva anormalidad es que una ciudad no sea capaz de ofrecer un refugio digno a las personas sin hogar durante una ola de calor o de frío.

Hace unos días me sorprendió ver a quienes hacen de la prioridad nacional su principal bandera guardando un respetuoso minuto de silencio por las víctimas del terremoto de Venezuela a las puertas de nuestro ayuntamiento. Pero es imposible de entender cómo se puede expresar ese dolor mientras se desmantelan las políticas de cooperación internacional que permiten ayudar cuando una tragedia como esa ocurre.

Las imágenes del terremoto de Venezuela nos estremecen desde hace días. La ausencia de imágenes de Gaza debería estremecernos desde hace años. Pero parece que nos estamos acostumbrando a esta nueva anormalidad.

Nos acostumbramos a mirar hacia otro lado. A pensar que mientras el problema no ocurra en mi casa, no va con nosotros. A creer que la solidaridad es un lujo y no una necesidad. Y eso, además de inmoral, es profundamente estúpido.

Vivimos en un mundo hiperconectado e hiperdependiente. Pandemias, clima, guerras, migraciones o crisis económicas no entienden de fronteras. Pretender que uno puede encerrarse detrás de una bandera y vivir como si el resto del planeta no existiera es una fantasía que no se creen ni quienes la proclaman. Porque de eso va esta nueva anormalidad: de fabricar enemigos, enfrentar al de abajo con el de más abajo y esparcir mierda. Y la mierda empapa.

La verdadera medida de una ciudad nunca ha sido el tamaño de sus fiestas ni la longitud de sus murallas, ni la cantidad de banderas que ondean en sus balcones. La verdadera medida de una ciudad es cómo trata a quien no puede devolverle el favor. Porque cuando la vida vuelve a ponerse difícil -y siempre acaba poniéndose difícil para alguien- ninguno nos bastamos solos.

Entonces ya no importan las fronteras, ni las banderas, ni los discursos. Solo importa que alguien tienda la mano. Y cuando eso deja de parecernos lo más importante, la nueva anormalidad ya ha ganado.

Tracking Pixel Contents