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Opinión | En la frontera

Abogada

El sonido de La Grazia

Veo sobre todo una vida por delante y la belleza como propósito. La Sinfonía acaba, apoteósica, poderosamente, porque el alma de Fausto es salvada

Fui sola al concierto . Mi amiga Nina se puso enferma, Pedro se quedó cuidándola, pero las tres entradas en el bolsillo me decían ve, ve. Así que regalé las otras en la puerta y con mi abanico me senté cerquita de la orquesta para verles bien. La Joven Orquesta Nacional de España llenaba el escenario. Hasta los bordes llegaban los ocho contrabajos, treinta violines, seis trompas, dos arpas, timbales… noventa y cinco músicos y un director italiano. En el tercer movimiento, Mefistófeles rasga el aire agresivo, pendenciero. Y la fuerza se atrinchera en el ceño fruncido de los músicos, los músculos tensos, marcados, de sus brazos, la mirada concentrada y casi furibunda. La visión de un 'ejército' compacto, ejecutando la partitura como si el arco del violín fuera un sable, y ellos mismos, soldados dispuestos a emprender una batalla.

Un escalofrío tras el retumbar del tambor y los platillos y un echar de menos un chal que arrope al pobre Fausto, de tanto mal. A medida que la obra se va sucediendo la mirada se detiene y se asombra. Su juventud abruma, exuberante, luminosa. Saca los colores al recuerdo de otros músicos que tocan con la rutina, con una capa de polvo y de desgana aletargada, posada sobre sus hombros, de la que apenas consiguen desasirse cuando el público sigue el compás de la Marcha Radetzky, cada primero de año.

Mis ojos van buscando las caras, los gestos, absolutamente embebidos en las notas, las pestañas que rozan los párpados a veces cerrados, inspirando, llenándose los pulmones de las 'palabras' de Liszt, que beben como pajaritos en pleno vuelo, un instante, un segundo de las manos cadenciosas del director. La batuta se alza, baila, se mece y ellos responden. Los pies se afianzan en el suelo, con determinación, después, el tacón se inclina, solo un poco, retenido, para quedarse en una punta intencional que quiere levantarse y no quiere. Imagino el orgullo de sus padres. La camaradería entre bastidores. La alegría de saberse elegidos. La satisfacción anudada en el estómago que es vértigo y es 'por fin' . El sudor y el sacrificio, cansado, agotado, de repetir y repetir cada acorde.

Veo sobre todo una vida por delante y la belleza como propósito. La Sinfonía acaba, apoteósica, poderosamente, porque el alma de Fausto es salvada.

Y los aplausos estallan celebrabando no solo la victoria de la pureza y el amor, y el del arte sobre la inmundicia del mundo, sino el enorme privilegio de haber estado ante lo que los clásicos llamaban 'la Grazia', de marcharnos, agradecidos, con el alma salpicada de esperanza.

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