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Opinión | EL EMBARCADERO

Periodista y profesor

¿Vacaciones deseadas?

Encontramos bastantes contradicciones en ese precepto social de, sí o sí, hay que pasarlo bien en verano y hay que hacer grandes planes durante las vacaciones

Con la llegada del verano, del inicio del mes de julio y las consecuentes vacaciones, muchas personas esperan, por fin, ese parón que les haga disfrutar de días más tranquilos, con menos obligaciones y con más margen para relajarse. Pero ¿ocurre siempre así? Me temo que, a pesar de las buenas intenciones, no siempre resulta fácil dejar de hacer cosas. Nos ocurre más a menudo de lo que pensamos y no solo durante el periodo estival. Uno habla con recién jubilados y, en lugar de pensar en sosegar su mente sin hacer nada, alejados del estrés y las preocupaciones del trabajo, que ya han dejado atrás, algunos de ellos ocupan su dietario con tareas autoimpuestas: cuidar de los nietos, el gimnasio, el taller de teatro, el voluntariado en una asociación… Es una cuestión que quizá deberíamos hacérnosla mirar.

Creo que casi todos hemos visto a alguien o hemos experimentado aquello de estar de vacaciones y no parar de revisar el correo sin necesidad, llenar la agenda de actividades o buscar cualquier excusa para mantenerse ocupados. Lo de no saber estar quieto, sin hacer nada, que genera que tampoco desconectemos en vacaciones, está a la orden del día, por desgracia, y es algo propio de estos tiempos donde todo ha de estar sumamente planificado, cerrado de antemano, sin dejar hueco para una cierta improvisación.

Quizá deberíamos interiorizar aquello de que el tiempo es limitado y nunca podremos hacerlo todo. No somos máquinas ni lo pretendemos. Frente a esa promesa de productividad sin límites, deberíamos aceptar que no todo cabe en una vida y que intentar controlar todo no ayuda a vivir con más calma. Una paz y una tranquilidad que son muy codiciadas en vacaciones; otro tema es que se logren. Antes de llegar ahí está el planeamiento de nuestras vacaciones, todo un trabajo en sí mismo, agotador en muchos casos. De hecho, parece que si no tenemos un buen plan para el verano, no has hecho bien las cosas, no has sabido organizarte. El llamado fracaso vacacional es uno de los grandes tabúes de nuestra sociedad, algo que se acentúa con la edad y con determinadas circunstancias: si el sujeto no tiene pareja o no es muy profusa su lista de amistades verdaderas.

«Me siento abrumada por el mandato social de pasarlo bien durante el periodo vacacional», confiesa el personaje de Pita en la novela ‘Háblame bajito’, de la periodista Macarena Berlín. Y es una reflexión bastante común, pienso, en individuos que llegan a sus vacaciones sin, supuestamente, hacer los deberes para su tiempo de asueto. A lo mejor se te ha echado el tiempo encima y no has planificado tus vacaciones. O tu salario es tan ínfimo que no te permite darte ese capricho que anhelas. O no tienes con quien ir de viaje y no te apetece hacerlo solo. O quieres permanecer en el pueblo de tu familia varias semanas o en tu lugar de residencia habitual, dedicando el tiempo tan solo a dejar discurrir los días, sin más imposiciones ni obligaciones a la vista. ¡Qué maravilla esto último! ¡Qué lujo de vacaciones!, ¿no creen? Cuando se disiente de un imperativo, siempre se gana la partida. Puede resultar fabuloso contradecir a esa especie de guardián de la moral del verano, que te asegura que la forma adecuada de disfrutarlo es pasar un tiempo en una isla paradisíaca o en un crucero por el Mediterráneo; por tanto, en uno de esos destinos ‘instagrameables’ en los que estamos más pendientes del móvil que de descansar.

«El viajero ve lo que ve; el turista ve lo que ha venido a ver», decía el escritor y filósofo G. K. Chesterton. Por eso, viajar no es lo mismo que hacer turismo. Viajar no es pasar por los lugares sino que los lugares pasen por ti, así que el viajero, estimo, ve el trayecto como un fin en sí mismo, prioriza la inmersión cultural y el crecimiento personal sobre la comodidad; se deja llevar y sorprender. El turista, sin embargo, se desplaza por el mundo movido por la influencia digital, las recomendaciones de ‘influencers’ y por la facilidad de visitar destinos lejanos ‘low cost’ a golpe de clic; organiza su agenda, vive el viaje con cierta ansiedad por acumular experiencias y va tachando monumentos de su plan. Uno detrás de otro, casi como si se tratase de una competición. Ante estos designios, cabe preguntarse: ¿Viajamos para vivir experiencias o para que otros vean por internet que las vivimos? ¿Viajaríamos tanto si no pudiésemos publicar nuestras vacaciones en redes sociales, si nadie se enterase de dónde hemos estado, si no pudiésemos presumir de esa cena romántica con nuestra pareja a la luz de la luna o de ese baño en aguas cristalinas del mar Caribe?

Encontramos bastantes contradicciones en ese precepto social de, sí o sí, hay que pasarlo bien en verano y hay que hacer grandes planes durante las vacaciones, que puedan ser luego objeto de historias increíbles para contar a nuestros compañeros de trabajo, familiares y amigos. Al parecer, según nos dicen, todos queremos viajar y hacer turismo, recorrer países lejanos y descubrir paisajes recónditos, aunque ninguno quiere soportar y aguantar a los turistas que masifican y ensucian nuestras ciudades (Lisboa y Barcelona son dos ejemplos conocidos), que colapsan en temporada alta los servicios públicos (como los centros de salud y las líneas de autobús) y que suben los precios de la hostelería, la vivienda y el ocio.

No sé cómo lo ven ustedes, pero tal vez las vacaciones más deseadas para muchos, en lugar de tanta programación y gasto, pueden ser de lo más alternativas y simples. Ahí van algunas muestras: explorar el territorio próximo en bicicleta, una escapada de un día que nos permita cambiar de aires sin hacer muchos kilómetros, un pícnic en un parque con encanto, una ruta gastronómica por localidades cercanas o algo tan sencillo como ver una película en la pantalla grande de un cine de verano. Que cada cual aproveche el verano como más le plazca, sin presiones ni agobios.

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