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Opinión | La atalaya

Arqueólogo

Califas (XL)

No se trataba igual a musulmanes y a cristianos

Quizás la narración de lo ocurrido en Córdoba durante la estancia de Juan de Gorze y sus compañeros sea uno de los aspectos más significativos de todo cuanto se describe en el texto latino, pero su lectura ha de hacerse entre líneas –lo que, por otra parte, es propio del oficio de historiador-, por falta de recuerdos, por inadvertencia o, acaso, en algo, interesadamente. El alarde o escenificación de una batalla se desarrolló a lo largo del recorrido, quizás en distintas fases, escoltados por filas de guerreros. Debemos interpretar su presencia como guardia de honor.

La pregunta es: ¿de dónde a dónde? Desde el lugar de aposento del embajador, su séquito y el segundo enviado. Porque se infiere con bastante claridad un traslado de residencia de todos a una almunia o casa de campo a mediodía de la capital. Y ninguna otra fuente nos habla de la existencia de otras villas, salvo una, en la orilla sur del Guadalquivir. Todo correcto. Se hizo el cambio, quizás por motivos de amplitud o de seguridad, para aislarlos más de posibles indiscreciones después de tantos meses de estancia. Lo extraño es el silencio del cronista respecto al río, al puente, a la muralla ya la mezquita mayor. Resulta difícil concebir la omisión de esos elementos esenciales de la ciudad si el sajón tuvo posibilidad de verlos. Debiera hablar, como mínimo, sorprendido.

La otra pregunta apuntada se refiere al lugar de la recepción. ¿Medina Azahara? No lo creo. Seguramente ya habría zonas habitables en la nueva residencia palatina, pero, en mi opinión, no fue allí donde se celebró finalmente la audiencia oficial. La distancia entre aposentamiento y palacio se describe en pies romanos y equivale a tres kilómetros. Azahara está al doble. Sin embargo, la conocida como Al-Naura (= La Noria) lo está aproximadamente. Es dato de mucho interés. De todo cuanto sabemos de las recepciones califales del siglo X en Al-Ándalus se deduce que no se recibía en los mismos lugares a todas las personalidades. Ni siquiera cuando eran dignatarios extranjeros. Otra vez el refinamiento protocolario. No se trataba igual a musulmanes y a cristianos. También la arquitectura, el escenario, servía como lenguaje.Transmitía simpatía o temor.

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