Opinión | Disidencias
Conquistadores
Nadie en su sano juicio deja abierto ningún negocio perdiendo dinero o endeudándose o arruinándose. Es duro, lo sé. No debería formar parte de la ecuación, cierto, pero los datos acaban, siempre, por imponerse al relato
La capacidad de algunos para hacer de las noticias una noticia al cuadrado no solo es surrealismo informativo sino el vano intento de convertir en relevante lo irremediable silenciando el contexto de lo trascendente. Resulta que se cuela en el frontispicio de nuestras preocupaciones locales el cierre de los cines Conquistadores, en el centro comercial del mismo nombre que, todo hay que decirlo, lleva una mala racha. Y, ante tan dolorosa noticia, entre medios y pueblo o pueblo y medios, se genera una especie de revolución de mínima invasión consistente en informar, tal vez con más recorrido del debido, sobre los hechos. El hecho, diría más bien. Más un movimiento ciudadano conocido como recogida de firmas, que desata una convulsión social de bajo impacto que nunca sabremos si es espontánea, provocada o impostada.
Ambas reacciones, la de los medios y la gente, la sucesión de noticias y el mini revuelo civil, se retroalimentan mientras no caen en la cuenta de que se está construyendo un escenario, como poco, absurdo. Porque, Julián, el frutero de la calle Juan Carlos I, ha cerrado en las últimas semanas y, antes que él, lo han hecho otros comercios en la calle Menacho y adyacentes, en el Casco Antiguo, en San Roque, Pardaleras o San Fernando, por citar solo algunos ejemplos, entre librerías, zapaterías, panaderías, carnicerías y otros representantes de lo que conocemos como pequeño y mediano comercio y nadie ha informado nada al respecto (o se ha informado poco), a nadie le ha preocupado el cierre de esos establecimientos, nadie ha promovido recogida de firmas y, por supuesto, nadie ha lamentado, si es que se han enterado, sobre el cierre de esos locales.
Podría argüirse que cerrar un cine es limitar la cultura, vale, perfecto, pero no deja de ser un negocio, una empresa, una industria, o sea, algo que supone gastos e ingresos, puestos de trabajo, impuestos, nóminas, etc. En el fondo, gente que trabaja y gente que pierde su trabajo, gente con un plan de vida a la que, de un día para otro, se le altera. No romanticemos la cultura, porque de ella también depende el dinamismo económico y, por la misma regla, no denostemos el comercio, la empresa o la industria porque su desaparición estanca o elimina el desarrollo económico que permite a un barrio, a un pueblo o a una ciudad la promoción de actividades, entre ellas, las culturales. Esto es como el pez que se muerde la cola: si se genera movimiento económico, se abren las puertas para otras actividades y el hecho de que se lleven a cabo actividades de ocio y tiempo libre supone un movimiento que remueve la economía. No sé si me estoy explicando.
Es loable que los medios locales informen del cierre de unos cines, pero, siendo negocios como otros ubicados en la ciudad, resulta incomprensible que el cierre de esos otros negocios sea silenciado, en la mayoría de los casos, por desconocimiento y siempre, no se olvide, con la rémora de pérdida social y económica para la comunidad que ello supone. Es bonito que, ante el cierre de unos cines, surjan más de tres mil personas que firmen un manifiesto contra el cierre o lamentando ese cese de actividad, pero no deja de ser curioso que no ocurra lo mismo cuando cierra un frutero o una boutique. Más aún, da la sensación de que entre los abajo firmantes nadie haya caído en la cuenta de que si, en vez de o además de firmar, hubieran ido al cine, a ese cine, con más frecuencia, igual no tenía que haber cerrado. Para mayor abundamiento, incluso estoy dispuesto a afirmar que algunos, o muchos, de los firmantes o no habían pisado jamás esas salas de cine o no las pisaban hacía meses o años. Nunca lo sabremos, pero la especulación al respecto es libre.
El cese de una actividad es el cese de un trabajo, la eliminación de unos empleos y eso es duro y es normal que los afectados y sus familiares y amigos se movilicen en contra de dicho cierre, pero, posiblemente, no entiendan o no quieran entender o se nieguen a aceptar que un negocio cierra cuando empieza a perder dinero, cuando deja de ser rentable. Volvemos de nuevo a la rentabilidad. Nadie en su sano juicio deja abierto ningún negocio perdiendo dinero o endeudándose o arruinándose. Es duro, lo sé. No debería formar parte de la ecuación, cierto, pero los datos acaban, siempre, por imponerse al relato. Si los gastos son más que los ingresos, no hay nada que hacer. Lo saben los comercios y empresas que han cerrado en los últimos meses y años y los saben los autónomos asfixiados que han de cesar su actividad porque no les salen las cuentas.
Volviendo a los cines, y aparte de los de verano que fueron, como el circo, una actividad luminosa que se fue apagando poco a poco, a lo largo de mi vida he visto cómo la remodelación del Teatro López de Ayala acabó prácticamente con la exhibición cinematográfica (ya la eliminación del famoso 'gallinero' fue una señal definitiva) en su interior, el Avenida perdió su camino, el Menacho se pasó a la venta de ropa y, hoy, de perfumería y cosméticos, el Conquistadores se convirtió en un bingo y las salas del Puente Real y su entorno en general en un espacio joven, pero sin cine. Es decir, cerraron, nadie movió un dedo, no hubo firmas y alabamos la llegada del Conquistadores como, años después, descubrimos una nueva experiencia en los Yelmo.
El mundo ha cambiado hasta el punto de que toda experiencia de negocio debe aceptar que ya nada volverá a ser como antes, que romantizar la cultura como si nada tuviera que ver con la cuenta de resultados es un desafío excesivo, que la gente compra por internet como si no hubiera mañana, que la ley de la oferta y la demanda no es capitalismo atroz sino una realidad existencial como un templo y que, por ejemplo, ir al cine es una experiencia casi de riesgo en vías de extinción por mucho que vengan Nolan o Spielberg y en las salas pueda el personal comer o dormir.
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