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Opinión | A mesa puesta

Badajoz

El Bizarro, cocina con duende

La carta se entiende desde esa lógica: buscar buena materia prima, respetarla y llevarla a la mesa con claridad

Carlos Pinto está al frente de El Bizarro, en Badajoz.

Carlos Pinto está al frente de El Bizarro, en Badajoz. / Pepe García

Hay historias hosteleras que no empiezan el día que se levanta la persiana de un negocio. Vienen de antes, de una casa familiar, de una barra aprendida desde pequeño y de esa forma de entender el oficio que no se enseña en ninguna escuela. El Bizarro, en la barriada pacense de Ciudad Jardín, abrió su propio camino en diciembre de 2001 con Carlos Pinto al frente. Pero para entenderlo hay que mirar unos metros atrás, hacia la Venta Anabel, el negocio que regentaron sus padres y que dejó una huella profunda en la memoria gastronómica y sentimental de Badajoz.

Carlos empezó con 13 años en la venta de sus padres. Aquella Venta Anabel, situada a unos doscientos metros escasos del actual restaurante, fue mucho más que un negocio familiar. Fue un punto de encuentro que marcó una época dorada en la ciudad, no solo por su cocina, sino también por el ambiente flamenco que se respiraba en torno a sus mesas. Allí se mezclaban el comer, el beber, la charla y el cante con la naturalidad de ciertos establecimientos donde la vida entraba por la puerta sin pedir permiso. De aquella casa salió también Francis Pinto, hermano de Carlos y reconocido guitarrista flamenco, prueba de que en la familia Pinto la hostelería y el flamenco siempre caminaron cerca.

El Bizarro abrió en diciembre de 2001 y la Venta Anabel cerró en 2003. Durante un tiempo, ambos lugares convivieron a apenas doscientos metros, como si una etapa comenzara a tomar el relevo de la otra sin romper el hilo familiar. Entre ambos hay una vida entera de aprendizaje, memoria y oficio. Carlos no llegó a la hostelería por casualidad. La vivió desde niño, en una casa donde el trabajo diario, el trato al cliente y el respeto por el producto formaban parte de la rutina. En la calle Arrayanes 2, encontró el lugar para continuar esa manera de entender la mesa, ya con un proyecto propio.

Desde entonces, Carlos ha tratado con mimo una carta basada en una cocina de siempre, pero sostenida por productos de mucha calidad. En El Bizarro no hay artificio, sino una apuesta clara por el origen y por el producto bien trabajado. Los pescados llegan de Isla Cristina, el atún rojo de Barbate, los mariscos de Galicia, las carnes y embutidos ibéricos de Extremadura, los quesos también de la tierra y las carnes de vacas seleccionadas. La carta se entiende desde esa lógica: buscar buena materia prima, respetarla y llevarla a la mesa con claridad.

La brasa es uno de los grandes emblemas de la casa, pero en El Bizarro todo empieza antes de que el producto llegue al fuego. No se trata de acumular nombres, sino de saber de dónde viene cada cosa y cómo debe llegar a la mesa. El chuletón madurado resume bien esa apuesta por el producto y el punto. Llega tierno, sabroso, con presencia, servido con un plato de barro caliente que permite a cada comensal terminar la carne a su gusto. Junto a él, la presa ibérica de bellota ocupa un lugar principal por su jugosidad y por esa intensidad tan reconocible de las buenas carnes ibéricas extremeñas.

Pero El Bizarro no vive solo de la brasa. La carta de tapas rota habitualmente y permite encontrar propuestas distintas sin perder la identidad del local: boletus con huevo poché y foie fresco, ensaladilla de gambas y pulpo al ajillo, tartar de atún rojo con guacamole y huevo frito, carpaccio de gamba y carpaccio de ventresca. Platos que combinan producto, técnica y una forma de entender la mesa pensada para compartir y disfrutar sin prisa.

También la bodega acompaña esa filosofía. El Bizarro cuenta con unas 40 referencias de vino, con presencia de casi todas las denominaciones de origen de España. Una selección pensada para acompañar una carta donde conviven la brasa, el producto de mar, las tapas de temporada y las carnes ibéricas extremeñas.

Hay otro detalle importante en la forma de trabajar de Carlos: la atención a las intolerancias. Toda la carta de El Bizarro se elabora sin lactosa y toda, excepto las croquetas, es apta para celíacos. También los postres son caseros, sin gluten y sin lactosa. No es un añadido menor, sino una forma de ampliar la mesa y permitir que más clientes puedan comer con tranquilidad. En ese capítulo dulce destaca la tarta de queso al horno, cremosa y pensada para cerrar la comida con sabor propio.

La clientela también dice mucho del restaurante. Aunque está enclavado en Ciudad Jardín y cuenta con vecinos habituales, la mayoría de quienes se sientan a sus mesas llegan desde distintas partes de Badajoz. Hay mucha clientela de empresa, comidas de trabajo y mesas que buscan un lugar fiable, donde comer bien y ser atendidas con oficio. Ese dato habla del prestigio construido con los años: El Bizarro no es solo un restaurante de barrio, aunque tenga barrio; es una dirección a la que se va porque se sabe lo que ofrece.

Aguantar desde diciembre de 2001 con la puerta abierta no es casualidad. La hostelería ha cambiado mucho en estas más de dos décadas: horarios, gustos, costes, modas gastronómicas y formas de salir. Mantenerse requiere algo más que una buena carta. Hace falta constancia, adaptación, presencia diaria y una idea clara de lo que uno quiere ser.

Quizá por eso la historia de El Bizarro interesa más allá de sus platos. Porque habla de continuidad. De padres a hijos. De una venta mítica a un restaurante con nombre propio. De una época dorada del ambiente flamenco pacense a una casa donde hoy mandan el producto, la brasa y una cocina pensada para todos. El Bizarro no necesita disfrazarse de otra cosa. Es la casa de Carlos en Ciudad Jardín, un restaurante nacido junto a su propia historia familiar, con la brasa como bandera y con Venta Anabel como sombra buena. De esas sombras que no pesan, sino que acompañan.

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