Opinión | La escotilla
La caló
La adjudicación de género lingüístico a unos astros que de suyo son neutros se explica por razones culturales y situacionales
El uso del lenguaje revela y potencia las discriminaciones a las que cada sociedad somete a partes de su integrantes (mujeres, personas de orientación no heterosexual, minorías étnicas o de piel poco blanquecina, entre otras), pero en mi opinión no las causa. Un ejemplo que no he podido corroborar pero que es muy revelador: ni el turco ni el farsi tienen género gramatical, pero no puede decirse que la situación de la mujer sea mejor en Turquía ni en Persia que en, por ejemplo, España, cuyos idiomas romances tienen un acusado género gramatical.
No está mal hacer por erradicar expresiones denigratorias, pero no veo que tenga mucho efecto en la mejora de la situación de los discriminados. La ingeniería lingüística que duplica géneros o introduce nuevas preposiciones como elles, maquillan como mucho el problema, no lo resuelven. Es más, nuevamente en mi opinión, son una manera de hacer que hacemos sin volcarnos de verdad en eliminar las discriminaciones, lo que requeriría más trabajo y la alteración de estructuras de privilegio y doninio tan enraizadas que con frecuencia ni somos conscientes de ellas.
¿Y esto que tiene que ver con el título de este texto? Aparte del hecho del cambio de género del calor cuando es canicular, pasando del masculino al femenino, me sirve de presentación del tema que quiero tratar. En muchos idiomas romances del sur europeo como el castellano, el catalán, el portugués, el francés o el italiano, el sol es masculino, la luna femenina. Estos astros carecen de género y de sexo, son neutros. El género se lo han adjudicado, en algún momento de la historia, los hablantes de estos idiomas o su antecesor el latín. En esta época de la canícula peninsular, es fácil entenderlo: el sol resulta agresivo, peligroso, poderoso, rasgos no pocas veces asociados a lo masculino, al poder de ser hombre; la luna, por contra, ilumina el frescor de la noche que invita a vivir y disfrutar. Huelga más comentario. Siglos de historia, de experiencia climática digamos, han hecho que la figuración ideal de los hablantes de estos idiomas asociaran el astro del día a lo masculino, el nocturno al femenino.
Pero esta identificación no es universal. En alemán, por ejemplo, al astro nocturno se le adjudica el género masculino, imagino que la razón algo tendrá que ver con el hecho de que allí en el norte lo peligroso y poderoso sea el frío; mientras que al sol se le identifica en femenino. En muchas partes del norte de Europa su calor y su energía son tan infrecuentes que se viven con alegría e ilusión, lo mismo que hacemos aquí en Badajoz con la brisa nocturna o el fresquito del amanecer. Cuando en Hamburgo o en Amsterdam sale el sol, los parques y los balcones se llenan de personas sentadas o tumbadas mirándolo con cara de satisfacción. La idea de buscar la sombra ni se les ocurre, posiblemente porque la sombra con demasiada frecuencia les encuentra a ellos. El sol les resulta nutricio, revitalizante, no apabulla ni aplasta como aquí en el sur.
A lo que voy, la adjudicación de género lingüístico a unos astros que de suyo son neutros se explica por razones culturales y situacionales, por una traslación metafórica de las percepciones y prejuicios sobre los roles de cada género al efecto que el sol y la luna producen en la vida diaria.
Lo curioso del caso es que la positiva valoración del sol de los norteuropeos ha dado al traste (en parte) con siglos de experiencia cultural de los pueblos del sur, encapsulada en un dicho originado en la India colonizada que decía algo así como "Solo los perros locos y los ingleses salen al sol del mediodía". Cuando aprieta 'lorenzo' (permítaseme el coloquialismo) lo mejor es reducir la actividad física y guarecerse a la sombra, cuanto más sombría mejor. No es holgazanería, sino supervivencia.
En el norte, el sol aporta salud y por tanto una piel bronceada podría considerarse tanto un símbolo de bienestar físico como un indicador de clase en cuanto el bronceado denota que su portador tiene el dinero suficiente como para viajar a un lugar donde hubiera sol suficiente como para conseguir ese tostado tan deseado.
En el sur, por contra, y hasta hace no demasiado, un bronceado denotaba que su portador pertenecía a las clases sociales a las que no les quedaba más remedio que salir a la intemperie a trabajar y no podían permitirse el lujo de guarecerse y reducir su actividad.
El boom del turismo que comenzó a mediados del siglo pasado permitió que los ricos y poderosos vecinos del norte vinieran al sur a tostarse, y como siempre se ha imitado a los ricos y poderosos, los menos ricos lugareños olvidaron la experiencia cultural acumulada y se lanzaron cual guiris a tostarse, enmorenarse, y exponer sus cuerpos al riesgo de desarrollar cáncer de piel.
Es posible que todo esto cambie. Los países norteños están poco preparados para afrontar los pésimos efectos que el exceso de sol y de calor puede producir y tendrán que buscar soluciones. Así, las autoridades francesas van a enviar una delegación a Madrid a estudiar cómo afrontamos los españoles el tema, al constatar que a 40º aquí seguimos funcionando y ellos entran en crisis. Bien está, que aquí tendemos a pensar que somos nosotros los que tenemos todo que aprender y pocas veces nos damos cuenta de que España tiene mucho que enseñar.
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