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Opinión | En confianza

Comunicador audiovisual

Un poco de cordura en la Orquesta de Extremadura, por fagot

Este año parece que la situación era bien distinta y que el concierto podía haber transcurrido con normalidad hasta terminar el repertorio previsto. Pero la señora gerente decidió, motu propio, cancelar el evento ante la estupefacción de todos los presentes

El otro día asistí al concierto que ofreció la Orquesta de Extremadura en el embarcadero de la margen derecha durante la Feria de San Juan. La noche prometía. La calidad artística de nuestra orquesta volvía a demostrar por qué es una de las grandes instituciones culturales de esta tierra. El público disfrutaba, los músicos respondían con la profesionalidad de siempre y la directora invitada, Beatriz Fernández, conducía el concierto con brillantez. Hasta que, de repente, el espectáculo terminó antes de tiempo.

Aún quedaban varias piezas del repertorio cuando la actuación fue suspendida. Nadie entre el público entendía muy bien qué estaba ocurriendo. Tampoco parecía comprenderlo la propia orquesta. Y la noche terminó con un sabor agridulce.

Luego, por redes, he sabido que la responsable de aquella cancelación fue la señora Hae Won Oh, que es la encargada de la gerencia de la orquesta. La fagotista no dudó en aclarar en el propio Facebook de la Oex a las personas que mostraron su malestar por aquella súbita cancelación, que la decisión se hizo para no «dejar a todos los trabajadores de la Oex incluida la directora en una situación de incomodidad, desagradable y fuera de las condiciones que estaban pasando, con las efímeras pegándose en sus cuerpos, molestando a la hora de tocar e invadiendo poco a poco el escenario, llegando a tocar sin luces los músicos y no queríamos llevar hasta el extremo del año pasado».

Parece que el año pasado hubo problemas con los bichos que medran por los calores de San Juan en un concierto similar que ofreció nuestra Orquesta en el mismo sitio y a la misma hora. Estos son atraídos por las luces del evento, y por lo que ella misma dice, parece que el año pasado no se tomó la misma decisión y los músicos sufrieron de lo lindo, con un enjambre de insectos incomodando y acechando.

Este año parece que la situación era bien distinta y que el concierto podía haber transcurrido con normalidad hasta terminar el repertorio previsto. Pero la señora gerente decidió, motu propio, cancelar el evento ante la estupefacción de todos los presentes. Parece que no hubo protocolo para una posible cancelación como la que se produjo, también parece que ningún concertista estaba avisado de que la cosa podía acabar de aquella manera. Todo hace pensar, por cómo transcurrió, que fue una decisión personal de la señora gerente, a la luz de los hechos y a la luz de los bichos, que este año eran escasos, como digo.

La preocupación por la salud laboral de quienes integran la orquesta es, sin duda, una responsabilidad de la gerencia. Faltaría más. Precisamente por eso me llama la atención comprobar que, al menos públicamente, no resulta sencillo encontrar referencias a algunos instrumentos preventivos que deberían formar parte de cualquier organización moderna. Como por ejemplo, los planes de seguridad e igualdad obligatorios por ley ¿No existen? Si la seguridad de los trabajadores es una prioridad, quizá convendría hacer efectivos estos planes de prevención y participación.

A esta situación se suma el traslado provisional de la actividad de la orquesta mientras el Palacio de Congresos Manuel Rojas comparte espacio con el Centro de Salud de Los Pinos durante las obras de este último. Un escenario complejo que, sin duda, añade dificultades al trabajo cotidiano de una institución cultural que merece desarrollar su labor con la tranquilidad y los medios adecuados. Pero esa es otra historia y seguramente dará para otra columna.

Cuenta la tradición que las Musas, hijas de Zeus y Mnemósine, fueron desafiadas por las nueve hijas del rey Píero de Macedonia. Convencidas de que cantaban mejor que nadie, retaron a las diosas al certamen. Perdieron. Y, como castigo por su arrogancia, fueron transformadas en urracas. La lección era sencilla: el talento necesita humildad; la soberbia, en cambio, acaba haciendo mucho ruido, pero poca música.

Las efímeras duran apenas unas horas. Otras actitudes, en cambio, pueden permanecer demasiado tiempo si nadie las corrige.

Y ninguna de ellas debería encontrar acomodo en una institución que representa la excelencia cultural de Extremadura.

Así que, desde aquí, solo me permito pedir una cosa: un poco de cordura para la Orquesta de Extremadura. Por fagot.

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