Opinión | Cotidianidades
Qué calor
Me gustaría poder salir a la calle sin achicharrarme, y ver a hombres mayores vestidos con guayaberas, sombrero y zapatos de rejilla. Me gustaría tener un verano de río y chiringuito, como los de antes

El color del calor de este verano. / Diego Algaba Mansilla
Cómo me gustaría no tener que escribir otro día más sobre el calor. Cómo me gustaría empezar este texto como muchos de los que escribo sin que me condicione este ardor paralizante. El calor se mete por todos los rincones de la casa y del cuerpo. Día tras día y sin interrupción amanece con temperaturas que van subiendo, a la vez que profundizan en el ánimo como una gota malaya horadando la concentración, las ganas de trabajar, de hacer cosas. El calor se apodera de la gente, de las ciudades, de todos sus rincones, su molesta presencia está por todas partes, ataca plantas de exteriores, pájaros pequeños, se atreve con aires acondicionados, con ventiladores de poca potencia, su presencia invisible se ha ido acoplando a las ciudades año tras año como esas cucarachas rojas que se han adaptado a nuestras casas y edificios en un acto de supervivencia, creando resistencia a los insecticidas, modificado su formas y habilidades hasta ser capaces de achicar su altura para meterse debajo de las puertas y en los rincones más inverosímiles, no hay forma de acabar con ellas, ni con sus escondrijos.
Las cucarachas han hecho un gran esfuerzo para adaptarse a las casas de los humanos, sin embargo los humanos no nos adaptamos a su presencia, algún día nos ganarán y serán las dueñas de las cocheras, de los trasteros y de nuestros cuartos de baños como ya lo son de las alcantarillas. Nosotros no nos adaptamos a las cucarachas ni a este calor que cada año es más fuerte, aunque ya verán ustedes cómo sale alguien diciendo “el verano es el verano y siempre ha hecho calor por estas fechas”. No es cierto, las estadísticas lo desmienten, cada año se bate el récord de temperaturas con respecto al año anterior.
Igual que hoy no me gustaría volver a mencionar el calor tampoco quiero nombrar a Trump que, aunque parecía más callado en las últimas semanas, ha vuelto a meter la pata y cada metedura de pata de este hombre son personas muertas, o recortes económicos importantes, todo lo que toca lo cubre con un barniz de trampa y desasosiego. En esta ocasión ha hablado con el presidente del Fútbol, Infantino, para que anule la sanción a un jugador de Estados Unidos por tarjeta roja. Que el presidente del Fútbol le conceda su nuevo capricho, le quita credibilidad a todo lo que pase en el mundial, como la polémica entre Argentina y Egipto, si esta quita de tarjeta no se hubiera producido, el partido Argentina Egipto no hubiera dado tanta juego para hablar de trampas y amaño. Todo empezó en Trump, como casi siempre, por cierto el entrenador de Egipto, Hossdm Hassan, no sé si está bien escrito, no tengo tiempo de buscarlo en internet, mostró una bandera de Palestina, Hassan dijo que se producen reacciones ante el maltrato animal y, sin embargo, no hacemos nada ante los asesinatos que se están cometiendo en Palestina a diario, dijo que cerramos los ojos y no nos ponemos en los zapatos de los niños que sufren. Espera que a través de la repercusión que tiene un mundial llegue su mensaje para que dejen vivir a los palestinos.
No quiero escribir del calor, quiero escribir de las cosas de siempre, quiero estar relajado y no sudando como si estuviera corriendo una maratón. Quiero escribir, por ejemplo, que salí de casa por la mañana temprano y me encontré a mi vecino que venía de comprar churros para la familia. ¿Quieres uno? contesté que no, porque los churros y más conociendo al vecino, siempre los lleva contados, si cojo uno, alguien se queda sin él. Hay cosas que se preguntan o se ofrecen por cortesía a las que se responden también con cortesía, reglas no escritas entre vecinos de muchos años. Reglas no escritas de convivencia donde el respeto sigue siendo esa actitud que facilita la convivencia, aunque el respeto haya ido perdiendo galones con los años entre las nuevas generaciones.
El sábado pasado estaba en una cafetería, Santa Gloria. Santa Gloria está próxima al Corte Inglés, estábamos sentados en una mesa que daba a una cristalera amplia, desde donde se veía la estatua de Miguel Celdrán. Estábamos en la mesa más próxima a la cristalera. De pronto un joven de unos 15 o 16 años, que pasaba con otros dos o tres, se quedó mirando, se paró y se pegó al cristal por la parte de fuera, con los labios pegados, que parecía el futbolista Haaland, estuvo unos minutos pegado a la cristalera como un sello, babeaba el cristal mientras miraba nuestra consumición. No hice nada, no reaccioné, solo lo miré fíjamente, era la primera vez que me pasaba algo parecido, cuando se quitó del cristal me miró con gestos desafiantes, como retándome a que saliera a la calle. Tendría unos 15 años.
Esa falta de respecto a personas adultas no sé cuando ha empezado a producirse. Sé que ni yo, ni mis amigos más gamberros de los 15 años hubieran hecho algo parecido. Nosotros hablábamos a los mayores de usted y los tratábamos con respeto, tanto a los conocidos como a los desconocidos. Otro día vi cómo un grupo de cuatro o cinco muchachos, también adolescentes, iban por la acera en bicicletas, un señor mayor al que increparon tuvo que apartarse para cederles el paso mientras le insultaban. El episodio del cristal terminó cuando la camarera, una chica joven, salió con un trapo y un producto para limpiar el cristal babeado, no le pregunté si eso era una escena habitual, o aquello fue un caso aislado.
Cómo me gustaría empezar este artículo ignorando el calor y escribir por ejemplo: Salgo de casa y entró en la tienda de Antonio que me enseña los productos nuevos que ha adquirido siempre bajo su lema de comprar barato para vender caro. Dice que no solo tiene que sacar para vivir, las vacaciones ni siquiera las menciona, también para pagar la luz, el agua y el basurazo que ya está por aquí amargando los bolsillos de algunos empresarios. Antonio me enseña banderas y camisetas de España, qué disgusto provocaremos en Trump si España gana el mundial en Estados Unidos. Si la cosa va bien no sabemos si usará su teléfono.
Me gustaría poder salir a la calle sin achicharrarme, y ver a hombres mayores vestidos con guayaberas, sombrero y zapatos de rejilla. Me gustaría tener un verano de río y chiringuito, como los de antes, un verano de calle y no de encierro, viviendo alrededor de un aire acondicionado en lugar de hacerlo alrededor de una mesa con amigos, bebidas y raciones.
Qué ganas tengo de no escribir del calor y de no escribir con este calor que me paraliza unos dedos que se mueven y escriben con lo que le dicta la calle, ahora vacía, como si estuviéramos en pandemia.
La pandemia del calor llegó otra vez a Extremadura.
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