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Opinión | La atalaya

Arqueólogo

Califas XLI

A Córdoba le daba igual la pugna entre emperadores cristianos

No cabe la menor duda del interés que la cancillería califal estaba poniendo en el asunto que nos ocupa. Sin embargo, en apariencia, aunque sólo fuera un espejismo, no era conocedora del fin último de la embajada. Toda la parafernalia que he descrito en columnas anteriores daba paso a la audiencia concedida a Juan de Gorze. Ahora bien, y esto es la muestra del cuidado con que se preparaba todo, cuando la delegación del Rey de los Romanos llegó al palacio donde se la recibió, hubo un cambio del que, probablemente, ni ellos mismos fueron conscientes, porque carecían de experiencia comparativa. La entrevista no fue pública, sino privada. No se recibió a Juan en un gran salón repleto de funcionarios y de personajes de la corte. Conocemos algunas de estas audiencias públicas, celebradas en Medina Azahara. En este caso no fue así. Se desplegó la misma pompa entre Córdoba y el lugar de la entrevista, en el exterior. En cuanto se traspasaron las puertas del palacio todo pasó a ser reservado.

Para explicar todo este cambio aparente de actitud hemos de volver a algunos detalles a los que ya me he referido. El motivo tenía nombre: Constantinopla. El califa de Al-Ándalus era perfecto conocedor del litigio entre el emperador de Oriente y Otón I, a punto de adoptar el mismo título, en Occidente. Y aquí no se tenía el mínimo interés en dar lugar a suspicacias entre sus amigos -podemos llamarlos aliados- de la orilla del mar de Mármara. Se deduce de nuestra crónica y de otras narraciones aproximadas, que a los embajadores del Basileos (César) ya se los había recibido alguna vez desarrollando el protocolo en todos sus aspectos. Hacer lo mismo con el legado de su oponente suponía rozar los límites de la relación. Y dejar a Juan advertir esas variaciones no era un buen modo de atender debidamente a la solución del conflicto planteado.

La medida adoptada, estamos hablando de un momento del siglo X, permitía demostrar ante todos el aprecio debido al monarca sajón, sin ofender al romano. A Córdoba le daba igual la pugna entre emperadores cristianos. Su interés estaba por encima de todo. Nadie podía sentirse preterido. Había ojos curiosos por doquier, capaces de transmitir la información rápido y lejos.

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