Opinión | Tusitala, el narrador de historias
Rostros del pasado
Mi abuelo tuvo la genial idea de abrir al público, a cambio de unas pocas pesetas, una piscina de buen tamaño que usaba originalmente para el riego de su huerta

Carmen Zambrano y Francisco de la Cruz. / Archivo José Gordillo
Hace dos semanas esperaba dedicar esta página de cierre de La Crónica de Badajoz a una nueva entrega de las recomendaciones literarias de Tusitala, pero tanto el cuerpo como la cabeza me piden mirar a lo cotidiano, a las historias que tenemos más cerca pero que no suelen obtener la debida atención. El pasado 2 de julio falleció mi abuela, Carmen Zambrano Salamanca, a los 97 años, y con ella amenazan con desaparecer también los recuerdos de casi un siglo de vida, sumados a los 82 años que contaba mi abuelo, Francisco de la Cruz Sánchez, cuando nos dejó el 8 de julio de 2009. Los dos eran naturales de Fuente del Maestre, y me gustaría que de alguna manera estas líneas sirvan de homenaje a sus familiares, a sus vecinos, y en general a todos los extremeños y extremeñas de su generación. Porque es evidente que no escuchamos ni atendemos a nuestros mayores como se merecen y porque, como quien toma impulso antes de saltar, mirar hacia atrás es la mejor manera de proyectarse hacia el futuro.
Para el propósito que acabo de mencionar resulta de enorme valor el legado del fotógrafo José Gordillo, ya que gracias a la Fundación que lleva su nombre y a la exposición permanente 'Rostros del pasado' que alberga la biblioteca municipal de Fuente del Maestre disponemos de fotos como el retrato que ilustra esta página, que a la vez dice tanto y tan poco de sus protagonistas. Cuando la imagen no es suficiente, se requieren las palabras: Carmen y Francisco se casaron en 1951, tuvieron una sola hija, la maestra María de la Cruz Zambrano, y un solo nieto, quien esto escribe. A Francisco, agricultor y ganadero, se le conoce todavía en el pueblo como Quico Piscina, debido a que allá por los años cincuenta, cuando las piscinas públicas eran un sintagma imposible de concebir (casi como ocurre hoy en la ciudad de Badajoz, dicho sea de paso) y las privadas un capricho de ricos. Tuvo la genial idea de abrir al público, a cambio de unas pocas pesetas, una piscina de buen tamaño que usaba originalmente para el riego de su huerta. Por allí desfilaban con entusiasmo los fontaneses, pero no las fontanesas, y la piscina llegó a disponer de vestuario, ducha y bañadores de alquiler que Carmen dispensaba al tiempo que cobraba la entrada. Porque en los cincuenta, no se escandalicen tanto, el español medio, es decir, pobre y de pueblo, carecía de bañador propio.
La familia de Quico venía de soñar menos pobreza para el español medio. Su padre, Juan Antonio de la Cruz Romero, apodado Donaire, fue concejal socialista durante la Segunda República. Su tío Diego llegó a ser alcalde de Fuente del Maestre, y la victoria de los golpistas lo obligó a exiliarse, primero a Argelia y después a Francia. Al otro tío de mi abuelo, que como él se llamaba Francisco, lo mató la Guardia Civil en 1934, durante la manifestación del Primero de Mayo, junto a tres obreros más que también cayeron bajo los disparos de la denominada Benemérita. Me detengo en esta historia porque mi abuelo no me la contaba así, no contaba la muerte de su tío como el resultado de la represión violenta del Estado contra los trabajadores. Mi abuelo contaba que Francisco tuvo un mal día, que se emborrachó más de la cuenta y acabó burlándose de un agente, al cual se le escapó un tiro, mala suerte. Daban sus frutos incluso en democracia los casi 40 años de miedo inculcados por la dictadura, y obligaban a ocultar la historia familiar para sobrevivir. La verdad de los hechos, con nombres y apellidos, se puede consultar en el archivo del diario Hoy, cosa que hice tiempo después, ya saben, para pasar página primero hay que leerla.
Mi abuelo Quico contaba también, y para esto no había versión alternativa, que a su padre se lo llevaron dos veces los falangistas con intención de ejecutarlo a la mañana siguiente, pero las dos veces lo soltaron, después de extorsionarlo. Quico se sabía hijo y sobrino de rojos, y si militaba en algo era en el ateísmo: "cuando un ser quiere vivir su propia vida no es bueno, no señor, ese ser no es normal, y sobre todo si se manifiesta ateo, o por lo menos no religioso, la palabra más cínica más cruel que existe", dejó escrito en 1981 en el reverso de un albarán.
Carmen venía igualmente de una familia de labradores, y además de ejercer de madre y abuela y ama de casa, atendía el negocio de su marido con regularidad. Fue una mujer de mirada limpia y progresista, que en su vejez no se escandalizaba en absoluto ante los cambios y avances sociales que presenciaba: por poner un par de ejemplos, a primera vista de poca importancia, mi abuela nunca me dijo "a ver cuándo te casas" ni nada parecido, a diferencia de lo que suelen hacer las abuelas de su época; y en lugar de llamar "amigas" o "novias" a las parejas que fui teniendo las llamaba "compañeras", con toda naturalidad, empleando una palabra de connotaciones revolucionarias. Antes de enviudar no recuerdo que mi abuela expresara sus opiniones políticas, pero en sus últimos años estaba al corriente de lo que pasa en el mundo y acostumbraba a comentar "cómo está la política", para dar pie a una breve conversación que a algunos de sus interlocutores pillaba muy desprevenidos viniendo de una nonagenaria, y con frecuencia se preocupaba por los vaivenes del gobierno de Pedro y del coleta, como los llamaba. Hace ahora diez años mi abuela me preguntó por qué la izquierda no era capaz de entenderse para ir unida a las elecciones… supongo que pasarán diez o ciento diez años más y nos seguiremos haciendo la misma pregunta.
A mi abuela Carmen la fue a despedir al cementerio el único de sus hermanos que sigue con nosotros, Heroteide, emigrante en Madrid donde ejerció como taxista, entre otros oficios. Tiene 92 años y hasta hace muy poco seguía conduciendo cada verano en el viaje de vuelta al pueblo, para asombro de sus paisanos. Heroteide formó parte de la coral de su parroquia, llegó a cantar en lugares tan emblemáticos como Viena y, al igual que hacía su hermano Alfonso, no deja escapar una boda o un cumpleaños sin estremecer cantando al respetable. En el funeral de su hermana Carmen cantó: "cuando la pena nos alcance por un hermano perdido, aunque morimos no somos carne de un ciego destino, nuestro destino es vivir siendo felices contigo". No hace falta ser creyente para apreciar la emoción compartida, la importancia de sentirnos acompañados. Gracias a nuestros mayores por enseñarnos a estar en el mundo.
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