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Opinión | Disidencias

Periodista

Dos

Cuando muere alguien que ha dedicado su vida a tejer la trama cultural de una ciudad, el duelo se hace colectivo

Dos luces, otras dos estrellas, han vuelto, en pocos días, a dejar a Badajoz en penumbra. Hay un dicho africano, atribuido al escritor y sabio maliense Amadou Hampâté Bâ, que sostiene que cuando muere un anciano es como si ardiera una biblioteca entera. La frase conserva intacta su verdad cada vez que una ciudad pierde a alguien que llevaba dentro, sin saberlo del todo, un archivo irrepetible de saberes, gestos y memoria compartida. Eso es lo que le ha ocurrido a Badajoz en apenas unos días: han ardido dos bibliotecas. Una hecha de papel y otra hecha de música. La de José María Casado, el librero que enseñó a la ciudad a hojear sin prisa, y la de Gene García, la voz que le enseñó a sentir el blues como si hubiera nacido a orillas del Guadiana.

Cuando muere un vecino cualquiera, el duelo es privado: lo sostienen la familia, los amigos, quienes lo trataron de cerca. Pero cuando muere alguien que ha dedicado su vida a tejer la trama cultural de una ciudad, el duelo se hace colectivo. Se pierde, desde luego, a la persona. Pero se pierde también una manera de mirar el mundo que esa persona había convertido, sin proponérselo del todo, en parte del paisaje común: la costumbre de entrar en una librería sin comprar nada, la certeza de que en tal bar sonaría blues en directo un jueves o un sábado cualquiera. Esas costumbres no estaban escritas en ningún reglamento municipal, pero sostenían tanto el tejido de una ciudad como sus plazas o sus calles.

Borges imaginó una biblioteca infinita como metáfora del universo entero; para quienes crecimos entre los anaqueles de Universitas, la metáfora no hacía falta imaginarla: bastaba con cruzar la puerta de la avenida de Colón o Ramón y Cajal. Cuando esas bibliotecas humanas se apagan, no desaparece solo un nombre en una esquela: desaparece un nodo entero de la red invisible que conecta a los vecinos de una ciudad entre sí y con su propia historia. Y, sin embargo -aquí está lo importante- no desaparece del todo. Machado escribió que se hace camino al andar; lo que no dijo, pero se intuye en sus versos, es que el camino queda trazado para quien venga detrás, aunque el caminante ya no esté para señalarlo. Eso es exactamente lo que dejan Chema y Gene, Gene y Chema: un camino hecho, transitable, por el que otros seguirán caminando sin necesidad de que ellos sigan ahí para indicarlo.

José María Casado llegó a Badajoz en 1972, salmantino de nacimiento, con un contrato temporal de la editorial Anaya y sin sospechar que aquella ciudad acabaría quedándose con él para siempre. Solo un año después, junto a su esposa Esther, abrió en la avenida de Colón una librería que llevaría un nombre con vocación de símbolo: Universitas, bautizada así porque nació casi a la vez que la Universidad de Extremadura. Lo que Casado trajo a Badajoz no fue solo un negocio, sino una idea nueva de lo que podía ser una librería. Por primera vez, la gente podía recorrer los estantes sin prisa, abrir un libro, dejarlo, coger otro, marcharse sin comprar nada y volver al día siguiente sin sentirse un intruso. Ese gesto, hoy tan natural, era entonces una pequeña revolución silenciosa: la de confiar en que un lector necesita tiempo antes de necesitar una caja registradora.

Pero Casado no se conformó con vender libros: los hizo. Fundó su propia editorial, costeada de su bolsillo en una época en la que no existían las subvenciones a la cultura, y desde allí impulsó autores, como Jaime Álvarez Buiza, y títulos, como la historia de la literatura extremeña de Manuel Pecellín, que de otro modo quizá nunca habrían encontrado su camino hasta el lector extremeño. Durante más de cuatro décadas, Universitas fue, más que una tienda, un hervidero cultural: el lugar donde Badajoz se citaba consigo misma para hablar de libros, donde generaciones enteras de lectores aprendieron, gracias a él, que una librería podía ser el corazón cultural de una ciudad.

Y sin recuperarnos, a Badajoz se le encogió el pecho. Se nos iba Gene García. Si Casado abrió las puertas de los libros, Gene abrió las puertas de una música que en Extremadura sonaba poco: el blues, el soul, el gospel, el funk, el rock más negro. Desde finales de los años ochenta, como voz de Inlavables, se convirtió en una de las grandes referencias del género en la región. Con esa banda, y con su propia trayectoria en solitario, llevó el nombre de Badajoz a escenarios donde pocos artistas extremeños habían llegado. Pero reducir a Gene García a la música sería quedarse a mitad de camino. Fue también pintor, actor y un rostro habitual de la vida cultural pacense, además de comunicador con su programa en Canal Extremadura, un espacio desde el que siguió haciendo lo que mejor sabía hacer, que era compartir su pasión por la música y dar voz a otros artistas.

Los que compartimos su amistad, los que lo disfrutamos sobre el escenario sabemos de la trascendencia de su pérdida. Hay pérdidas que se notan enseguida, y hay pérdidas que se notan después, cuando uno busca algo y descubre que ya no está donde siempre estuvo. Así será, probablemente, con Casado y con García. Un día cualquiera, alguien entrará en una librería de Badajoz y hojeará un libro sin comprarlo, sin saber que ese gesto tan simple tiene nombre y apellido. Otro día, sonará una guitarra de blues en algún bar de la ciudad, y alguien tarareará sin darse cuenta una melodía que aprendió a querer gracias a una voz que ya no está.

Las ciudades, viene a sugerir Italo Calvino en sus fábulas urbanas, no están hechas solo de piedra y de calles, sino de las relaciones entre sus habitantes y de lo que estos depositan en ellas. Badajoz pierde, en cuestión de días, a dos hombres que no se parecían en casi nada -uno de libros, otro de escenarios; uno discreto hasta la timidez, otro desbordante de carisma- y que, sin embargo, compartían lo esencial: el convencimiento de que la cultura no es un adorno de la vida de una ciudad, sino su manera de respirar. Badajoz llora hoy a dos de sus prohombres de la cultura. Pero las ciudades, como las bibliotecas y como las canciones, no se vacían cuando alguien se va: se llenan de lo que esa persona dejó encendido. Y lo que Casado y García dejaron encendido -el gusto por hojear, el gusto por escuchar- seguirá ardiendo, silenciosamente, en cada nueva generación que se anime a entrar en una librería o a subir el volumen de una guitarra de blues.

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