Opinión | Fragmentos de Badajoz
¿Qué simbolizan las mazas del ayuntamiento?
El diseño sigue una estética muy sencilla, abandonando la excesiva ornamentación barroca o rococó para adoptar líneas más limpias y simétricas, propias del neoclasicismo

Detalles de las mazas con la marca del platero Rivero. / P. C.
Las mazas del Ayuntamiento de Badajoz no son solo objetos decorativos, son el símbolo físico de la autoridad, la historia y la hidalguía de la ciudad. Pocas veces las hemos visto en estos tiempos por las calles de nuestra ciudad, pero antiguamente era muy habitual. Históricamente, la maza era un arma de guerra con pinchos diseñada para romper armaduras. Sin embargo, con el paso de los siglos, su función evolucionó de lo bélico a lo simbólico. Representan el poder que el pueblo, o antiguamente la Corona, otorgaba a los regidores (concejales) y al alcalde para gobernar y administrar justicia. Su presencia en actos públicos recordaba que Badajoz era una ciudad con fueros, es decir, tenía leyes y privilegios locales creados en la España medieval.
Debió de haber otras mazas más antiguas. Las actuales están labradas en plata y pesan 4,54 kilos cada una. Fueron realizadas entre 1818 y 1819 por el taller del platero pacense José Blas Rivero (1747-1817), también tesorero de la Real Casa de la Piedad y subteniente de las Milicias Urbanas, que estuvo casado con Ana Antonia Zarallo Trejo. Que el ayuntamiento le confiara este trabajo indica que su taller gozaba de gran prestigio. No era un trabajo menor, las mazas debían representar la dignidad y el poder de la institución.
Las actas municipales del 23 de enero de 1819 citan lo siguiente: «Construcción de mazas de plata. En esta ciudad se han presentado las dos mazas de plata que han sido construidas por el artífice don José Rivero, en consecuencia de la comisión conferida a los señores don Rafael de Alvarado, regidor perpetuo, y don Pedro Pérez Pedrero, con peso de 157 onzas y 14 adarmes y mereciendo la aprobación de este ayuntamiento, acordó dar a los mismos caballeros comisarios las más expresivas gracias por su celo en el desempeño de su cometido, haciéndose así constar en esta acta». Por la fecha no pudieron ser obra de José Blas Rivero, pues ya había fallecido. Serían realizadas por su hijo: José María Rivero Zarallo (1788-1829), que heredaría el taller y la marca. No llegó a igualar la calidad de los trabajos de su padre y también trabajó para la catedral, hasta 1826.
El diseño sigue una estética muy sencilla, abandonando la excesiva ornamentación barroca o rococó para adoptar líneas más limpias y simétricas, propias del neoclasicismo. En el mango figura el punzón de los plateros pacenses (el león y la columna) y la marca del autor: RIVE[R]O. La cabeza de las mazas es de forma de pera achatada, en ellas aparece el emblema de Badajoz: el león rampante coronado y la columna con la leyenda Plus Ultra, reafirmando la lealtad de la ciudad a la monarquía. A su alrededor figura una corona de laurel (símbolo de la victoria) y dos grandes palmas, que representan la justicia y la fortaleza, lo cual refuerza el mensaje de autoridad municipal. En el lado opuesto figuran unas misteriosas iniciales. Rodeando la cabeza figuran varios rostros de leones en medallones.
José Blas Rivero tenía su casa y taller a finales del siglo XVIII en la esquina de la plaza de España con Meléndez Valdés, como ya vimos en el artículo anterior. Tuvo graves problemas económicos, a pesar de que fue un artista que trabajó para el convento de Santa Ana, las cofradías, numerosos templos de la provincia y para el cabildo catedralicio entre los siglos XVIII y XIX.
Los maceros
No se puede hablar de las mazas sin mencionar a los maceros, que son las personas que las portan. Aparecían en las grandes solemnidades, como la procesión de san José, antiguo patrón de la ciudad, el Corpus Christi o visitas de personajes importantes como los reyes. Solían acompañar la procesión oficial del Santo Entierro del Viernes Santo, como hicieron en 1896. Los maceros suelen portar las mazas sobre el hombro, aunque en Badajoz se solía llevar bajo el brazo, al menos hasta 1992. Suelen ser funcionarios municipales, que están presentes en las tomas de posesión de los alcaldes y sus corporaciones. La última vez que los hemos podido ver en la calle fue en el izado de la bandera de la ciudad el 19 de marzo de 2025.
Su vestimenta es una herencia directa de los uniformes de gala militares y cortesanos. Está formada por una sencilla dalmática granate con galón dorado en los bordes y en las mangas. Debajo lleva una camisa de terciopelo negra con cuello y puños blancos, pantalones de terciopelo negro, medias y zapatos negros con hebillas plateadas y guantes blancos. Al parecer, datan de los años 30 o 40 del siglo pasado. Sobre la cabeza llevan un gorro de terciopelo a juego con la dalmática, decorado con galones dorados y plumas blancas de avestruz con el escudo en el frontal. El galón dorado del tocado, llamado galón almenado, está diseñado para evocar la forma de una corona. Representa que el macero es el guardián de una ciudad amurallada y con fueros propios. Sobre el pecho llevan bordado el escudo de la ciudad, nunca aprobado oficialmente, como afirma el especialista en heráldica Miguel Calvo Verdú, erróneo por llevar dos leones y dos columnas, además de no figurar la corona real.
El Archivo Municipal conserva un boceto de 1846 de un uniforme de macero que nunca se llegaría a realizar, el que vemos en la foto inferior, que he mejorado por su desproporción. Era un diseño al estilo renacentista, que llevaba la capa o toga de terciopelo carmesí, el sombrerete del mismo color, con galón de oro fino, con plumas blancas.

Foto 2. Diseño de macero de Badajoz de 1846. / P. C.
Este trabajo lo haría el sastre Juan Antonio Ardila por 3.746 reales para los dos maceros y dos alguaciles. Los uniformes serían «arreglados a los que usan los del excelentísimo Ayuntamiento de Madrid, para que los dependientes de la corporación se presenten con la decencia y lucimiento que se merece una capital de provincia». Debajo de la toga llevaría un ‘petisul’ azul con galones de oro. Petisul proviene del francés ‘petis’, que significa peto, una especie de chaleco o chaqueta cerrada. También llevarían unos ‘gregüescos’, que son unas calzas cortas y abombadas con franjas verticales. Fueron muy populares en la moda española de los siglos XVI y XVII. Se vestía sobre las calzas, que son las medias blancas. Lo vemos en la escultura de Luis de Morales de la plaza de España. Era un símbolo de estatus y nobleza, razón por la cual se mantuvo en los uniformes de gala.
El 4 julio de 1892 el ayuntamiento creó una comisión para estudiar el traje que se le iba a hacer a los maceros, «con forma distinta y más elegante de la que hoy tienen». Se citan las fiestas proyectadas del centenario del descubrimiento de América y el gobernador informaba de que se estaban haciendo gestiones para que resultaran con la mayor brillantez. Los pueblos también se estaban preparando para asistir a este festival. Se acordaba crear una comisión para que lo estudiasen y propusiesen en el modelo del nuevo uniforme. No se realizaron por problemas económicos, pues el consistorio estaba pendiente de un reintegro de ‘siete mil y pico de reales’ que se habían prestado en socorro a los presos de la Sierra de Gata.
El 14 de abril de 1909 se aprobaron los pliegos de condiciones para adquirirlos por concurso. Se harían de igual forma a los existentes, por un precio que no que excediese de 55 pesetas cada uno. Este uniforme de los maceros, funciones que desempeñaban los porteros del municipio, estaría compuesto de «chaqueta negra de paño fino, o tela análoga, con vuelillos de encaje blanco, pantalón corto de igual tela y medias negras de seda, por precio cada uno de cuarenta pesetas».
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