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Opinión | La escotilla

Arqueólogo

Una vetusta ironía

El arte público nunca es inocente, ni tiene por qué serlo, toda vez que así ha sido desde hace milenios y no hay visos de que en algún momento pueda ser de otra manera

Me topé con una deliciosa ironía cuando andaba documentándome para poder hablar con conocimiento del arte público en Badajoz. Puede parecer que en los últimos textos me haya dejado desviar por los cerros de Úbeda, no pierdo de vista la ciudad que compartimos y aunque no aparezca de forma explícita mi intención es que cuanto diga tenga alguna relevancia o relación con ella; a fin de cuentas, recordemos, todo lo general y universal ocurre también aquí, estamos mucho menos aislados de lo que a veces queremos hacer creer (salvo en lo del tren).

Como dije, estaba documentándome sobre arte público. Primero, una definición. Es ese conjunto de estatuas, murales, arquitecturas y similares, con el que las instituciones políticas y administrativas, a veces empresariales, dicen decorar el espacio que todos compartimos cuando lo que realmente están haciendo es conformar ese espacio proclamando su poder, sus valores y su legitimidad para seguir mandando. En suma, el arte público nunca es inocente, ni tiene por qué serlo, toda vez que así ha sido desde hace milenios y no hay visos de que en algún momento pueda ser de otra manera. Por ello, es imprescindible conocerlo, analizar sus claves explícitas u ocultas, comprenderlo en suma y así poder ejercer nuestro individual derecho a opinar al respecto, realmente es una obligación. Ya dediqué un texto hace tiempo a la arquitectura franquista de la ciudad y me gustaría eventualmente hacerlo sobre otros elementos visuales de nuestro entorno común.

Como el poder es siempre uno de los hilos conductores de este arte público, si no su fin único o principal, por ese camino iban mis indagaciones. Me centré en el arte público de los regímenes totalitarios europeos del segundo tercio del siglo pasado, concretamente el de la Alemania nazi y el de la Unión Soviética. Regímenes ambos que no tuvieron ningún pudor en exhibir sin sutileza alguna su predilección por el poder y su predilección por ejercerlo sin cortapisas ni otras tonterías humanísticas, tradicionales o (pequeño-)burguesas. Eso me llevó a la Feria Internacional de París de 1937, la fecha es importante. En dicha feria los pabellones de la Unión Soviética comunista y de la Alemania nazi tuvieron un protagonismo desmedido, pues estaban (aposta) uno en frente del otro en una ubicación privilegiada del Trocadero parisino, y además eran los de mayor tamaño y altura de todos los presentes.

El alemán fue diseñado por Albert Speer, el arquitecto favorito de Hitler; constaba de una enorme torre de aire neoclásico coronado por un águila con la swástika y una larga nave sin ventanas detrás; a la entrada, estatuas de jóvenes musculosos, desnudos, perfectos ejemplares de lo que se pretendía raza aria. El crítico de arte alemán exiliado Paul Westheim dijo, no sé si premonitoriamente o con conocimiento de causa, que parecía un crematorio. El soviético fue diseñado por Boris Iofán, el arquitecto favorito de Stalin; constaba de varios módulos escalonados, también con cierta inspiración neoclásica. Estaba coronado por una gigantesca estatua de Vera Mújina, titulada 'El obrero y la koljosiana', que representa a un joven musculoso, camisa arremangada, alzando en alto un martillo; y a una joven koljosiana (trabajadora de una granja colectivizada), vigorosa, decorosa y modestamente vestida que enarbola una hoz, conformando entre ambos el símbolo comunista. Esta estatua es de una enorme potencia visual y se ha convertido en un icono, seguramente la habrán visto ustedes en algún contexto u otro. Se habrán fijado en que las estatuas son todas de jóvenes vigorosos, pues los totalitarios siempre han tenido propensión a ensalzar la juventud.

Aquí viene la ironía: a poca distancia de estos dos megalomániacos pabellones estaba el español, diseñado por Sert. Aquí no había jóvenes pletóricos de ansias de conquistar, sino personas que estaban sufriendo una guerra, representadas en la 'Montserrat' de Julio González, una mujer doliente con una criatura en brazos y que sujeta, en bajo, una hoz, mucho más real que la koljosiana. Y ya saben que para este pabellón se creó el 'Guernica' de Picasso, que considero innecesario glosar. Ahora reflexionemos, ¿qué arte ha sobrevivido? ¿Qué ha quedado? La Alemania nazi pereció en una cutre versión de la wagneriana versión cutre del 'Götterdämmerung' (no por cutrérrima menos dolorosa) y la Unión Soviética se desvaneció cual fantasma. Vigente sigue lo propuesto y expuesto en el modesto pabellón español. Como reza el título de la perdida escultura de Alberto "El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella". Pues eso.

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