Opinión | EL EMBARCADERO
Encrucijada
Galicia lo tiene casi todo, tanto en el plano monumental y artístico como en el geográfico y paisajístico
Las hojas de los carballos, en forma lobulada, no dejan de sorprenderme durante el itinerario, tal vez porque no resulta común verlas en Badajoz, al igual que los helechos, de un vívido color verde, indicador biológico de humedad constante. Unos helechos que se han ganado a pulso ser considerados una de las plantas más antiguas del planeta. Estos datos podrían indicarnos un paisaje del norte extremeño, de la zona montañosa del Sistema Central, pero no, debemos trasladarnos al noroeste peninsular, a un territorio único y especial como es Galicia.
En varias ocasiones he visitado esta comunidad autónoma y cada vez que regreso me gusta más. Soy un enamorado del espacio geográfico donde nací y vivo, Extremadura, pero me atrevo a decir que, si tuviera una tierra de adopción, esa sería Galicia. Ese vínculo afectivo no está ligado a razones familiares sino a algo más completo, que tiene que ver con una síntesis integrada por sus paisajes y clima, su historia, su patrimonio natural e histórico-cultural, su gastronomía y el carácter de sus gentes.
Hemos de huir de los consabidos tópicos galaicos, traducidos a gaitas, queimadas, el botafumeiro, la morriña, las meigas o la supuesta indecisión y retranca de los gallegos. Galicia lo tiene casi todo, tanto en el plano monumental y artístico como en el geográfico y paisajístico, pasando de la costa (abrupta o plácida) a los fértiles valles y las viejas montañas, desde el colorismo de sus mil fiestas y ancestrales tradiciones (un ejemplo: la Rapa das Bestas) hasta el moderno dinamismo de sus ciudades (como A Coruña, Santiago de Compostela o Vigo), de una gastronomía con productos de altísima calidad (sean mariscos, pescados, carnes, legumbres o vinos) a un carácter humano algo desconfiado y muy individualista, pero sobradamente hospitalario y amable. Sin olvidar a gallegos universales que siempre son referentes: a Rosalía de Castro, a Emilia Pardo Bazán, a Concepción Arenal o a Castelao, entre otros muchos.
He vuelto hace poco de Galicia, una tierra que siempre me acoge tan bien y en la que tanto disfruto. ¿El motivo? Hacer el Camino de Santiago inglés, desde Ferrol, uno de los puertos del gran golfo Ártabro, esa especie de enorme ensenada en la que se encajan las rías de Ferrol, Ares, Betanzos y A Coruña, hasta Santiago de Compostela. Formé parte de un grupo de una treintena de personas en un viaje organizado por el Club del Caminante de Badajoz y la experiencia no ha podido ser más positiva. Ser uno de esos esforzados peregrinos que recorren este itinerario cultural le da a uno el brío de tantas personas que pasaron por allí durante siglos en busca de algo más que el sepulcro de uno de los apóstoles de Jesús. Esa credencial, en la que se van sumando, cada día, los sellos que dan fe del recorrido, imprescindible para obtener la Compostela, es la expresión escrita de una peregrinación que trasciende la motivación religiosa. Supone un encuentro con uno mismo, con su capacidad de superación, de trascendencia, de plena conexión con lo insignificante que somos como especie los humanos frente a una biodiversidad que seguimos maltratando. Los incendios, cada vez más virulentos y que cada verano nos visitan, dan muestra de ello, por desgracia.
El nacimiento del Camino inglés se remonta a más de ochocientos años, cuando los peregrinos de las Islas Británicas, Finlandia o Alemania preferían embarcarse en travesías marítimas de semanas, antes que invertir años por tierra. Tras arribar en Ferrol o A Coruña, emprendían a pie su camino hacia la tumba del apóstol Santiago. Esa ruta, he podido comprobarlo con mis sentidos, ofrece al viajero un itinerario que combina espiritualidad, historia y la belleza de la Galicia atlántica y rural, que armoniza el litoral atlántico, con sus rías, playas y faros legendarios, con la serenidad del interior, decorado con bosques y prados de novela. Una diversidad paisajística que permite al caminante sumergirse en la esencia de Galicia.
Me sigue maravillando encontrarme con esos bosques frondosos y húmedos, llenos de vegetación exuberante, en los que sobresalen árboles como robles, castaños, pinos y eucaliptos. Esa riqueza vegetal, unida a una niebla que a menudo cubre los senderos y que añade un toque misterioso a este paisaje verde y lleno de vida, no es casual. Galicia es un país recorrido por muchos ríos y arroyos, los mil ríos de los que habla Álvaro Cunqueiro, alimentados por las frecuentes precipitaciones. No se puede negar, efectivamente, en Galicia llueve; aunque no tanto ni de manera tan homogénea como se tiende a creer.
Esta nueva estancia en el noroeste peninsular me sabe a su crujiente pan, al caldo gallego (elaborado con los característicos grelos), al pulpo ‘á feira’, a los mejillones al vapor, al albariño, a la empanada de zamburiñas, a filloas o a la jugosa y sabrosa tortilla de Betanzos. Y, cómo no, a los enigmas que guardan mámoas y castros en parajes olvidados; y al sonido de los gaiteros al acceder a la plaza del Obradoiro mientras a uno le embarga la emoción de alcanzar esa meta, que actúa como poderoso imán que atrae hasta allí a gentes de los más remotos lugares y con las más dispares motivaciones. ¡Qué placer comparable a un paseo bajo los pétreos soportales de la rúa do Vilar o del disfrute de un albariño sentado en una terraza de la plaza de la Quintana, contemplando la catedral de Santiago!
Galicia siempre nos espera en cualquier etapa de nuestras vidas, con el ánimo de elegir las múltiples opciones que nos plantea, más allá del histórico Camino de Santiago. Nos requiere casi como si estuviésemos ante una encrucijada de senderos y, por tanto, ante la presentación de la conjunción entre los mundos terrenal y del Más Allá (o ‘Alén’, en gallego), una zona propicia para evocar las ya inexistentes salidas de la Santa Compaña por sus veredas, que, dicen, ha dejado de ocuparlas desde el día en que se inventaron las máquinas fotográficas. No se asusten, siempre podremos recurrir al conjuro necesario para atraer lo positivo: ¡Galicia, meigas fora!
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