Opinión | Disidencias
Argentina
Se preguntaban por qué les odian tanto en el resto de la América hispana, o sea, por qué colombianos, mexicanos, chilenos, peruanos, ecuatorianos, uruguayos y todos los demás los tienen bajo sospecha. Pues precisamente, por eso, porque ellos se han pasado la vida sospechando de todo el mundo
Cuenta la leyenda que Dios, al hacer Argentina, le salió una geografía tan perfecta, tan hermosa y tan admirable, con las Cataratas del Iguazú por el norte, el glaciar Perito Moreno por el sur, La Pampa por el centro-sur y el Río de la Plata sirviendo de frontera entre la inmensa Argentina y el dinámico Uruguay, entre el Buenos Aires querido y allá al fondo, Montevideo, que alguien le sugirió al Dios que, para contrarrestar tanta perfección, debería crear algo que equilibrara la balanza y así fue como surgieron los argentinos. Gente que sabe comer, que sabe divertirse, que sabe disfrutar de la vida, hacer amigos y llevar en el corazón a su Patria como nadie.
También sabían jugar al fútbol, aunque en el Mundial se olvidaran de ello como ya olvidaron que su Messi fue formado en España. Gente, también, dentro de sus bondades y su desbordante creatividad, muy peculiar, arrogante, orgullosa, a veces soberbia, en ocasiones, irreconocibles, a menudo, cansinos, casi siempre locuaces. Y, tal vez, en esa locuacidad, encuentren su principal defecto, porque no hay nada para equivocarse mucho como hablar demasiado.
Personalmente, casi me dejan sin palabras la de vídeos, titulares y opiniones que durante los días previos a la final del Mundial de fútbol han pasado por delante de mis ojos. ¡Santa Madre de Dios!, como diría el otro. ¿Pero qué le hemos hecho a esta gente? Y creo que mi sorpresa era compartida por muchos españoles que desconocíamos que en Argentina se nos odiara y despreciara y detestara tanto y con tanta virulencia hasta el punto de que en la mismísima Plaza Mayor de Madrid unos tipos mal encarados con camiseta de Argentina no solo mancillaron algunas de nuestras estatuas y símbolos, sino que se enfrentaron a unos cuantos osados llamándoles hijos de lo que ya saben y gritando aquello de español el que no vote.
He visto y oído a periodistas y creadores de contenido diciendo auténticas barbaridades, llamándonos de todo, uno de ellos proclamando que, además de ser tontos y estúpidos, exigía un bullying planetario contra los españoles. Sí, como lo leen. Lo decían allí, pero también muchos que viven y trabajan aquí desde hace décadas. Es como si no se hubieran integrado, como si no formaran parte de nuestra comunidad, de nuestra cultura y de nuestras tradiciones. Más aún, los he oído decir que ellos no son latinos, sino europeos, pero no descendientes de españoles, más bien de italianos, o sea, que, dentro de la cultura iberoamericana, ellos no formaban parte de la ecuación. Pero ni de la nuestra ni de la americana, porque al otro lado del océano, las cosas no eran mejores. Se preguntaban por qué les odian tanto en el resto de la América hispana, o sea, por qué colombianos, mexicanos, chilenos, peruanos, ecuatorianos, uruguayos y todos los demás los tienen bajo sospecha. Pues precisamente, por eso, porque ellos se han pasado la vida sospechando de todo el mundo.
La verdad es que toda esta montaña rusa nos ha pillado a muchos españoles casi a contrapié porque no imaginábamos esta inquina. Cierto es que ni allí ni aquí, más aquí, no son mayoría los que se han embarcado en esta deriva rayana al odio. Cierto, asimismo, que, en los años de nuestra escasez, Argentina envió a España ayuda y recibió allí a ingentes cantidades de emigrantes y, en los años de su dictadura y escasez, hemos abierto aquí las puertas de par en par hasta el punto de que son los argentinos quienes más se han acogido a la famosa ley de nietos contribuyendo, así, a la realidad de que en España la nacionalidad foránea predominante es la argentina o hispanoargentina.
Así, con esta retórica llegamos a la final del Mundial. Llegó la Selección Española de Fútbol. Con respeto, en silencio y hablando sobre el campo con los argumentos del buen juego y sin entrar en las provocaciones de la ausencia de juego y la marrullería de un equipo que venía siendo ayudado descaradamente por los estamentos arbitrales e institucionales y, sin embargo, aún seguía insistiendo en la falta de respeto, en las patadas, en la bronca y en la pérdida de tiempo para evitar lo inevitable: el fútbol español se impuso al fútbol mundial con lo que debe ser: el buen juego sobre el césped. Porque de eso se trataba: de fútbol. Solo fútbol. No era una batalla ni una reivindicación política ni una lucha de clases o de modelos de sociedad. No, la final del Mundial no era un ajuste de cuentas colonial ni bobadas de esas que solo alimentan mentes poco leídas y poco evolucionadas en la historia. La final del Mundial era y fue un partido de fútbol.
Pero, efectivamente, a veces, solo a veces, hay que echarle un ojo a un acontecimiento como el vivido y hacer lecturas o pasar facturas. Y, en el día después de que España se haya proclamado campeona del mundo de fútbol, ese deporte que en este país, como en tantos, es capaz de unirnos como nada porque se trata de un deporte con el que crecemos desde casi recién nacidos, en esta España del día después no hace ni falta declararlo fiesta. Bastaría con denominarlo el día del cretino, en honor de toda esa panda de tontos, no argentinos, que siendo españoles van de no españoles o anti españoles, preferían que ganara cualquiera menos España y se abonaban a la ya decadente genialidad de un Messi que, por cierto, no compareció en el partido.
Tontos por todas las Españas los hay, es verdad, pero abundan con demasiada fluidez por el norte y el este, o sea, vascos o catalanes que, siendo hijos de castellanos o andaluces, van de separatistas en una especie de matar al padre en plan tragedia griega, atragantamiento psicológico y bucle melancólico. Todos estos majaderos que ahora, con la cabeza bajo la almohada, tienen que digerir como pueden la bandera de España en los balcones y el Viva España en la megafonía. Puestos a mirar con la media sonrisa, la cara de satisfacción y el gesto de ahí lo lleváis, dejo a un lado a los argentinos que, por lo visto, no nos quieren tanto como creíamos -no todos, claro- y me recreo observando a los nogueras -hija de Dos Hermanas-, rufianes -también hijos de Andalucía-, pradales -hijos de burgaleses- y tantos bichejos que no reúnen los ocho apellidos famosos ni en el más húmedo de sus sueños.
Hoy es un día para festejar que un grupo de chavales hace bien su trabajo, que el trabajo en equipo siempre tiene recompensa, que las diferencias se arreglan mirando hacia adelante y no hacia atrás o a los lados, que el fútbol, a pesar de muchos cafres, sigue siendo una escuela de vida desde que somos niños y que los cretinos solo hacen brillar su mediocridad cuando la gente de bien enciende la luz de la felicidad. Y, nada, lo de los argentinos que nos quieren poco, ya está olvidado.
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