Opinión | La escotilla
Presente y pasado
Lo antiguo y natural no tiene por qué ser mejor que lo moderno y artificial; muchas veces no lo es
Mucha gente piensa que el presente es una degradación y corrupción del pasado. No se atreven a decir explícitamente que cualquier tiempo pasado fue mejor, porque sería una evidente idiotez (no es que nadie, servidor incluido, se corte demasiado en decir estupideces). Pero esta idea de degradación está en el núcleo de su forma de pensar, junto con la noción de que lo artificial es una corrupción de los estados ideales de la Naturaleza (sea ésta lo que sea, que nadie lo aclara, torticeramente), defendiendo que lo natural es preferible a lo artificial, mejor en definitiva. No estoy de acuerdo.
Llevo muchos años estudiando el pasado, dedicando a su conocimiento tiempo y esfuerzo en grado considerable. Aun así, mejor dicho: por eso mismo no querría vivir en ese pasado. Sin aspirinas ni medicina moderna, sin agua corriente, sin electricidad, sin saneamiento público, sin poder gozar de los derechos cívicos y políticos que a todos nos gusta disfrutar (aunque no siempre los reconozcamos y valoremos en su justa medida). Hay cosas, debemos reconocerlo, en los que se ha mejorado mucho, no, muchísimo.
Por eso mismo no me gusta el recreacionismo, las recreaciones teatralizadas que, dicen, pretenden acercarnos a la historia, revivirla de alguna manera. Aparte de detectar las incoherencias históricas, abundantes, me resultan demasiado limpias, repulidas. A los mercados 'medievales' les falta olor y les sobra pimentón y patatas, a las batallas les sobran los uniformes limpios y recién planchados y les faltan sangre, vísceras y dolor. Es mi opinión personal que las recreaciones de batallas son peligrosas porque banalizan la guerra, algo que nunca se debe banalizar si no queremos caer en ella.
Repito, hay cosas en las que se ha mejorado muchísimo. Pondré un ejemplo. Como recogieron ampliamente los medios no hace demasiado, el Servicio Extremeño de Salud fue condenado a pagar una cantidad considerable de dinero a una pareja por la muerte de su bebé durante el parto en Badajoz. No estoy al tanto de los detalles ni de las particularidades del caso, tristísimo y lamentable caso. Pero sí puedo aseverar que representa un avance respecto a la realidad pasada: hasta hace bien poco en este país, en este territorio concreto, un parto tenía un riesgo evidente, incluso ampliamente asumido, de derivar en la muerte de la madre, del bebé o de ambos. Era algo que se consideraba normal, natural, cosas que pasaban. Es más, en amplias zonas de este planeta sigue siendo, lamentablemente, un riesgo real, no menor. Antes una mujer embarazada aceptaba de entrada que podía morir en el parto, hoy en día entra en el paritorio con una esperanza fundada de que saldrá viva de allí con su bebé sano. Si no es así, reclama y con razón. Hace no tanto, somos muchos los vivos que lo conocimos, ante una situación como esta, la parturienta, la familia, la sociedad, hubieran levantado resignadamente los hombros, son cosas que pasan, es natural. Eso, aquí y ahora, lo hemos superado. Lo natural, los antiguos lo sabían y no les quedaba más remedio que aceptarlo, es que un parto es un riesgo cierto de que alguien muera.
Lo artificial es que haya protocolos, tecnología, máquinas y farmacología que minimizan el riesgo de parir, tanto que resulte incluso difícil recordar que este riesgo no es inexistente. Y lo dicho sobre los partos, se debe aplicar al resto de actos médicos que permiten una razonable sanación para muchas enfermedades que hasta hace no tanto en términos históricos eran mortales y ya no.
No todos los avances que mejoran la vida actual respecto de la pasada se han producido en la medicina, ni siquiera todos tienen base en la evolución y extensión del conocimiento científico y tecnológico. Otros se han producido en el ámbito legislativo y doctrinal, de modo que las nociones de libertades y derechos individuales se han extendido, se han hecho realidad muchas limitaciones a la arbitrariedad del poder y de los poderosos, lo que explica el que muchos se revuelvan y lancen poderosas campañas para recuperar su capacidad para imponerse sin limitaciones y poder abusar con impunidad de los más débiles.
Conclusión: lo antiguo y natural no tiene por qué ser mejor que lo moderno y artificial; muchas veces no lo es. Aquí he hablado de medicina, pero la afirmación anterior puede aplicarse a multitud de facetas de nuestra vida diaria que ni los más acérrimos partidarios de la tradición y la naturaleza serían partidarios de abandonar. Es interesante y útil conocer el pasado, pero para vivir, nada como el presente.
Y lamento que la desgracia de esta familia me haya dado pie para escribir esto. Ojalá jamás hubiera ocurrido.
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