Opinión | EL EMBARCADERO
Vivir sin aire
La pescadilla que se muerde la cola: a temperaturas extremas, más usamos el aire acondicionado; lo que genera más consumo y agrava el cambio climático
Se han convertido en algo imprescindible para sobrellevar lo mejor posible los días de intenso calor, aunque siempre nos quedará el socorrido abanico o paipay de toda la vida. Me estoy refiriendo al aire acondicionado, un dispositivo que nos hace la vida más fácil en verano y sin el que muchas personas no pueden vivir. Nos hemos acostumbrado tanto a él que resulta complicado imaginar que un centro comercial, un supermercado, una ‘boutique’ o unas oficinas no cuenten con este recurso, al igual que un gran número de viviendas, pero esto es harina de otro costal, porque no todo el mundo puede permitirse refrigerar su casa así, con estos aparatos tan sofisticados. La pobreza energética es una problemática que no solo acontece en invierno, con la calefacción, sino también en verano, con el costo que supone mantener la casa a una temperatura óptima para nuestra salud.
Ya lo sabemos y lo sufrimos: cada vez hace más calor. Es una realidad incuestionable, como lo es el hecho de que el calentamiento global de la atmósfera, impulsado por las actividades humanas, incrementa una subida de temperaturas cada vez más difícil de soportar. Solo hay que ver cómo se han elevado las cifras del número de muertes relacionadas con el calor. Nos hemos acostumbrado a ver aparatos de aire acondicionado en fachadas de edificios públicos y privados. A estas alturas, nadie discute la casi obligatoriedad de climatizar viviendas y espacios de trabajo porque el confort térmico es parte de la calidad de vida contemporánea y, para muchas personas, es una necesidad más que un lujo. No siempre fue así. En otras épocas, cuando también hacía calor aunque no tanta como ahora, los muros gruesos y los techos altos de las casas de los pueblos servían para aislar del calor a sus moradores, algo que sigue resultando efectivo, hasta el punto de que, no hace mucho, no era tan habitual ver ‘splits’ en viviendas del medio rural. Se tiraba de abanicos y ventiladores, y de ese aislamiento térmico tradicional. La situación ha cambiado y el típico zumbido intruso que rompe el silencio de las largas siestas estivales, provocado por el funcionamiento de los cajones de aire, se hace habitual en pueblos y ciudades. Ya no son un objeto extraño.
Vivimos en un país con diversidad climática, consecuencia de su situación geográfica y su orografía, pero el aire acondicionado ya resulta indispensable incluso en el norte peninsular, como hemos podido comprobar durante las últimas olas de calor que hemos sufrido en 2026. ¿Cómo hacemos frente al calor excesivo en verano? El número de viviendas equipadas con aire acondicionado no para de aumentar pero, al mismo tiempo, no se puede obviar que muchos hogares en España no pueden mantener su casa a una temperatura adecuada en verano, bien porque no pueden permitirse comprar uno de estos aparatos, bien por el gasto que este genera en la factura de la luz. O por ese doble motivo. Incluso entre quienes tienen aire acondicionado, hay familias que deciden apagarlo por la noche, una recomendación que suele hacerse por motivos de salud, pero también económicos.
El caso es que esta mayor severidad climática en verano, sobre todo en regiones como Extremadura y Andalucía, provoca que el aire se convierta en algo irreemplazable, pues es la medida estrella para combatir el calor; aunque, seamos conscientes de ello, no deja de ser una medida cortoplacista, individualista y queda en evidencia enormes desigualdades sociales. Al darle forma a este artículo, recordaba lo que me dijo alguien conocido: cómo, hace años (es posible que ocurra ahora también), había familias que residían en pequeños pisos de Badajoz, donde convivían muchas personas en un espacio reducido, y durante las tardes de verano más calurosas solían irse a Carrefour o a El Corte Inglés para estar fresquitos, aunque no tuvieran en mente nada que comprar. Al menos, no estaban en un horno, como era su casa.
El aire acondicionado se ha convertido en un gran aliado para soportar la canícula. Entra en acción cuando las temperaturas son muy elevadas. Sin embargo, hemos de tener en cuenta que es responsable de que haga cada vez más calor: contribuye significativamente al cambio climático debido a las emisiones de gases de efecto invernadero que liberan las plantas de carbón y gas natural en el momento de generar electricidad para el funcionamiento de estos dispositivos. A su vez, la demanda aumentará a medida que las temperaturas suban por el calentamiento global. Vamos, la pescadilla que se muerde la cola: a temperaturas extremas, más los usamos; lo que genera más consumo y agrava el cambio climático. De ahí que haya personas que opten por negarse a tener aire acondicionado por motivos morales o éticos, optando, por ejemplo, por ventiladores de techo en las habitaciones de una casa, además de por viviendas con un adecuado aislamiento.
Por tanto, estar en confort térmico en nuestra vivienda no es un lujo, sino que debería ser un derecho pues su ausencia genera enfermedades e incluso la muerte. Para pasar menos calor no es solo cuestión de tener un buen cajón de aire acondicionado, sino de poner en marcha acciones sencillas, como la ventilación nocturna para que entre el aire fresco, y también actuaciones más ambiciosas por parte de los poderes públicos, como la incorporación de una gran cantidad de superficie verde, de parques y arbolado. En ciudades como Badajoz, con tantos días de calor al año, medidas así resultan imprescindibles, algo que debería exigirse a nuestros representantes municipales, da igual el partido que gobierne.
Llegados a este punto: ¿tenemos que dejar de usar el aire acondicionado? Tal vez en un futuro utópico, sí; sin embargo, el mundo actual no se entiende sin él, al menos durante un periodo de transición hacia una forma de adaptarnos que dependa menos de estos aparatos. Sí que podemos hacer, por ejemplo, que nuestros aparatos sean mucho más eficientes y, por supuesto, luchar para que toda la población cuente con unas mejores condiciones térmicas en su vivienda, ya sea en verano o en invierno. Creo que es de justicia.
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