Opinión | Talento y territorio

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Empresa o relato: la decisión que marcará lo rural
En Extremadura lo sabemos bien. Existe iniciativa, existen empresarios comprometidos con su entorno, existe conocimiento del terreno. Pero demasiadas veces ese potencial se encuentra con un entorno que no acompaña al crecimiento empresarial con la misma intensidad
Durante años hemos debatido sobre lo rural desde un prisma que, aun bienintencionado, ha terminado por desdibujar lo realmente importante: la actividad económica. Se ha hablado mucho de equilibrio territorial, de cohesión, incluso de resistencia. Pero muy poco de lo esencial: de empresa, de productividad, de generar riqueza real desde el territorio. Y sin empresa, no hay fijación de población posible.
Conviene decirlo con claridad: el futuro de nuestros pueblos no pasa por sostenerlos, pasa por activarlos. Y esa activación solo puede venir de un tejido empresarial sólido, dinámico y con vocación de crecimiento. Todo lo demás, sin esa base, es coyuntural.
En Extremadura lo sabemos bien. Existe iniciativa, existen empresarios comprometidos con su entorno, existe conocimiento del terreno. Pero demasiadas veces ese potencial se encuentra con un entorno que no acompaña al crecimiento empresarial con la misma intensidad. Ahí está el verdadero debate. Porque no se trata de pedir más, sino de pedir mejor. Y sobre todo, de orientar cada medida hacia la creación de un ecosistema productivo real.
La fiscalidad, por ejemplo, debería ser una palanca clara de activación. Pero no desde la lógica de aliviar sin más, sino desde la inteligencia de incentivar lo que aporta valor. Bonificar el IBI a quien amplía actividad, modular el tramo autonómico del Impuesto de Sociedades con criterios de localización y desarrollo, introducir deducciones vinculadas a la modernización de procesos o a la inversión productiva… son medidas que tienen sentido cuando llevan asociada una contraprestación clara: empleo, crecimiento, arraigo empresarial.
No se trata de sostener empresas, sino de hacer atractivo que crezcan aquí. Ese matiz es clave. Porque el modelo no puede basarse en dependencias. No puede asentarse en la provisionalidad ni en expectativas ajenas a la actividad económica. El empleo que fija población es el que nace de la empresa, el que evoluciona con ella, el que genera recorrido profesional y tejido alrededor. No el que se agota en sí mismo. Por eso, también es necesario abrir otro debate, más incómodo pero imprescindible: la mentalidad.
El desarrollo de lo rural no es solo una cuestión de políticas públicas. Es también una cuestión de actitud colectiva. No podemos aspirar a crecimiento si la referencia sigue siendo esperar una oportunidad limitada, cerrada y sin impacto en el entorno. Crecer exige asumir riesgo, adaptarse, formarse y, sobre todo, entender que el progreso es una construcción compartida.
Y ahí, la empresa vuelve a ocupar el centro. Porque es la empresa la que obliga a modernizarse, a competir, a abrir mercado. La que conecta lo local con lo global. La que transforma una actividad tradicional en un modelo eficiente, escalable y sostenible. Hoy, hablar de desarrollo rural pasa necesariamente por hablar de digitalización real. No como escaparate, sino como transformación interna: procesos, logística, compras, comercialización. Pasa por integrar datos en la toma de decisiones, por profesionalizar estructuras, por incorporar tecnología con sentido. Y sí, también por dar los pasos necesarios para que la inteligencia artificial sea una herramienta más de competitividad, no un concepto lejano.
Pero nada de esto ocurre por inercia. Requiere acompañamiento, diagnóstico, continuidad. Requiere insistir, empezar una y otra vez con quienes están dispuestos a dar el paso. Porque en lo rural, más que en ningún otro entorno, cada avance empresarial tiene un efecto multiplicador. Y ese es otro de los grandes activos que a veces olvidamos: la cercanía. Hoy el consumidor valora saber a quién compra, de dónde viene el producto, qué hay detrás de cada empresa. Eso abre una oportunidad enorme para el tejido rural. Pero solo si se estructura correctamente. Solo si se es capaz de pasar del 'producto de proximidad' al modelo empresarial competitivo, capaz de vender con un clic y llegar mucho más lejos sin perder su identidad.
Lo rural no puede ser un museo. Tiene que ser mercado. Y para que lo sea, necesita algo muy concreto: empresas que funcionen. Empresas que contraten, que inviertan, que crezcan. Empresas que encuentren en su propio entorno condiciones para desarrollarse, no obstáculos adicionales. Empresas que generen ese círculo virtuoso que fija población no porque la retiene, sino porque la atrae. Ese es el cambio de enfoque que necesitamos. Dejar de mirar lo rural desde la falta y empezar a mirarlo desde su capacidad de generar valor. Pero siendo exigentes con el entorno que construimos. Porque al final, la vertebración del territorio no se decreta. Se produce. Y se produce cada día, en cada empresa que decide seguir, invertir y crecer en su pueblo, en su comarca, en su entorno. Ahí está la clave. Ahí es donde nos jugamos el futuro.
Quizá ha llegado el momento de dejar de explicar lo que somos capaces de hacer y empezar a hacerlo con determinación. Lo rural no necesita etiquetas ni relatos que lo definan desde fuera; necesita empresas que crezcan, personas que apuesten y un entorno que responda a esa ambición. Si somos capaces de alinear esfuerzo, mentalidad y condiciones reales de desarrollo, no solo estaremos fijando población: estaremos construyendo futuro. Y ese futuro no vendrá dado; se generará, como siempre, desde dentro, con trabajo, con visión y con la convicción de que nuestros pueblos pueden y deben ser espacios de oportunidad.
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