Opinión | La escotilla
Sobre el Carnaval y su no-lugar en la Escuela
Cierto es que el mundo escolar tiene que adecuarse a la sociedad en la que opera. Reflejarla en muchos sentidos, pero reflejar no es apropiarse de todo, meterlo con calzador en el aula y esperar que de ello resulte algún beneficio
No es este un tema que ahora mismo sea actual, y por eso mismo lo saco a colación ahora. En otros momentos del año hablar de carnavales o de educación genera (con razón) fuertes sentimientos. Hay temas que mejor tratarlos en frío y a distancia.
A mi modo de ver, tanto la Escuela como el Carnaval son dos cosas necesarias para la sociedad, por eso las pongo en mayúsculas. La primera porque es un sistema para encuadrar a la chavalería en el mundo, inculcar los conocimientos, valores y costumbres necesarios para que los hoy alumnos puedan desarrollarse como ciudadanos en el momento de llegar a la mayoría de edad y ser útiles al conjunto de la sociedad; y mientras tanto, para incluirles en esa misma sociedad según su edad y grado de desarrollo. Al menos, esa es la función que el Estado Moderno (vuelven las mayúsculas) le tiene asignada y para la que destina ingentes recursos de todo tipo, aunque siempre insuficientes. Al menos es así desde su institución, generalización y universalización desde la Revolución Francesa para acá, pues sistemas escolares, o de formación, de distinto tipo han existido desde que eso que pomposamente llamamos la noche de los tiempos (y tampoco es que los revolucionarios franceses inventaran gran cosa, aunque hay que reconocer que el sesgo ciudadano de la escuela es aportación suya).
El Carnaval, por su parte, es un mecanismo festivo destinado a todo lo contrario. Su función es la de ser una válvula de escape, un tiempo en el que se permite la subversión de las normas sociales (en realidad, solo de unas cuantas) con el fin de impedir que se acumulen en exceso las frustaciones que esas normas ocasionan. No en todos lados se materializa esta válvula de seguridad de la misma manera, pero sí puede asegurarse que todas las sociedades tienen, de una forma u otra, una espita de este tipo, imprescindible para que la mala leche y el cabreo no se acumulen en exceso y generen alguna situación inconveniente o destructiva. Y esto, volvamos a la pomposidad verbal, desde la noche de los tiempos también.
La Escuela es formación, encuadramiento, adecuación a las normas sociales; el Carnaval es ruptura de las normas, subversión, ejercicio temporal de una cierta voluntad libertaria, lo que en román paladino se llamaría desmadre. El Carnaval es ruido, emociones, caos. La Escuela por contra silencio, racionalidad, orden. Son realidades sociales, funciones sociales, contrapuestas. De ninguna manera incompatibles, todo lo contrario, pues ambas comparten el objetivo final de contribuir al funcionamiento fluido y (en la medida de lo posible) óptimo del conjunto de la sociedad. Pero ambos lo hacen tirando hacia lados contrarios. No caben en el mismo espacio-tiempo, pues se anularían el uno al otro.
No creo equivocarme mucho si digo que a la chavalería nadie tiene que enseñarle cómo se subvierten las normas sociales o de comportamiento diario, lo hacen magníficamente sin necesidad de que adulto alguno les indique cómo. Meter el carnaval en la escuela subvierte la función escolar de generar orden a la vez que normativiza el libertarismo carnavalero, entremezcla lo racional con lo emocional, borra los límites entre lo generalmente aceptado como lícito y lo ocasionalmente tolerado como subversión. Es encuadrar lo carnavalero, reducirlo a normas. Es decir, ahí no encaja la una con el otro.
Cierto es que el mundo escolar tiene que adecuarse a la sociedad en la que opera. Reflejarla en muchos sentidos, pero reflejar no es apropiarse de todo, meterlo con calzador en el aula y esperar que de ello resulte algún beneficio. El aula no es el universo, ni siquiera el mapa del universo, no todo cabe en su interior. Además, como queda dicho, la Escuela es una institución más o menos oficial, no insistiré en su carácter estatal, opción por la que me inclino, por no excluir a los legítimos partidarios de una educación más privativa y particular, para transmitir normas, valores y conocimientos.
El Carnaval pertenece a otra dimensión. Es justamente el reconocimiento de que estas normas y valores crean tensiones y frustraciones; el mecanismo para aliviarlas, una válvula de seguridad. Cada uno, Carnaval y Escuela, tiene su lugar socialmente reconocido y necesario. Pero lugares diferentes, en esencia incompatibles entre sí. No reconocerlo es mezclar churras con merinas, algo que desde hace mucho tiempo se viene desaconsejando por parte de quienes saben del tema, pastores, ganaderos y veterinarios, por mucho que los legos en la materia seamos incapaces de distinguir una oveja de otra. Diferentes son, y conviene que así sea.
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