Opinión | En confianza
Echarse al monte
¿Por qué una persona que pierde su casa en un incendio despierta nuestra empatía inmediata y otra que lleva meses durmiendo en un banco es invisible?
A mis 45 años me he echado al monte. Y eso que la gente que me quiere insiste en decirme que ya no tengo edad para según qué cosas. Lo cierto es que yo siempre fui más de playa, de chiringuito, de pescaíto frito y de vida contemplativa. Pero desde hace un par de años me tira más perderme por senderos escarpados que tumbarme en la arena. Ya sabes: qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido, que diría Fray Luis de León.
Y desde aquí te escribo esta columna. A casi mil seiscientos metros de altitud. Jadeando como un perro mientras veo pasar a mi lado a personas que hacen el mismo trayecto corriendo y sin despeinarse. En fin, es lo que tiene llegar tarde a según qué cosas. Pero es mejor llegar tarde que no llegar nunca.
Hay algo, sin embargo, que me ha llamado mucho la atención desde que empecé a echarme al monte. El compañerismo. La hermandad silenciosa que surge entre personas que no se conocen absolutamente de nada. La gente se saluda. Se pregunta cómo va la ruta. Si hace falta agua, se comparte. Si alguien se lesiona, nadie mira para otro lado. Hay un pacto no escrito según el cual hoy ayudas tú porque mañana puedes ser tú quien necesite ayuda.
Hace unos días, al inicio de una ruta, leí un cartel que decía algo parecido a esto: «Disfruta, pero sé prudente. Vela por tu seguridad y por la de tus compañeros. Sé solidario». Me pareció una forma preciosa de entender la montaña. Y también una forma preciosa de entender la vida.
En el monte todos sabemos algo que en la ciudad parecemos olvidar: que dependemos unos de otros mucho más de lo que nos gusta reconocer.
Estos días España vuelve a arder. Es terrible comprobar cómo, verano tras verano, los incendios forman ya parte del paisaje. Y, entre el humo, hay una frase que leo mucho en redes sociales: «Todo arde menos lo que tiene que arder».
La frase tiene fuerza. El problema es que sirve para todo. Quien la lee puede pensar que lo que debería arder es un gobierno. Otro creerá que lo que debería quemarse es un sistema económico incapaz de afrontar el cambio climático. Habrá quien la utilice para justificar su propia rabia y quien la convierta en una consigna revolucionaria. Yo, si soy sincero, creo que ya arde demasiado.
Lo digo muchas veces cuando discuto con alguien: hay personas que solo quieren ver el mundo arder. No porque tengan una alternativa mejor. Hay quien parece disfrutar viendo cómo todo se rompe; encuentra cierta satisfacción en prender fuego a cualquier consenso, en llevar siempre la contraria, en convertir al de enfrente en un enemigo aunque compartan exactamente el mismo incendio.
Y, sin embargo, cuando el fuego aparece de verdad, ocurre algo curioso. Las diferencias desaparecen. Los servicios de emergencia hacen su trabajo. Las fuerzas y cuerpos de seguridad desalojan pueblos enteros. Los vecinos se organizan para ayudar. Los voluntarios aparecen. Se rescata a personas, se rescata a animales, se protege lo que se puede proteger. Nadie pregunta antes a quién votas, cuánto dinero tienes o si el que necesita ayuda piensa como tú. En una emergencia entendemos que primero va la vida.
Entonces me pregunto por qué somos capaces de comprender esto en el monte o cuando algo está ardiendo y, sin embargo, se nos olvida al bajar al valle y a las ciudades.
¿Por qué esa solidaridad espontánea desaparece en cuanto la tragedia deja de salir en los informativos? ¿Por qué se salva a un perro, un gato o cualquier bichino en un incendio, pero se le deja al sol sin agua ni comida? ¿Por qué una persona que pierde su casa en un incendio despierta nuestra empatía inmediata y otra que lleva meses durmiendo en un banco es invisible? ¿Por qué aceptamos que hay que cuidar de quien está en peligro cuando la amenaza es el fuego, pero discutimos hasta el infinito cuando el peligro se llama pobreza, exclusión o abandono?
Mientras escribo estas líneas sigo viendo pasar senderistas. La mayoría me adelanta con una facilidad insultante. Todos saludan. Todos sonríen. Todos parecen compartir un mismo código.
Quizá el monte y los incendios solo nos recuerdan algo que siempre supimos y que la vida moderna se empeña en hacernos olvidar: que nadie llega muy lejos completamente solo. Así que mientras siga rigiendo esta sencilla norma -«Vela por tu seguridad y por la de tus compañeros. Sé solidario»- yo, de momento, voy a seguir echado al monte.
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