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Opinión | En confianza

Perra vida

Desde hace unos años los peludos de cuatro patas se han convertido en una parte inseparable de nuestras vidas

Nos gobiernan los perros. No es lo que crees. Déjame explicártelo.

Desde hace unos años los peludos de cuatro patas se han convertido en una parte inseparable de nuestras vidas. Y ahora que estamos en pleno verano se nota todavía más. En cada playa donde los dejan entrar, en cada camping, en cada paseo por la montaña o por el paseo marítimo aparecen ellos. Da igual que la familia sea monoparental, monomarental, con hijos, sin ellos o formada por una pareja de jubilados que ya crió a los suyos hace tiempo. Ahí están. Compartiendo vacaciones, fotos, sofás y kilómetros de carretera.

Es normal. Los bichinos se hacen querer.

Llegar a casa después de un mal día y encontrarte un perro moviendo el rabo como si no hubiera ocurrido nada malo en el mundo tiene algo profundamente reparador. Da igual que hayas discutido con tu jefe, que el coche te haya dejado tirado o que lleves una semana de esas en las que todo sale del revés. Ellos siguen ahí. Esperándote como si fueras la persona más importante del planeta.

Así se entiende que muchas decisiones familiares empiecen a tomarse pensando en ellos. Elegimos hoteles donde acepten mascotas. Buscamos playas caninas. Compramos coches más grandes. Renunciamos a ciertos viajes. Organizamos escapadas. Hasta discutimos con la familia sobre quién se queda con el perro durante las vacaciones. Al final resulta que sí. Nos gobiernan. No porque sepan mandar, sino porque los queremos.

Tanto han cambiado las cosas que, entre mi generación y las que vienen detrás, a veces resulta más fácil encontrarse familias con perro que familias con niños. Tampoco me sorprende demasiado. Tener un perro sigue permitiendo una libertad que un bebé, sencillamente, no permite.

Quienes crecimos escuchando alguna vez aquello de «si lo llego a saber, no hubiera tenido hijos» sabemos perfectamente de qué hablo. Y ojo, que yo vengo de una familia donde mis padres siguen queriéndose y también quieren a sus hijos. Pero una cosa no quita la otra. Criar es maravilloso y agotador al mismo tiempo. Pensar cómo habría sido la vida de haber tomado otro camino no convierte a nadie en un mal padre o una mala madre. Nos hace humanos.

Quizá por eso muchos han encontrado en los animales una forma distinta de construir una familia.

Hasta aquí podría parecer que estoy hablando de perros. Pero en realidad estoy hablando de nosotros.

Yo crecí en una familia rural. Allí había perros, gatos, gallinas, conejos, ovejas... animales de todo tipo y de todo pelaje. Y, aunque se les trataba con respeto, casi todos tenían un trabajo. El perro guardaba la finca. El gato mantenía a raya a los ratones. Las gallinas ponían huevos. Los animales formaban parte de la vida cotidiana, pero rara vez ocupaban el lugar que hoy ocupan en muchas casas.

Por eso todavía hay cosas que me sorprenden. Cumpleaños caninos. Tartas para perros. Carritos para los que ya no pueden caminar. Cuentas de Instagram con más seguidores que muchos periodistas. Confieso que, a veces, la primera reacción que me sale es aquella frase que escuché toda mi infancia: «Los perros son perros». Y entonces me acuerdo de otra conversación. Hace unos años un amigo me dijo que un perro tiene una inteligencia comparable, en algunos aspectos, a la de un niño pequeño. No sé si la comparación será exacta. Ni falta que hace. Lo importante es que aquella frase me obligó a mirar a los perros de otra manera. Desde entonces me cuesta entender a quien abandona un animal en una cuneta, lo deja atado al sol durante horas o piensa que un cuenco de agua y un saco de pienso bastan para cumplir con su responsabilidad.

Quizá porque los perros no han cambiado tanto como creemos. Los que hemos cambiado somos nosotros. Hace no tanto eran herramientas. Hoy son compañeros de vida. Y eso, lejos de parecerme un síntoma de decadencia, me parece una señal de progreso. No porque los hayamos convertido en personas. Nunca lo serán. Sino porque hemos dejado de tratarlos como cosas. Siempre habrá quien repita que los perros son perros. Y tendrá razón.

Pero también es verdad que la forma en que una sociedad trata a los seres vivos que dependen completamente de ella dice mucho del tipo de sociedad que aspira a ser.

Así que sí. Nos gobiernan los perros. No porque hayan tomado el poder. Sino porque hace tiempo les abrimos la puerta de casa... y han terminado cambiándonos el corazón.

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