Opinión | Tribuna
Badajoz: noventa años después
El 14 de agosto de 1936 tuvo lugar la toma de Badajoz por el bando sublevado

14 de agosto de 1936, la legión entra en Badajoz
A mi abuelo lo mataron en la plaza de toros de Badajoz. Mi madre tenía ocho años cuando vio como se lo llevaban en dirección a la Ronda del Pilar. Esa fue la última vez que lo vio. Mi abuela se fue detrás de la columna de presos, pero no la dejaron acercarse a él. Un cabo de la Guardia Civil, que la conocía, le dijo que no perdiera el tiempo llorando ante la puerta de la plaza y corriera en busca del aval que sacara de allí a su marido, antes de que fuera demasiado tarde.
Sobre las cuatro de la madrugada, después de haber llamado a muchas puertas, mi abuela regresó con un escrito de José María Alcaraz y Alenda, obispo de Badajoz, al que mi abuelo y el diputado socialista José Aliseda Olivares habían auxiliado durante los primeros días de la guerra. En la ronda, en torno a la plaza, había un cortejo de mujeres aterrorizadas, suplicando cada cual por su marido, por su hijo, por su hermano, algunas con niños pequeños en los brazos, por no tener con quien dejarlos; las más de pie, temblando a pesar del bochorno de la madrugada; unas pocas, hincadas de rodillas, abrazadas a las botas polvorientas de los guardias, con los ojos enrojecidos por el llanto y la boca seca de tanto repetir que lo de tal o cual era un error, mire usted que mi marido es inocente; como si no lo fueran todos los que aquella madrugada iban a caer bajo las balas de los hombres que mandaba el teniente coronel Juan Yagüe.
Junto al portalón había un cura con pistola al cinto. Mi abuela lo conocía porque había sustituido dos o tres veces al viejo padre Lanot en la parroquia de San Agustín. Hablaba con un guardia civil muy joven que estaba sentado en el suelo, con la cabeza entre las manos y el fusil a un lado, contra la pared. Entre gemidos, mi abuela le oyó decir que él no se había metido a «civil» para tirar contra sus paisanos a bocajarro.
El papel que presentó la madre de mi madre fue pasando de mano en mano, como si quemara, hasta llegar al cura, que se puso serio al observar el sello del obispo. Espere usted ahí, ordenó, desconcertado, señalando un recoveco, donde ya aguardaban varios grupos mas de mujeres. Luego dio media vuelta y se perdió en el callejón de la plaza. Mi abuela se quedó llorando de alegría, junto a las otras mujeres que también habían conseguido valedores. Del gozo, no les cabía el corazón en el pecho.
El de la sotana estuvo dentro un buen rato y, entre tanto, ladraron las ametralladoras. Luego, el cura regresó adonde las mujeres y les dijo que los papeles habían llegado demasiado tarde.
El caso es que Guadalupe Flores, mi abuela, que tenía 37 años, se quedó sin marido, y sus tres hijos -mi tía Laura, mi tío Javier y mi madre- se quedaron sin padre (decenas de miles de viudas y huérfanos fueron arrojados aquel verano a los sótanos de la gigantesca prisión en que se convirtió España).
La primera vez que yo escuché esta historia fue al poco de acabar el servicio militar. Antes, ni siquiera en casa había oído hablar de los crímenes de agosto del treinta y seis. De mi abuelo, que era maestro, sabía que había muerto a los cuarenta y dos o cuarenta y tres años de edad. Poco más. Su imagen, cada vez que alguien se acordaba de él, aparecía desdibujada, como flotando en una especie de atmósfera velada, más imaginaria que real: La escuela del abuelo estaba ahí mismo, cerca de la Plazuela de la Soledad, por debajo de donde viven los suegros de Juana la Loca. Cada vez que hablábamos de él, mi madre y mi tía se las apañaban para desviar la conversación y, casi siempre, acababan contando la historia de la loca de la calle. Pobrecilla, decían, toda la vida calle Mesones arriba y calle Mesones abajo, con la mirada perdida. O la de Luisa Contreras, la ciega de los romances, que malviví a de la caridad de las vecinas cerca del bar de Los Navegantes, que entonces todavía se llamaba Tabares, justo al lado de Eufemia Román, que era natural de Alcuéscar y había llegado a Badajoz hacía mucho, pero que mucho tiempo, huyendo de su primer marido, que se la había jugado a las cartas y la había perdido. O la de Carmen Orellana, que era comadrona y se cortó el cuello, más o menos cuando Antonia Parra y Julio Zambrano decidieron que no merecía la pena vivir el uno sin el otro.
Esta era la clase de historias que contaban mi tía y mi madre en la penumbra de la cocina cuando yo era pequeño, con las que casi siempre acababan llorando. Historias de mujeres -casi nunca hablaban de hombres, no fuéramos a preguntar por los abuelos de la calle-, historias del tiempo de la guerra, pero sin hablar de la guerra, no fuera a oírlas alguien o empezara a llorar otra vez la abuela, ay qué angustia, Dios mío, los bombardeos -de ahí no había quien las sacara-, la gente corriendo, horrorizada, buscando refugio en los subterráneos de la diputación, en la cripta de la catedral, en los túneles de los baluartes. ¿Y el abuelo? El abuelo era maestro, subrayaba mi tía Laura, sobreviviendo al miedo. El mejor que haya tenido Badajoz en toda su historia, ¿verdad, madre? La abuela decía que sí con la cabeza y luego fijaba la mirada en la lumbre para que los niños no viéramos los hilos de agua que araban sus mejillas. Tenía la escuela en esta misma calle, ahí abajo, al lado de donde vivía Juana la Loca antes de perder la cabeza tras ver arrastrar a su padre y tres de sus hermanos hacia la plaza de toros.
Siempre fue así. El miedo. En mi casa, en casa de Juana la Loca y con pocas variaciones, en la mayoría de las casas de la calle.
Todavía en 1977, cuando oí por primera vez la historia de la plaza de toros y me propuse reconstruir los últimos días de mi abuelo, la mayoría de la gente a la que pregunté no soportaba recordar,lo que no quiere decir que hubiera olvidado. Sencillamente, habían sido demasiados años de silencio forzado, de vejaciones sin límite, de miedos y angustias, de morderse los labios cada vez que se llevaban a alguien; ayer al vecino de la casa de al lado; esta noche al paragüero de la esquina de Corregidores; mañana al talabartero de San José y pasado mañana a un dependiente de la ferretería de la calle de la Sal. Incluso, hoy, casi medio siglo después de que los españoles nos diéramos una constitución en referéndum, se sigue respirando miedo, ahora a la verdad. Es necesario superar con el olvido las heridas de la guerra y los traumas de la posguerra, gritan quienes siguen prefiriendo un país desmemoriado. Pero cada día son mas los que coinciden en señalar que el medicamento no es el olvido, sino la memoria, el conocimiento histórico. Entre estos se encuentran Emilio Silva y Carmen Pereira, nietos de desaparecidos durante la guerra civil e impulsores del movimiento de recuperación de la memoria histórica en España y Extremadura, respectivamente. A estos hay que unir a José María Lama, Cayetano Ibarra y Angel Olmedo, todos ellos premio ‘Arturo Barea’, quienes sostienen que para olvidar, antes es necesario conocer. El mundo debe saber la verdad, sostiene con energía José Manuel Corbacho, abogado y presidente de la ARMHEX. Ése será el próximo paso a dar si se quiere que algún día se haga justicia a las víctimas, por lo menos en su memoria.
Justo Vila es autor de ‘Lunas de agosto’, novela sobre la Guerra Civil Española.
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