Opinión | Disidencias
Blanco
La programación convierte cada rincón de la Badajoz histórica, de la Alcazaba o la Plaza Alta a San Francisco y más allá, en escenario de una deriva nocturna que ya no busca, como el soñador ruso, un amor imposible, sino un reencuentro colectivo con la memoria y el patrimonio de la propia ciudad
Pocas imágenes han recorrido con tanta persistencia el imaginario europeo como la de la noche insomne, esa franja de tiempo suspendido en la que el sujeto -soñador, amante, ciudadano- se enfrenta a sí mismo o al espacio urbano sin la coartada del sueño. De esa constante cultural, que atraviesa la literatura rusa del XIX, el cine italiano de posguerra, el melodrama español de los años cuarenta y, finalmente, la política cultural europea contemporánea, puede reconstruirse un itinerario que desemboca, de manera casi inesperada, pero profundamente coherente, en una cita anual muy concreta: la Noche en Blanco de Badajoz.
‘Noches blancas’ (1848), de Dostoievski, toma su título de un fenómeno astronómico muy real de San Petersburgo, esas noches de junio en las que el sol apenas se oculta bajo el horizonte y la ciudad permanece en una penumbra luminosa que impide distinguir con nitidez el día de la noche. Dostoievski convierte ese accidente geográfico en metáfora existencial: su protagonista, un soñador sin nombre que vive de espaldas a la realidad social, encuentra en cuatro noches de paseo junto a los canales una compensación imaginaria a su soledad, un amor fulgurante y efímero con Nástenka que se apaga con la misma rapidez con que llegó. La noche, en Dostoievski, no es descanso sino umbral: un tiempo robado a la vida diurna en el que todo parece posible porque nada tiene aún consecuencias. Esa suspensión temporal será el núcleo que las adaptaciones posteriores tendrán que traducir a su propio lenguaje.
Visconti llevó la novela al cine (’Le notti bianche’) en 1957 con Marcello Mastroianni y Maria Schell, y lo hizo con una decisión formal significativa: en lugar de rodar en exteriores reales, reconstruyó la ciudad -canales, puentes, callejones- en los estudios de Cinecittà. Esa artificialidad no es un defecto sino una declaración de principios: Visconti entendía que la noche dostoievskiana no pertenece a ninguna ciudad concreta, sino a un espacio mental construido por el deseo y la espera. El blanco y negro, trabajado con un claroscuro casi expresionista, acentúa la sensación de que los personajes se mueven por un decorado onírico, a medio camino entre el neorrealismo del que Visconti procedía y un lirismo casi teatral que anticipa su giro posterior hacia el melodrama suntuoso.
La niebla, la nieve de cartón, las luces de neón reflejadas en el agua construyen una noche que es, ante todo, un estado de ánimo hecho decorado. España tiene su propia genealogía de la expresión, aunque siga un camino distinto al de Dostoievski y Visconti. ‘Una noche en blanco’ (1949), escrita y dirigida por Fernando Alonso Casares, traslada la vigilia a un registro gótico-rural muy característico del cine español de posguerra. Frente al insomnio amoroso y urbano de la tradición rusa e italiana, el cine español de esos años traduce la «noche en blanco» en términos de casa encantada, doble fantasmal y locura de amor -el propio filme se resume en la fórmula «loco de amor y loco de amor sigue»-, más cercana al gótico romántico que a la introspección petersburguesa. Es un desplazamiento revelador: donde Dostoievski y Visconti sitúan la vigilia en la calle, entre canales y multitudes urbanas, el cine español de posguerra la encierra en el interior claustrofóbico de una mansión aislada, como si la censura y el aislamiento cultural de la época impidieran imaginar la noche como espacio de libertad colectiva y la convirtieran, en cambio, en espacio de reclusión y obsesión privada.
Entre estas dos tradiciones -la vigilia romántica del individuo europeo y el encierro gótico español-, se produce, ya en el siglo XXI, un giro semántico decisivo. La expresión «noche en blanco» abandona el terreno de la ficción individual para convertirse en el nombre de un fenómeno urbano colectivo: la Nuit Blanche, creada en París en 2002, cuyo éxito se extendió a otras capitales y grandes ciudades europeas que decidieron organizar su propia Noche en Blanco inspirándose en el modelo original. El propósito fundacional era claro: acercar la creación artística contemporánea a los ciudadanos mediante la gratuidad, la vanguardia y la participación ciudadana, invirtiendo el sentido dostoievskiano de la noche como espacio de soledad para convertirla en espacio de encuentro. Lo que en Dostoievski era la deriva solitaria de un soñador junto a un canal se convierte, un siglo y medio después, en la deriva colectiva de miles de personas por calles y museos abiertos hasta el amanecer: el mismo gesto -caminar de noche por la ciudad sin rumbo fijo, entregado al azar del encuentro- trasladado de la introspección romántica a la extroversión cívica.
Conviene recordar aquí, como bisagra teórica entre ambos momentos, la figura del flâneur que Walter Benjamin rescató de Baudelaire: el paseante urbano que lee la ciudad como un texto abierto encuentra en estas noches en blanco contemporáneas una suerte de realización institucional y masiva de aquel andar errático y contemplativo. En ese linaje se inscribe, con identidad propia, la Noche en Blanco de Badajoz, que nació en la ciudad en septiembre de 2010, inspirada en el modelo cultural que ya se desarrollaba en otras ciudades europeas. Aquella primera edición mantuvo abiertos museos y edificios culturales durante toda la noche, con una acogida masiva por parte de la ciudadanía, lo que llevó al Ayuntamiento a repetirla y a fijar el primer sábado de septiembre como cita anual. La programación convierte cada rincón de la Badajoz histórica, de la Alcazaba o la Plaza Alta a San Francisco y más allá, en escenario de una deriva nocturna que ya no busca, como el soñador ruso, un amor imposible, sino un reencuentro colectivo con la memoria y el patrimonio de la propia ciudad. La pregunta que el relato ruso formulaba en clave íntima -¿qué ocurre cuando el tiempo ordinario se suspende y todo parece, por unas horas, posible?- la responde Badajoz en clave cívica, con museos abiertos, plazas iluminadas con artistas y decenas de miles de vecinos que, como el soñador petersburgués, deciden por una noche no dormir para, a diferencia de él, no perder nada al llegar el amanecer.
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